ArtículosDaniel A. Pasquier RiveroIniciosemana del 2 de ENERO al 8 de ENERO

El año de la revolución conservadora

Consejo hasta de un conejo, dice el adagio popular. Después de la resaca de las fiestas, que el presidente no la debería tener pues la pasó parte en Machu Picchu, todos pensamos que ha de estar abocado a trazar las líneas maestras de su discurso de aniversario; con la sensación, quizás de, ¡una vez más! Convendría que fuera así, hacerlo con tiempo, sin improvisaciones. En anteriores ocasiones se lo ha visto vacilante, como si no estuviera a tono con los temas; como si los asesores hubieran sido tan comedidos que no le consultaron de qué deberían tratar. El presidente debe estar convencido de que al ciudadano común le urgen algunas respuestas. El pueblo estará pegado a la tele, atento a lo que diga y, a cómo lo diga.

Van seis años de gestión. ¿Qué decir ahora? Repetir frases como, “hemos heredado” tal y cual, están demás. Son demasiados años como para pensar que alguien todavía le dé credibilidad a afirmaciones de ese calibre. Es una frase para primer año. El tiempo suficiente para redireccionar las cosas, mucho más tratándose de un gobierno revolucionario, que sugiere rompimiento, drástico y rápido, con lo anterior. En un segundo año la propuesta nueva debe estar explicitada y en marcha. A los seis años, en muchos países, es el discurso de despedida; el resumen de lo hecho. El resto es historia.

Tampoco le debe escurrir el bulto a otros temas importantes. Qué pasa con el empleo, formal. ¿Cómo explicar que el 60-70% de los bolivianos busca sobrevivir en la informalidad? A quién sirven los 13.000 millones de dólares (MD) en RIN; a siete millones de ciudadanos no le sirven de nada en las bóvedas del Banco Central. Hay circulante, pero no hay inversión. El número de empresas importantes no aumenta, aunque se registren cientos de pequeños ensayos que duran menos del tiempo que les llevó el trámite para abrirse. Eso está en los índices para hacer negocios, en los que el país ocupa una mala posición a nivel internacional. El verdadero parámetro de lo que está pasando lo dan las grandes inversiones, no los bonos, aunque sean importantes desde el punto de vista social. En este sentido, las grandes empresas, salvo en el sector bancario, se quejan de estancamiento, de retrocesos, de competencia desleal. Bastaría que el presidente pregunte por la producción; le podrían estar falseando la visión al hablar de lo que generan en ingresos. No es lo mismo. Hace poco la onza de oro estaba en 200 MD; ahora oscila alrededor de los 1.800 MD. Es decir, produciendo nueve veces menos tendría el mismo ingreso. El presidente esto lo sabe. Es obligación de sus asesores mantenerlo bien informado. La información veraz, debe referirse a la producción por sector y así verá cómo marcha la economía nacional.

Una buena plumada podría mejorar la situación, advirtiendo, ¡se acabó la bur(r)ocracia! Tanta burocracia para sacar en cada paso algún peso, que no ayuda al país en nada. El presidente se ha quejado públicamente de fallas en la gestión de municipios, gobiernos departamentales y, por supuesto, del gobierno central. Miles de millones guardados en los bancos a la espera de ser invertidos. Y en el sector público siguen las trabas. Lo mismo para gastar un peso que para cien millones. Y basta un desliz para que te inicien un juicio, orientado a quitar del medio a un incómodo representante de la oposición antes que a luchar contra la corrupción. Sería revolucionario tomar una medida drástica que simplifique la administración del Estado, y dejar que la justicia se ocupe cuando haya materia. Claro, hay procedimientos, los descargos, para la fiscalización de lo gastado, o de lo invertido. Manteniendo en el cargo a los responsables, no introduciendo otro elemento más de ingobernabilidad por razones políticas. ¿Acaso no es suficiente la Ley Safco? Claro que sí, el mismo proyecto Evo Cumple lo ha demostrado. En algún momento se tiene que rendir cuentas de la plata repartida, fondos públicos, sin pasar ciertos controles. De otra manera ocurre lo que ha ocurrido. Se deben unos 300 MD a Venezuela y ahora es muy difícil saber en qué se han gastado. Más allá de las canchas de futbol o de fulbito, queda poco. Se ha sembrado por todas partes “inicio” de obras, y ahora, ¿dónde están los responsables?

Sería bueno que el presidente pida informe, en formato “ejecutivo”, sobre el estado de las empresas públicas. ¿Por qué tanta discrepancia con la opinión de otros, nada sospechosos, simples tecnócratas? Sin dejarse embaucar; no lo permita. La verdad de la milanesa. Cuántas son, cuánto costaron, si funcionan, qué producen y en qué ha variado la oferta a los ciudadanos. Si existía antes ese producto, ¿cuál es la justificación para haberlas promovido? Porque hay proyectos de sobra para dirigir allá la atención. Ejemplo. ¿Por qué hasta hoy no funciona Jindal? Acaso no está India tercero como productor de hierro. Vale la pena saber definitivamente la verdad. La solución no es cargarle a una empresa siderometalúrgica el poner focos en la plaza ni pavimentar las calles de Puerto Suárez. Si la empresa ha demostrado a funcionarios y medios de comunicación su capacidad técnica para realizar el proyecto, ¿quién la detiene? Decirlo al país; ese discurso es un buen momento.

Hay temas más complejos. Cuál el horizonte de las relaciones con Brasil, sexta economía del mundo, al lado: con un PIB mayor a 2.2 billones de dólares, un mercado que intercambia alrededor de los 480.000 MD anuales, ansioso de buena vecindad y que continúa sumando a las economías más sólidas en el continente. Ya que se aclaró la “nacionalización”, según la Ley 3058 del 17/5/2005 del presidente Dr. Hormando Vaca Diez, ¿para qué buscar más pelea? Es por lo menos pérdida de tiempo el imitar paradigmas fracasados, como lo es también el discutir quién es más revolucionario o menos conservador, en plena crisis económica global. El país reclama resultados, no promesas. El reino del sentido común.

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