ArtículosIniciosemana del 9 de ENERO al 15 de ENEROWinston Estremadoiro

Sueños y decepciones

Me aquejan encuentros oníricos del segundo tipo, si tal pueden llamarse los recurrentes sueños cuando vuelvo a la cama después de orinar en la madrugada. El de la otra noche me situaba frente a una humilde mesa, sorbiendo no sé si un chairo paceño, un fricasé cochabambino o una lagua kalapurka potosina. En mi sueño pasó sonriente el Presidente en ejercicio del país, que entonces era el segundo en línea de sucesión, en un país de mandamás que parece gitano por itinerante; la venia del Congreso se deja para cuando el avión presidencial está en el aire, siendo que antes era motivo de enconados debates en el parlamento.

Me miró burlesco. Venía de una reunión con un diputado gringo que presidía una comisión en Washington. Se había logrado una victoria diplomática del vituperio previo y “sana-sana” posterior del régimen. EEUU se había rendido con armas y bagajes. Se reanudarían las relaciones con el imperio. Se reabrirían preferencias arancelarias sin el quid pro quo de la lucha contra el narcotráfico. Se tolerarían evadas y se abstendrían de conspirar contra la potencia plurinacional. Fluirían dólares de su faltriquera de ayuda, sin ataduras a prioridades de su política exterior –democracia, narcotráfico, conservación y derechos humanos– que de un tiempo a esta parte son sospechosas de incumplirse.

Tal alucinación onírica debe haber sido propiciada por un despacho de Chellis Glendinning, “Decepción in Bolivia” en la carta noticiosa CounterPunch, que no es ningún New York Times, pero un indicio de que relatos como el suyo están llegando, a gotas pero llegando, a un EEUU al que le importa poco la picada de la pulga a la dura pezuña del mamut. Se basó en charlas con campesinos, choferes de taxi, afiliados a gremios obreros y un cuarteto de cantina: un cowboy del Chapare, un cirujano anarquista, un burócrata de inmigración anticapitalista y un dueño de restaurante.

Concluyó que “las cosas no están yendo bien al gobierno del primer Presidente indígena en 500 años”. El meollo está en la decepción de la gente. A esperanzas defraudadas por el parloteado gobierno de cambio, que se han convertido en ejemplo de doble discurso, que la autora califica como “lengua bífida”, quizá aludiendo a mentiras que algún líder indígena de su país anotara sobre el europeo despojador: “el hombre blanco habla con lengua bifurcada”. Ahora es al revés.

El doble discurso se manifiesta en un acápite titulado “Madre Tierra”. ¿Qué pasó con el Evo de la arenga “Planeta o muerte” en la reunión sobre cambio climático en Cancún? No creyeron su pose populista. En Bolivia la decepción viene de contrasentidos en temas reales.
Tal existe en Evo como adalid de la Pachamama, y su oposición actual a la Ley que protege el TIPNIS: algo como borrar con el codo lo firmado con la mano. La carretera más cara del país –la Villa Tunari-San Ignacio de Moxos– hará que poco importe la protección de especies en peligro de extinción y el devenir de tres de las naciones indígenas reconocidas en su Constitución. El contrasentido futuro será la que atraviese el Parque Madidi. ¿Qué hay de los desechos tóxicos de la minería y la fabricación de droga por ‘pobrecitos’ originario-campesinos?

Es falta de pulcritud que la autora cite ejemplos ajenos al país, como las hidroeléctricas brasileñas y el gasoducto del norte argentino. En otros, muestra la hilacha de extranjeros para quienes Bolivia debiera ser zoológico de imponente paisaje e indígenas de vestimenta multicolor. Critica iniciativas de explotación del gas y el petróleo del sudeste, la plata de San Cristóbal, el cobre de Corocoro, el litio del Salar y el hierro del Mutún, cuando lo censurable es que las empresas transnacionales muerdan a talegazos la parte del león y el pueblo siga paupérrimo. Quizá sabe más que el común de los bolivianos, al alertar sobre la agricultura de alteración genética, la minería de uranio azuzada por Irán y la cobertura de radiación electromagnética por la corporación estatal de telecomunicaciones. Salvo que estuviera ligada a la corrupción o al lavado de dólares del narcotráfico, es risible su crítica a “la explosión de construcción de aeropuertos y edificios de varios pisos”.

La lengua bífida también se exhibe en la falsa democracia de Evo Morales. Una simulada adhesión a la autonomía y la democracia participativa esconde un centralismo que usa un totalitario “si no están conmigo, están en contra mío”. El “gasolinerazo” en 2010 ha sido revertido, no sin dejar una resaca inflacionaria que tiene que resultar en protestas obreras por salarios magros. Los indígenas rompen su alianza con el gobierno, después de la represión de la marcha resistiendo la carretera maldita que atraviesa el TIPNIS. Los periodistas luchan por la libertad de expresión, ante la escalada gubernamental de compra de medios, periódicos y control de la prensa. El gobierno acusa de lacayos del imperialismo, llorones de clase media o tontos útiles de la derecha reaccionaria.

¿Qué piensan los estadounidenses? La reportera anota que la gente de su país ignora (o no le importa) lo que pasa en Bolivia; puntualiza que para los gringos de izquierda, medioambientalistas y activistas del cambio climático, “la aureola de esperanza que despertara la elección de Evo Morales en 2005, va pasando como el perfume de una mata de jazmín cochabambino”. Yo diría que como la lluvia deja el agradable aroma de tierra mojada, a los días un charco estancado de agua se vuelve maloliente. (09012011)

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