Alcides Parejas MorenoArtículosIniciosemana del 23 de ABRIL al 29 de ABRIL

ELOGIO AL LIBRO

El lunes pasado, el día que la UNESCO ha consagrado al libro, cayó a mis manos –gracias a la generosidad de un buen amigo—el anticipo de un libro en el que el italiano Umberto Eco y el francés Jean-Claude Carriere (afamado guionista; uno de los preferidos de Buñuel) hablan del libro, de sus virtudes y sus desventajas frente a la competencia de la electrónica.

Humberto Eco dice que el libro “es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se ha inventado, no se puede hacer nada mejor”. La invención del libro fue hace aproximadamente 5.000 años cuando los habitantes de Mesopotamia empezaron a escribir sus leyendas y conocimientos en arcilla blanda; fue en Egipto, alrededor del año 3000 a.C., que aparecieron los volúmenes de papiro , que hacían que el libro se hiciera flexible y ligero; en el siglo IV a.C. los rollos de papiro ya se empleaban en Grecia y Roma y empezaron a conservarse en bibliotecas (la de Alejandría, fundada el año 304 a.C. llegó a reunir más de 500.000 volúmenes!). Durante la Edad Media, cuando la lectura todavía era privilegio de las minorías, Europa se inundó de libros gracias a los frailes copistas, cuyo lema era “ora et labora”. El renacimiento significó un gran salto para la producción de libros cuando hacia 1450 Gutenberg inventó la imprenta mecánica; poco tiempo más tarde, en 1539, llegaba la primera imprenta a la ciudad de México y en 1560 se creaba la primera feria del libro en Fráncfort.

A partir del siglo XIX la historia del libro entró en una carrera vertiginosa. Para ilustrar la intensidad de esta carrera recurro a dos sabrosísimas anécdotas que he encontrado en el diálogo entre Eco y Carriere. Cuentan que en Río de Janeiro un coleccionista posee una edición en portugués de “Los miserables”, de Víctor Hugo, impresa en Brasil el mismo año que se publicó por primera vez en Francia! Por lo visto el editor francés enviaba a Río capítulo por capítulo la novela para que fuera traducida y se imprima solo unos pocos meses más tarde que en París. La otra anécdota se refiere a “Los novios”, de Manzoni, que se publicó por primera vez en 1827 y que tuvo una treintena de ediciones pirata en todo el mundo. Para poder recuperar algo de dinero, se le ocurrió a Manzoni publicar su novela en fascículos semanales con bellas ilustraciones; tanto él como su editor pensaban que así burlaban la piratería, pero se equivocaron porque lo piratearon en Nápoles. Aunque, como alguna vez afirmó Saramago que “leer siempre fue y será cosa de una minoría”, pareciera que esa minoría ya pesaba mucho hace casi 200 años.

En las últimas décadas la electrónica está en una carrera desenfrenada que está cambiando lo que hasta ayer nos parecía irremplazable. Ante los nuevos logros electrónicos –que pierden vigencia con mayor celeridad que su proceso de creación—todos nos preguntamos si el texto impreso va a sobrevivir.

Soy de los que creen fervientemente que el libro sobrevivirá. Para apoyar esta afirmación recurro a Rubén Darío, el nicaragüense universal, dice que “El libro es llama, es ardor, es sublimidad, consuelo, fuente de vigor y celo, / que en sí condensa y encierra / lo que hay de grande en la tierra, / lo que hay de hermoso en el cielo”. Asimismo, vuelvo a recurrir a Eco que dice que “el libro ha superado sus pruebas y no se ve cómo podríamos hacer nada mejor para desempeñar esa misma función. Quizá –termina diciendo—evolucionen sus componentes, quizá sus páginas dejen de ser de papel. Pero seguirá siendo lo que es”.

El libro sobrevivirá porque a lo largo del tiempo el hombre ha ido creando instrumentos para desarrollar su “dimensión cultural”, que es la que lo define como hombre y le da unas características únicas que lo diferencian de los animales. Tal vez uno de los instrumentos más importantes que se han creado para el desarrollo de esa “dimensión cultural” es el libro.

El libro sobrevivirá porque, aunque insistentemente se dice lo contrario sobre todo en nuestro medio, hay cada día más lectores que recurren al libro. El libro sobrevivirá a pesar que a veces, como decía un amigo, “se cometen libros”. Pero, cuidado, que a nadie se le ocurra la estúpida idea de lanzar decretos o leyes u órdenes de autoridades educativas que obliguen a la lectura, porque entonces sí estaríamos condenando a muerte al libro. La lectura debe ser fruto de una enseñanza –en el hogar y en la escuela—que lleve al gusto y placer de su ejercicio.

El libro sobrevivirá porque el hombre es libro.

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