ArtículosClaudio Ferrufino-CoqueugniotIniciosemana del 18 de JUNIO al 24 de JUNIO

El barco ebrio

No, no el poema de Rimbaud, ni Borges recitándolo con dormidos ojos de ciego. La nuestra es una nave que da botes en un cañadón cada vez más estrecho, donde, al igual que en la marina de casa, ninguno sabe nadar y menos dirigir.

Ebrios los mandamases, y ebria la oposición, dando tumbos que a ojos vista del mundo serían inverosímiles. Cuando relato lo que sucede aquí, nadie me cree. Como esta aventura de la coca y la justicia. Sugieren que lo narre en un drama neandertal, porque tal vez así la comprensión vendría más fácil. ¿O todo es un montaje naïf, para pintar cuadros? Pero el panorama alrededor dista mucho de tener el bucolismo salvaje y exagerado de las selvas del aduanero Rousseau. No podemos jugar con el asunto, porque día a día nos desgajamos peor, alejándonos de los límites básicos de lo que podría llamarse país.

Seamos justos, esto no lo inventaron los plurinacionales; Bolivia fue siempre igual. La diferencia está en la magnitud, lo amplificado y demencial que despertaron ellos, abusiva y tontamente, calculando -mal- que no escaparía a su control. En Bolivia ya ni se necesitan dos, basta un tipo que con machete derribe un árbol y cierre una calle en protesta por su dolor de cabeza. Comienza. Al rato se reunirán tres, y luego una multitud, donde el inicio se olvide y cada uno proteste porque le da gana. Bloquean las fuerzas del orden en una esquina mientras desbloquean en la otra. Los oficiales corren de un extremo al otro, de la huelga de hambre a la represión. O será que el fatídico magistrado, el vidente, ya lo leyó en coca y manipula los acontecimientos en este nuevo milenio que los tiene de elegidos e inmortales.

Algún diputado por ahí rebuzna que porque ellos marcharon, ahora todos quieren marchar. Cada minucia es privativa suya, pero azuzan a los demás a alzarse, no importa contra qué, porque es su manera de gobernar, de nutrirse mientras todos están distraídos. Hasta que se les vuelca la tortilla y entonces sacan a relucir el garrote. La revolución, dicen, termina cuando el pueblo se da cuenta. Sugieren las páginas sagradas de coca que si se da el caso hay que recurrir a cualquier medio para acallar a los distantes. La democracia les pesa demasiado; lo que quisieran es vestirse de prendas chinas que imiten la anciana y pronta a perderse tradición textil, y declararse hijos del sol eterno, eternos ellos. Falacias; reman en aguas turbias, o en arenas inmóviles. O, con mayor claridad, paja, masturbación, onanismo concentrado y febril que en el fondo sabe que las manecillas del reloj no se detienen y la hora siempre llega, hasta para Jesús Cristo, a la diestra del Señor.

Mientras tanto, mientras dure, el adagio nuevo que es tan antiguo como las dictaduras y reyezuelos de siempre: todo para mí, mío, nada tuyo, a no ser que eches loas o tires los calzones. Derecho de pernada, feudalismo, esclavitud, fascismo, nazismo, paramilitares, encapuchados, linchamientos… ya lo hemos visto. ¿Y el mundo? No le interesa. Lo que no nos damos cuenta es que hoy más que nunca no importamos, somos un pueblo de salvajes, desnutridos, criminales y corruptos obsesos para los observadores de afuera. O, peor, doradas las opiniones con palabras políticamente correctas para no ser criticados en su propia tierra, apuntan a nosotros como a un pueblo discapacitado, una piara, un rebaño. Nada raro que en las oscuras sesiones de los dueños del mundo se esté decretando que no podemos ya existir, que tienen que entregarnos, particionados, al arbitrio de seres humanos alrededor. El veto de Simón Bolívar parece aproximarse como una recidiva: pueblo incapaz de gobernarse. A quién le importa, no a los plurinacionales que aprovechan su corto verano, no a los de antes que expoliaron la tierra y a nosotros del mismo modo. En Bolivia se habla de patria, se cantan himnos con unción, pero lo que en Bolivia no hay son patriotas. Ebrios están los pasajeros; ebrio el transporte.
17/06/12

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