ArtículosClaudio Ferrufino-CoqueugniotIniciosemana del 25 de JUNIO al 1 de JULIO

MONÓCULO – La lucha por la tierra

Los últimos acontecimientos en Paraguay, con la muerte de 17 personas, entre campesinos y policías, nos revierten a la larga historia de explotación y lucha por la tierra en América Latina. El periodista Damián Cabrera amplía el espectro a los intereses multinacionales, Brasil y la soya en este caso. Anota en uno de los párrafos de su texto sobre Curuguaty, que “En apariencia, para el autodenominado ‘sector productivo del Paraguay’ el bosque retrasa el progreso.” Palabras que podrían bien ser extraídas de su contexto para plagiarlas en el contexto boliviano, donde un sector que no es productivo en el sentido de industrias pero sí en el de dinero, intenta destruir el bosque mojeño, en aras de intereses foráneos, Brasil de nuevo, y de otros oscuros y altamente rentables aunque efímeros.

Efímera es palabra representativa del conflicto por la tierra en Bolivia. El desmedido cultivo de coca en el Chapare ha cansado el terreno. Ha creado un monstruo que se devora a sí mismo mientras engulle al resto -la elite cocalera, ignorante y soberbia-, que para no asfixiarse y reproducir sus malevolentes crías busca nuevos territorios en lo más cercano y accesible: el Isiboro Sécure, únicamente punto inicial de un gigantesco proyecto que acabará con el Madidi y lo que se necesita conservar para al menos guardar una esperanza como país. Efímera ha sido la ilusión chapareña, las ciudades de cristal de Shinaota y hoy Chimoré; efímera sería la explotación del Tipnis, y así, escalón tras escalón, para en el plazo de unas décadas quedar como la Isla de Pascua, viendo como los camuflados gamonales huyen hacia la ostentación y el dispendio, dejando a los que creyeron en ellos en la barbarie demencial que producen el hambre y el desierto.

Por supuesto que en Paraguay la llamada derecha aprovechará la ocasión de desbancar a la llamada izquierda. Estos son sustantivos direccionales, porque de ideológicos ya no tienen nada. Ni allí, y menos aquí, existen una y otra; lo que hay son bandas de saqueadores, de dirigentes y “deregentes”, como los retrataba premonitorio el novelista Hugo Ferrufino Murillo en un gran libro inédito, que medran, lucran, malgastan, derrochan. La lucha, la guerra, se da entre quienes desean vivir de su trabajo, entregar a sus hijos seguridad y futuro -hasta donde alcance-, estudios, y un entorno en lo posible no contaminado; al otro lado está la canalla, que puede ser banquera u originaria. La piel no hace al hombre, lo hacen sus actos. Y ponerse o sacarse corbata cae en el ámbito de lo absurdo. Ella, la canalla, no cejará en su intento de avasallar, a través de corrupción financiera o por decreto, para poseerlo todo, pese a quien pese, caiga quien caiga: gentes, regiones, países.

La IX Marcha está por terminar, recién comienza en realidad. Lo que se juega en la zona del Isiboro Sécure se extiende muy por encima de su circunscripción geográfica. Esta batalla no se puede perder. Existió siempre; el expolio étnico y territorial viene de inmensa data, con el gobierno Melgarejo y el actual como los hitos máximos donde se quiere estrujar al indígena y su tierra hasta dejarlos secos. El siglo XIX está lejos, y entonces poca podía ser la voz que se opusiera. Ahora los panoramas se han ampliado, el mundo funge como ventanal de exhibición, y aunque no se pueda confiar en la buena fe ni en la solidaridad de nadie, sabemos que la lucha por la conservación pertenece al colectivo. Si no la damos, perecemos.

Poco importa si a Lugo en Paraguay lo mandan a procrear por los caminos. Las revoluciones no pasan por las individualidades; hoy en Bolivia la realizan los indígenas de tierras bajas por el territorio, por la vida, la libertad. Para eso van poniendo sus muertos, ellos que son minoría, tan pocos, donde cada uno pesa siendo los últimos. Si no se comprende, se acaba.
21/06/12

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