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Bolivia en columpio afiebrado

Acabo de leer la prensa y no sé si mi sardonia adoptará la cara risueña o la llorosa de la máscara literaria con que abordo mi percepción de la cosa pública.

Digo yo, ¿qué haces con saber de cerca de una centena de procesos disciplinarios por mes en la policía, la mayoría por extorsión, mientras “originarios” golpean a dos raptados y no dialogarán, bloqueando con dinamitazos el ingreso a una concesión minera de canadienses? Pena que ya murió Leslie Nielsen, que podría haber filmado una parodia boliviana titulada: ¿Dónde está la policía?

No sé si reír o llorar con la noticia de que narcos –quizá de la nueva etnia “collacocaineros”– reactivaron cerca de un centenar de fábricas de droga de las 250 destruidas hace más de un mes en el norte cruceño. Es una calesita que marea. Destruyen factorías, confiscan viviendas e inhabilitan pistas de aterrizaje, pero no apresan a los narcotraficantes; éstos vuelven a las andadas en los mismos sectores usando las mismas sendas, mientras agentes antidroga persisten bajo la misma rutina para combatirlos.

Fíjense en YPFB Corporación, que conglomerado de negociados parece ser. Empezó en contratos dudosos de su primer mandamás, luego premiado con una embajada. Después el affaire Santos Ramírez, preso en jaula de oro, mientras los compinches del asesinato del proveedor de marmaja de la “coimisión”, desde la cárcel operaban un multiuso –whiskería, barra americana, discoteca y lenocinio– sórdido y cuerudo a las veces que fuera clausurado, donde un policía mató a un joven, ambos clientes “rematadores”.

Ahora la Fiscalía ha levantado la tapa del inodoro de donde sale una hedentina de corrupción. Que una planta separadora de gas que hace tres años costaba menos de 90 millones de dólares, ahora vale casi el doble; es la misma que llevó a la cárcel, así sea jaula de oro, al anterior ejecutivo: ¿estará embrujada o es simple codicia? Que un mandamás “muñequeó” para que se contrate una firma dirigida por su hermano para fijar el precio de la planta y para supervisar, sin duda con mucho celo, la construcción de la misma; impuso, además, que la constructora contrate a la hermana de su novia. Que un allegado cantó que recibió dinero por aumentar el puntaje de la constructora, declarando que trataba directamente con el presidente de YPFB Corporación, el cual obtendría el visto bueno del mismísimo Presidente del Estado Plurinacional. La cosa se pone pintoresca si el mismo intocable de arriba habría recomendado para un ítem de profesional a una ingeniera sin título; su delicada función era reunirse con empresas concesionarias de la estatal petrolera, y había viajado a Argentina y Brasil varias veces, seguramente para discutir especificaciones técnicas. Que se sospecha irregularidad en la compra de terrenos en Yacuiba.

Todo está en la prensa escrita.

Algo de consuelo insufló Lupe Cajías, quien se me adelantó a escribir otra vez sobre los marchistas del Tipnis. Citó a Fernando Vargas, dirigente de la Subcentral Isiboro-Sécure, quien con serenidad confesó “estar en apuros, pero no desesperados” al organizar el repliegue de la sede de gobierno de los indígenas, “que atravesaron selvas, montañas y plazas para hacer escuchar su voz en defensa de su Casa Grande”, de la selva más hermosa del mundo según D’Orbigny, “que a todos es útil, salvo a los productores del circuito coca-cocaína”. Recordó a San Pablo, a Mahatma Gandhi, a Martin Luther King y Nelson Mandela, todos apóstoles de la resistencia social no violenta.

José Mujica, ex guerrillero Tupamaro y ahora Presidente de su país, no ha traicionado sus ideales. En reciente alocución en la Cumbre de Río, ha aguijoneado algo que los preocupados por el destino de la Tierra deberían tomar a pecho, y habría que enrostrar a Evo Morales y sus fanáticos del consumismo como sinónimo de progreso: “¿Qué es lo que aletea en nuestras cabezas? El modelo de desarrollo y de consumo es el actuar de las sociedades ricas. Me hago esta pregunta: ¿qué le pasaría a este planeta si los hindúes tuvieran la misma proporción de autos por familia que tienen los alemanes?” Yo pregunto, ¿qué le pasaría a la reserva natural del Tipnis, de jerarquía continental, si los indígenas tuvieran la misma cantidad de cocales y motorizados por cabeza que los cocaleros del Chapare?

Más aún, en un reciente artículo del New York Times, se plantea el problema de las epidemias causadas por el hombre. La ignorancia de los servicios que la naturaleza presta al esfuerzo humano, y la depredación resultante, ha provocado el resquebrajamiento de los ecosistemas y el desarrollo de males infecciosos, “como el Sida, Ebola, fiebre del Nilo Occidental, SARS y centenares más que se presentaron en los últimos decenios”. ¿Acaso no sufrimos el brote de la mortal fiebre hemorrágica en San Joaquín? No fueron “yatiris” pachamamistas los que la extirparon, ni los que la atribuyeron a la extinción de los felinos salvajes.

Me vino a la cabeza el símil del columpio, útil para entender a esta Bolivia tan dada a los extremos pendulares. Es una niña que se mece en vaivén acelerado, en vez de ser mesurado y divertido. Ahora la corrupción impulsa vueltas afiebradas alrededor del horizontal que sostiene goznes y cadenas, hasta que caiga la nena. Y la infanta es mi patria, no el gobierno de Evo Morales –no hay mal que dure cien años– mientras que Bolivia perdurará hasta que terminemos de joder al planeta o los vecinos vuelvan a la tesis de “polonizar” el país.
(27072012)

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