ArtículosDaniel A. Pasquier RiveroIniciosemana del 17 de DICIEMBRE al 23 de DICIEMBRE

EL CANCER MOTOR DEL CAMBIO

Conservadurismo ultrareaccionario es el que vive el proceso de cambio. Como suele ocurrirle a todo proceso revolucionario donde se trata de dar ropaje y nuevo lenguaje a tesis ortodoxas y anacrónicas del marxismo-leninismo-stalinista. El proceso revolucionario y cultural empezó dejando cierto grado de libertad a la discusión en su implementación, más que en su fundamentación social, jurídica y filosófica, mientras se dedicaba a eliminar la oposición; francotiradores, contra los “enemigos”. Para limpiar el campo de batalla. Excepcionalmente se castigó a un compañero, más que por defender la legalidad o falta ética en el ejercicio de la función pública, caso Santos Ramírez, por el hecho fortuito de que la sangre lo complicó todo. La Planta separadora de hidrocarburos en Río Grande, después de seis años, por ahí anda todavía.

La lucha interna por el usufructo del poder, vino enseguida. Estabilizado el partido en el gobierno, sin grandes riesgos previsibles, la lucha intestina es por los beneficios del poder. Ajena a la ciudadanía, tiene lugar entre los principales actores o facciones que creen merecer participación, reclamando el pedazo de torta que, suponen, les corresponde. No interesan fidelidades ni lealtades ideológicas o programáticas; están en el archivo. Siendo importante, no se le reconoce mérito a la confrontación dialéctica con los miembros de la Comuna, Raúl Prada, Filemón Escobar, Patzi, ni a la larga lista de indigenistas. Acaso, ¿no era éste un gobierno indígena? La lucha se trasladó a otro plano: quién se come el queso.

La avaricia, sin embargo, no tiene límites. Como la droga: más quieres cuanto más pruebas. Quienes tienen mayor acceso a mecanismos coercitivos para demostrar poder, los usan: denuncian, filtran información antes reservada, desprestigian a antiguos compañeros de lucha. De paso, callan antiguas complicidades; pero así es la vida. Si no fuera suficiente, hay otros mecanismos más drásticos de eliminar al contrincante que, al parecer, también se aplicaron y se siguen aplicando. Basta constatar cuántos opositores y disidentes permanecen en las cárceles sin justificativos legales. Cuántos traspasaron las frontera para ganar cierta tranquilidad en su seguridad personal, y a cuantos ni eso les ha sido suficiente, como al líder cívico pandino Vicente Rocha recientemente abatido en territorio brasilero vecino a Cobija.

El poder político se convierte en instrumento de represión interna. Ahora sirve para la purga y para demostrar quién es quién en la estructura del poder, a la que está ligado el goce de beneficios. El presidente no tiene que echarle la culpa a la oposición ni a los dueños de los medios de los escándalos que salen a la opinión pública una y otra vez. Lo que se ventila públicamente es corrupción, denuncias de situaciones irregulares e ilegales. Que muchos de los involucrados, no todos, sean miembros del partido en el gobierno y hasta autoridades de alto rango, no es problema de la prensa. Denunciarlos no puede constituir delito, invirtiendo los papeles, como si el queso se comiera al ratón. Como tampoco se debe amenazar a los denunciantes de abusos y atropellos extrajudiciales, o tratarlos igual que a los denunciados, colocando a las víctimas de la extorsión en igual condición legal que a los extorsionadores. No se entiende si es el nerviosismo, la ignorancia o qué otro motivo pueda llevar a una autoridad llamada a luchar precisamente contra la corrupción a sugerir semejante dislate. ¿O es que la impunidad ha rebasado todos los mecanismos de control posibles?

El reclamo del presidente debería dirigirla a los medios oficiales. Que no sean simples amplificadores de las noticias que genera el Ejecutivo. Eso puede ocupar, hasta cierto punto, los informativos. Pero no cansar día y noche con una defensa a ultranza de toda iniciativa que viene del gobierno, sin ningún criterio diferente expresado por ciudadanos que, en su gran mayoría, no manifiestan adhesión política partidaria. Por ejemplo, antes de dar por sentado que los indígenas del TIPNIS han aceptado el proyecto de “una carretera ecológica” y alabar los resultados de la consulta llevada a cabo por el gobierno, sería bueno exponer y debatir en qué consiste la propuesta realizada a esos pueblos. Qué significa técnicamente una carretera aérea o un túnel de más de cien kilómetros, para garantizar que el corazón del parque no sea destruido y no se ponga en riesgo la sobrevivencia de los pueblos indígenas, además, legítimos propietarios de esos territorios. Para eso, claro que se exige libertad de expresión, derecho fundamental del ser humano, no concesión graciosa de Evo ni de los propietarios de los medios.

El cáncer como motor del cambio. Le peló el vice. Parece ridículo, pero todo apunta a que es así. Cuando a la presidente argentina KK le salió un nódulo en la tiroides explotó el país y la tensión política. Desde entonces, a pesar de los “campora” la resistencia ha ido en aumento y, hasta la ley parece haberse tomado la res pública más en serio. En otro caso, bastó que al ex presidente Inacio (Lula) da Silva se le detecte un cáncer de laringe para que, casi de inmediato, a varios de sus más cercanos colaboradores se le instauren procesos que los están llevando uno a uno a purgar años en la cárcel. Para qué recordar la patética situación del venezolano Chávez, cuyo cáncer de pelvis tiene al país de una rogativa a otra; pareciera que el país se juega en la salud del caudillo. En un momento de lucidez Chávez ha reconocido que, “afortunadamente esta revolución (bolivariana) no depende de un solo hombre”; está por verse, ¿un chavismo sin Chávez? Aquí, el actor Sean Penn, que vino en persona a interceder por su amigo y compatriota J. Ostreicher, ha dicho sobre la corrupción “un cáncer que está atacando al corazón de Bolivia”, y añade “constituye también una amenaza real para el gobierno de Evo Morales y los bolivianos”. ¿Premonición?

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