ArtículosDaniel A. Pasquier RiveroIniciosemana del 3 de DICIEMBRE al 9 de DICIEMBRE

QUE SE ACABE EL TERRORISMO

Siete años conociendo de persecuciones, atentados, exilios, heridos y muertes. Ahora suman la extorsión como sistema de control político, además, como vía rápida de enriquecimiento ilícito. La sociedad boliviana, históricamente, no es proclive a la violencia (L. Cajías “Contra el terrorismo”, www.icees.org.bo/junio 2011), aunque existan episodios frecuentes que parecen señalar lo contrario. Venga de civiles o militares, en general, ha sido rechazada.

Bloqueos, secuestros, ejecuciones francas y sin excusa, ajenas al fenómeno de la justicia comunitaria, son recientes. Como reciente es que queden impunes, siendo actos más cercanos al vandalismo que a la reivindicación social. El aumento de casos y la impunidad resultante, ha ido emparejada al sentimiento desbordado de empoderamiento de grupos ligados al gobierno. Consentir territorios en los que no se permite, o no se autorice, la presencia de la Policía o de las FFAA es señal fatal, de un Estado terminal. O, quizás, producto de un Estado experimental, como fue concebido el Estado Plurinacional por sus ideólogos principales (B. de Sousa Santos, Conocer desde el Sur, Plural Edi., 2008). Sirven de cultivo eficaz, la poca educación y la escasa tradición democrática en el país. Lo facilita la notoria pérdida de valores de tradición cristiana, que sostuvieron el servicio al prójimo y el apego a la justicia, antes del advenimiento de la Declaración Universal de Derechos del Hombre.

La inseguridad ciudadana es un retroceso social y jurídico. No sirve defenderla con la conformista excusa de que “siempre ha sido así”, “en todos los gobierno hubo”. El Medioevo fue una realidad, pero superado en occidente hace mucho tiempo. Por supuesto se mantienen culturas donde la violencia es de otra época, contra la niñez y, sobre todo, contra la mujer. Pero no somos parte de ellas y, tampoco vamos a identificarnos con ellas, aunque el MAS lo estén intentando. No vamos a arrancar ojos, ni vamos a cercenar clítoris, no vamos a enterrar ni apedrear hasta morir a las adulteras; no vamos a negar la educación a las mujeres, ni las vamos a forzar matrimonios de niñas con vejetes. No vamos a aislarnos del mundo. Usaremos la Internet. No queremos regímenes teocráticos dedicados a aniquilar al que piensa o al que opina diferente.

Ya está de buen tamaño. Bolivia come y bebe lo que se le antoja. Pan y circo. Pero no se deja margen al disenso político. Lo demuestra la furia en la pugna por el poder, que mantiene en zozobra y bajo el manto del miedo a una sociedad que aspira a respirar hondo su propio aire y levantar la mirada a su propio cielo. Visitan domicilios civiles o uniformados, sin motivo; se llevan lo que se les antoja, o te llevan con ellos. Mantienen presos sin juicio por años. Dónde está el Estado pacifista, al que el presidente se refiere continuamente en sus discursos fuera de fronteras. Donde están las pruebas para tanta persecución, basada hasta con acusaciones que son anticonstitucionales o que no existen en los códigos nacionales.

Hay que tener plata para defenderse. De los que te acusan, de los que te persiguen y del propio aparato de justicia. A ese punto se ha llegado. Los encargados de garantizar el debido proceso, convertidos, gracias al poder político, en simples ejecutores de sentencias prejudiciales motivadas por “otros” intereses, en general, en encono partidario. Se ha podido comprobar estos días, muchos de esos intereses, “non sanctus”. Falsos acusadores, que han mantenido procesos sin pruebas por años, abusando del poder para influir y torcer procesos. Hasta que, por un mal cálculo, se metieron con quien no correspondía: ya están presos. No todos. ¿Y la justicia? Como si viniera en burro: los inocentes, presos.

Grupos “guerrilleros” ¿urbanos? No les hacen falta armas ni balas. Pero, si hacen falta, las tienen, y le echan nomás. Desde el núcleo del poder se deslizan sin disimulo por la estructura del Estado, convirtiendo a las instituciones en simples operadoras. Amedrentan con policías y en juzgados. Pero al mismo tiempo, buscan y consiguen mucho dinero. Más del que puede gastar uno solo, o unos cuantos. No son “vivillos”, figura familiar en la burocracia política del Estado, si no, la parte visible de un aparato represivo al servicio de un grupo de poder, de opción política no democrática. Eliminar posibles opositores y recaudar fondos para mantenerse en el trono. El avance en “el plan” definido por la “nomenklatura” es lo que importa. En su código ético, suficiente para justificar cualquier acción.

El “guerrillero rural” recuerda a las FARC. Avasallan en el Oriente propiedades agropecuarias, establecidas, productivas. Son grupos organizados, tienen estructura, disciplina, objetivos: amedrentar y dinero, de nuevo. El gobierno, a los que trabajan, no les autoriza a exportar, es decir, a sobrevivir. Mientras los guerrilleros se mueven impunes. La inseguridad cunde, los predios se devalúan y, no ha de faltar el oportuno venezolano “interesado” en comprar; los brasileros, hoy, son mancha, sarpullido. La experiencia se repite: asalto, secuestro, extorsión, otra vez, ¿para financiar nuevas operaciones?

La violencia como instrumento político está en manos profesionales. Herederos del terror de Stalin, Hitler, Mussolini, Mao, Castro, verdaderos paradigmas que dejaron escuela. Perviven en sus métodos, algunos mejorados en la Escuela de las Américas, para aplicación en el Estado Plurinacional. Nada es fruto del azar. Los terroristas no actúan por impulso y, mucho menos, solos. Cada acción ejecutada es planificada y ordenada. Si caen son los ejecutores, no los ideólogos, refugiados detrás de varias murallas chinas. Podrán ser sacrificados muchos, para eso son militantes, soldados de la revolución –eso dicen. No se afectará al núcleo responsable. Eso es para la etapa final. El momento, como a Hitler, que al “bunker” lo llena la soledad. Es la hora de enfrentar la conciencia.

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