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Chávez, el hombre que no puede morir

Mauricio D’Alessandro, abogado y diputado provincial

Podría haber sido «la maldición de la tumba profanada» de Simón Bolívar, al que mandó a sacar de su ataúd para investigar la verdadera causa de su muerte. Las miles de diatribas que sus enemigos le dedicaron estos últimos diez años. O simplemente, la fatalidad.

Poco importa porque él está ahora postrado en La Habana, justo el día que le tocaría asumir su tercer mandato. Durante los últimos días, ese hombre que ha sobrellevado la enfermedad maldita sin un solo quejido está pariendo a la vez la sucesión en su país y en gran parte de Latinoamérica.

La semana antes de Navidad, los médicos discutían la amputación de una de sus piernas. Aquella por donde los cirujanos trabajaron en sus cuatro cirugías. Destrozada, especulaban, no serviría para tenerlo en pie el día de su hipotética jura. Chávez ya había tenido dos paros cardíacos de los cuales había salido milagrosamente y entrado en coma un par de días. En el primer intervalo lúcido les dijo que no. Que no habría amputación.
Y los echó del cuarto.

Llamó a Maduro, a quien ya había instituido como su sucesor. Le indicó a Diosdado Cabello cual era su voluntad y por qué la revolución necesitaba que fuera así. El equilibrio es frágil, pero los dos, Maduro y Cabello, lo dejaron tranquilo.
Antes, había llamado de urgencia a Correa. Cuando Fidel se creyó morir, pensó en Raúl para Cuba, pero fue en Chávez en quien legó la Revolución.

Ahora era tiempo de entregar ese poder al general ecuatoriano. Citó a Evo Morales, después, para que supiera de su propia boca su voluntad. Y espera a Cristina, para que también ella lo escuche de sus propios labios. Lo de Cristina es, sin embargo, jactancia. Ella está devastada por su muerte pero hace años que la opinión del venezolano no gravita en sus decisiones.

Familia y amigos lo acompañan en su final, que para desgracia de sus enemigos es épico. Está viviendo sus noches como las que Bolívar vivió, moribundo, en Barranca Nueva. Allí donde lo acompañaron sus pocos amigos. Ahí donde el médico Alexander Prosper Révérend le vio «cara de muerto» antes de examinarlo y supo que el General había empezado a morir hacía años. El que vio como Bolívar sucumbía entre micciones involuntarias, cargadas de sangre al final, que dejaron su vejiga seca pegada a la pelvis. Ahí donde se aloja, también, el mal que Chávez bien podría haber heredado. Lo contó García Márquez en «El General y su laberinto».

«Azufre, gritó esa vez hace apenas siete años, aquí huele a azufre porque ha estado el Diablo». Ese Diablo el que otra vez, pero ahora en sueños, parece estar mirándolo, impaciente.

Clarín 09012013

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