ArtículosIniciosemana del 4 de MARZO al 10 de MARZOWinston Estremadoiro

Pesadilla de pecados capitales

Andaba confundido por escoger entre dos caminos, autocensura o juicio por racismo, calumnias o lo que fuera con tanto juez complaciente del régimen, sobre si Hugo Chávez estaba vivo por modernos tubos o en convalecencia dinámica. El embrollo se agudizó cuando coincidieron dos correos. Uno, con la nota de que habría tratado asuntos de su gestión durante ocho horas, con foto del bolivariano rozagante leyendo noticias entre sus dos hijas: ah, la magia del Photoshop… Otro, un filtrado dando cuenta que tiene parálisis intestinal, huelga renal, dificultad respiratoria grave; metástasis en pulmones, acoplada a las que atacan hígado, páncreas, riñones, intestinos y columna: no duraría siete minutos sin aparatos.

Entonces reír me sacudió el diafragma –cosa buena dicen los entendidos- con la carta del diablo a Chávez, transcrita por Claudio Nazoa, que le hiciera acreedor a un premio al periodismo humorístico y ojala ninguna pateadura por gamberros bolivarianos. Recordando al Presidente besa-crucifijos, no me contuve y leí a mi esposa la parte en que Satanás le dice al dictador de Sabaneta “Pero con lo que sí te botaste fue con la vaina esa de decapitar a la mamá del flaquito ese que, desde hace dos mil años, anda dando lástima clavado en una cruz y que me tiene ladillado con su mariquera del amor, el perdón y la tolerancia entre los seres humanos. En fin, hermanazo, ¡te las estás comiendo!”.

Debatí un dilema permanente de mi sardonia, riendo del diablo que palmea a Chávez: “no sé cómo lo lograste, sinvergüenzón, pero no tienes idea de cuánto lo disfruto, de cuánto placer malsano experimento al ver a cientos de niños durmiendo en la calle bajo cartones y periódicos, acuñados entre sí para evitar el frío… ¡chico, esa gente de verdad cree que tú la quieres!… ¡Hermano, es que ni yo! ¡Tú eres grande! Esas maldades son tan tuyas, tan criollas, tan bolivarianas.” Tanto llenarse la boca en Bolivia con los indígenas, sentí pena por los “originarios” que deambulan, como siempre, pidiendo limosna en las calles. Me vino a la mente Giovanni Tomasi de Lampedusa y su magistral “El gatopardo”, donde el príncipe amenazado por las huestes de Garibaldi es consolado por un contestatario, con una frase vigente casi siempre, que cala hoy en nuestro país: “si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie”.

Tal vez por tanto diablo en Oruro, donde la estatua de la Virgen ha empezado a resquebrajarse al apurar su inauguración para el carnaval; o quizá fue la indigestión al repetir el ají de colita que preparó un condiscípulo en un ágape de lasallistas de la Generación 61, apelativo con que disfrazamos la paradoja de que los más entusiastas no se graduaron, o la vida les llevó a otros rumbos. La cosa es que tuve pesadilla de pecados capitales acosando a Evo Morales. Ojala que no me acusen de misoginia por relacionarlas con diablos de sexo femenino.

Estuvo una presumida de ojos saltones, piernona pasada en carnes, pavoneándose en suntuosa capa alba y envuelta en humo blanco. Era doña vanagloria, también llamada soberbia por unos y orgullo por otros. Le enrostraba a Evo los alardes tiahuanacotas de sus dos investiduras indigenistas, y los sellos de correo con su egregia figura en cada inicio de presidencia, que evidencian cuán anticonstitucional es su tercera reelección. ¿No es vanagloria dejarse adormecer por pringosos cantos de adulones que le hacen creer que es el nuevo Pachacuti? ¿Pensará que le hacen sabio sus doctorados honoris causa?

Apareció un ángel de las tinieblas zapateando rabiosa en nubes amarillas ante el contraste electoral de una ex modelo oficialista en Beni, pese a las estadísticas de alguna encuesta por encargo, que quizá leyó las proyecciones en coca. Era la ira. Antes había visitado al mandamás de Orinoca, por los desaires de los indígenas del Tipnis al adelantado, no español sino plurinacional, que regaló abalorios y prometió una ‘tierra sin mal’ de motores de luz cautivos de envíos de diesel, amén de televisión, celulares y desfiles de modelos color canela, que pasados los veinticinco quizá acabarían preñadas o en catálogos de hoteles para viajeros.

Se vino encima la lujuria, libidinosa de máscara roja y redondeces voluptuosas, quizá infladas por un clérigo de la silicona. Acosó a Evo mostrando el calzón que él aseveró que sacaba a sus ministras en una carnavalesca copla machista. Le echó en cara que presumía de mujeres calientes, Evo Presidente y que las hembras aguantan, porque él no se cansa. Abofeteó la recomendación a sus machos cocaleros que seduzcan a mujeres indígenas para doblegar la resistencia a la carretera asesina de la portentosa reserva natural del Tipnis.

Saltó al ruedo la avaricia. Vestía un revelador y escaso atuendo verde, quizá para evitar dispendios innecesarios de tela. Santo Tomás de Aquino la describió como un pecado en el que el hombre desdeña los bienes eternos por las cosas temporales, siendo que en el mejor de los casos, uno se lleva puesto su mejor traje en el féretro de tránsito al otro mundo. Desperté, sudoroso, cuando revoleaba el avaro íncubo verdoso en los cuantiosos regalos llunq’us que Evo ha acumulado, dizque para el museo de su memoria en Orinoca, que seguramente tendrá sucursal en el Chapare.

Cavilé que mi pesadilla no incluyó a la pereza, la envidia y la gula, pecados capitales que quizá el actual mandatario no carga en su haber. Es solo cuestión de tiempo, porque el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente.

(07032013)

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