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Inseguridad ciudadana: más allá del show

Cada vez que veo a un ministro de Gobierno rodeado de jefes y policías camuflados, y de mesas, pizarras o lo que fuere exhibiendo ‘pruebas’ de los supuestos delitos dizque cometidos también por supuestos delincuentes, me salta la duda de que en realidad lo que habrá a continuación es un show mediático, cargado de medias verdades o, lo que es peor, de grandes mentiras. La urgencia por mostrar eficiencia en la lucha contra el crimen, para apaciguar así las críticas y reclamos de una sociedad que se siente cada vez más indefensa, suele ser la principal razón para esa escenificación. A la mayoría de los medios les encanta la puesta en escena, porque alimenta el show en el que se está convirtiendo, cada vez con más fuerza, el espacio informativo.

Mis dudas no son injustificadas, y tampoco me alegra tenerlas. ¡Quién no quisiera que fuera real el combate sin cuartel contra el crimen organizado y toda forma de delito! Y digo que no lo es, no por hablar de memoria o por simple gusto de criticar, sino por los hechos que se registran a diario sobre criminales y delincuentes actuando a sus anchas y, no pocas veces, con protección o en las propias narices de la Policía que se excusa de actuar “porque no hay gasolina” para los autos patrulleros, o porque el uniformado está solo, o porque ya acabó su turno. Sucedió hace poco con un periodista. Él y sus familiares fueron robados y agredidos en un área del río Piraí, y pese a estar próximos a una patrulla policial, no lograron que actuara “por falta de combustible”.

Ya sé las excusas que habrán para tratar de justificar esa inoperancia: carencias y falta de todo tipo de recursos, hasta de personal. Es cierto, esas carencias existen y no es de ahora, como tampoco son de hoy los graves problemas de corrupción detectados en la Policía, como bien lo sabe uno de los hombres fuertes del Gobierno: el ministro de la Presidencia, investigador y gran conocedor de los problemas estructurales de la Policía y de temas de seguridad ciudadana. ¿Por qué, entonces, persisten esas carencias y fallas? La respuesta obvia es que no hay voluntad política para encarar un cambio verdadero en los aparatos represivos del Estado, que hoy como ayer sirven más como instrumentos de control político. O para el show, como estamos viendo a diario.

Un show… perdón, un caso en particular registrado hace dos semanas en Santa Cruz de la Sierra es ejemplo cabal de la preocupación aquí expuesta. Honorio, un hombre de 47 años, fue muerto a tiros a plena luz del día en una transitada vía del Parque Urbano. La saña del asesino quedó registrada por una cámara de seguridad, que permitió de entrada contar con información detallada. No solo eso: en el vecindario hubo rumores inmediato de quién sería el asesino, de cómo éste discutió antes con Honorio, dónde vivía, qué hacía. Pero la Policía, al parecer, no supo de nada (y la prensa, tampoco). Gran despliegue de su elite de Inteligencia solo sirvió para capturar a un brasileño, recién salido de la cárcel, al que presentó a la prensa como el asesino de Honorio.

Fue curioso. No sólo porque el brasileño gritó a los cuatro vientos que él no era autor del crimen, sino porque increpó al ministro de Gobierno –que hizo cuestión de hacer el anuncio en persona- sobre su acusación y, de yapa, porque ningún testigo del hecho lo reconoció como autor. El brasileño aseguró además que la Policía quiso obligarlo a inculparse (ya se sabe, práctica común cuando los uniformados se sienten presionados por falta de resultados en sus operativos). Días después, al ministro y a la Policía no les quedó otro camino que admitir que el brasileño no era el asesino, que era otro (justo el que había sido motivo de rumores el mismo día del crimen). Dizque ‘erraron de buena fe’. Me resulta difícil creerlo: o actuaron a sabiendas del error por salir del paso, o alguien les tendió una trampa desde adentro, para que queden mal parados.

En cualquiera de los casos, preocupante. Muy preocupante, porque el caso ha dejado al descubierto –o nos recuerda- que el tema de seguridad ciudadana sigue relegado a una cuestión más política, que social. Con muchos agravantes, además. Uno de ellos, pretexto para alentar prácticas inconstitucionales como la de “ley de fugas” o la de “falsos positivos” con la vieja y perversa “plantada de pruebas” usada para incriminar a inocentes; y, también, para alimentar la xenofobia (como si los extranjeros fueran los únicos responsables de todos los males), cuando no la sensación de miedo y pánico en una ciudadanía ya golpeada lo suficiente por criminales de toda laya. Y, créanme, nada de todo esto debiera prestarse para show alguno, por mucho que así lo quieran las ‘estrellas fugaces’ que pasan por los cielos del Poder político y mediático.

Santa Cruz de la Sierra, 27 de abril de 2013

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