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Homilía de Monseñor Sergio ve “cómplice pasividad” frente a la violencia y la inseguridad

(Con audio Adjunto). El Arzobispo de Santa Cruz cuestionó duramente la lógica mundana y los valores que se viven en las familias y en la sociedad y llamó a no quedarnos solamente en la condena de los responsables sino a cambiar nuestra menar de pensar y de vivir. También apuntó que no se puede aceptar la pena de muerte ni la castración química.

Monseñor Sergio dijo que “no podemos extrañarnos ni tampoco elevar nuestro grito al cielo” cuando asistimos a esos abominables delitos si como familias y como sociedad no cuestionamos nuestras actitudes que se convierten en “cómplice pasividad”, según dijo.

A tiempo de cuestionar duramente la lógica mundana en que vive nuestra sociedad, aseguró que “para encontrar una solución duradera y real –a la violencia y la inseguridad- tenemos que encontrar las causas personales, familiares y sociales”. En ese sentido, lamentó que crezca “el número defamilias disgregadas y uniones informales, familias donde el padre es totalmente ausente (…) familias incapaces de asumir la educación primordial de sus hijos en base al amor y a la responsabilidad… (…) “Ni qué decir de nuestra sociedad donde impera la informalidad, la corrupción y la violencia (…)una sociedad marcada por el hedonismo, la diversión y el erotismo exacerbado, una sociedad donde el alcohol es el componente infaltable de todo evento, y donde la droga causa estrago entre jóvenes y adolescentes”, señaló.

Respecto a las voces que sugirieron la implementación de la pena de muerte o la castración química de los violadores, el Arzobispo aseguró que no se pueden aceptar esas medidas “que contravienen a la dignidad y derechos de toda persona, aún de los delincuentes, porque también ellos son hijos de Dios”, enfatizó.

El Arzobispo dijo que para no seguir lamentando tan terribles crímenes “Hace falta cambiar rumbo, volver a poner a Dios en el centro de nuestra vida personal y social, esto es lo que nos propone Jesús, esto significa convertirnos, cambiar nuestra manera de pensar y de vivir”

Oficina de prensa del Arzobispado de Santa Cruz.

Homilía COMPLETA de Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

Basílica Menor de Santa Lorenzo Mártir (Catedral), domingo 23 de junio de 2013.

Queridos hermanos y hermanas:

La escena del evangelio de hoy, nos presenta un giro decisivo y crítico de la vida de Jesús. Su actividad pública en Galilea ha terminando y está iniciando su último viaje a Jerusalén. En el horizonte ya se avizoran los nubarrones oscuros de su fin trágico en la cruz, por eso Jesús desde ahora apunta a capacitar y preparar el grupo de sus discípulos, involucrándolos en su proyecto.

Hasta ese momento los discípulos han compartido la misión pública de Jesús, lo han escuchado cuando, a través de sus enseñanzas y parábolas, ha ido presentando la buena Noticia del Reino de Dios, y cuando ha predicado con autoridad ante el pueblo y las instituciones religiosas judías. Los discípulos también han sido testigos de sus prodigios y milagros signos del Reino que anunciaba: curaciones de toda clase de enfermos, liberación de endemoniados, resurrección de muertos, la tempestad placada, todos ellos manifestaciones de su poder y grandeza.

A pesar de tantas evidencias y de haber sido cautivados por su personalidad, los discípulos no acaban de despejar todas sus dudas acerca de la persona de Jesús, no acaban de comprender su verdadera identidad: ¿Quién es él?

Es el momento de que Jesús despeje sus dudas y lo hace comprometiéndolos en esa búsqueda. Inicia con un método que hoy llamaríamos una encuesta de opinión haciéndoles una pregunta no muy comprometedora: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?«. A esta pregunta todos los discípulos opinan y hacen comentarios.

– «Unos dicen:  Que eres Juan el Bautista», todavía era muy vivo en la memoria del pueblo el trauma de su muerte.

– «otros, Elías«, el Profeta por excelencia, el prototipo de todos los profetas, se esperaba su regreso para preparar la venida del Mesías.

– «y otros, algunos de los antiguos profetas que ha resucitado«, uno de los profetas que ha vuelto a la vida.

Jesús no se conforma con estas respuestas y ahora da otro paso y se dirige directamente a los discípulos:  «Y ustedes,¿Quién dicen que soy yo?» .

Es la pregunta clave sobre su identidad, una pregunta que los compromete personalmente a cada uno. Ahora todos se callan y sólo Simón Pedro responde, en nombre de todo el grupo: «Tú eres el Mesías de Dios». Pedro hace su profesión de fe y surespuesta es certera: Jesús es el enviado definitivo de Dios Padre para cumplir todas las esperanzas de liberación de la historia de Israel, el enviado para traer la salvación a toda la humanidad.

Sin embargo, la palabra “Mesías”, tenía otro sentido para los judíos. Ellos pensaban en un líder político que suscitara esperanzas nacionalistas y que encabezara un movimiento de liberación de la sumisión romana. Esta visión reducía el alcance y el sentido del Reino de Dios a una dimensión puramente histórica y política, olvidando que es el plan de amor del Padre que quiere que todos los seres humanos vivamos como hijos suyos y hermanos entre nosotros, que gocemos de una vida plena, en abundancia y más allá de la muerte.

Por eso Jesús, inmediatamente y en forma de profecía, anticipando lo que le sucederá en Jerusalén, habla a sus discípulos con toda claridad sobre su identidad, misión y destino: «El Hijo del hombre, o Mesías, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día«. Jesús con tres palabras claves: pasión, muerte y resurrección presenta el mensaje central de nuestra fe cristiana: gracias a su pasión, muerte y resurrección, todos tenemos acceso al amor de Dios Padre, a la liberación de la esclavitud del pecado, a la vida y a la salvación eterna.

Jesús, como Mesías, no vino a salvarnos según la lógica de los señoríos de este mundo, con el poder político y económico, con la fuerza militar, con la justicia servil y amañada, con la farándula y la parafernalia propagandística, sino con la cruz del amor y del servicio.

Después Jesús convoca a los discípulos y a la gente y les hace una propuesta con claridad y sin falsas expectativas: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga»Palabras decisivas, medulares y provocadoras.

Si alguien quiere ser su discípulo, ser cristiano, no piense en tener privilegios, ambiciones y anhelos de poder y gloria, por el contrario sepa que tiene que renunciar a ser el gestor único de su vida. “Cargar la cruz cada día”: una vidaentregada a Dios y al prójimo por entero, ser testigos del amor sin medida de Dios, servir a los demás cotidianamente, gastar su vida a favor de los más necesitados. Y tenemos ejemplo de tantas personas, los santos en primer lugar pero también hoy día tantas personas, tantos voluntarios que lo hacen en los  hospitales, en favor de enfermos, en hogares de niños y ancianos.

Jesús nos pone ante una opción: «El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará». Salvar nuestra vida, como lo entendemos nosotros es ser egoístas, vivir de acuerdo a nuestra propia voluntad, nuestro interés, ponernos al centro y creemos ser los más importantes. Es en otras palabras, hacer la opción por nosotros, es entrar en la lógica de pensamiento de una sociedad y un mundo huérfano de Padre, que pretende vivir sin Dios y que relativiza toda referencia objetiva, sometiéndola a todas clases de intereses personalistas y egoístas.

Creo que en esta lógica mundana podemos tener la clave de lectura correcta de los crímenes estremecedores de los que hemos sido testigos en esta semana en nuestra ciudad y país, asesinatos y violaciones, que no ha se han detenido ni ante la inocencia de una niña de cuatro años. La conmoción y la condena de estos delitos ha sido general, y está muy bien y así debía ser, sin embargo no podemos quedarnos en ellas.Tampoco podemos quedarnos en la condena de los responsables y en el justo pedido de mayor seguridad ciudadana. Peor aún podemos aceptar la implementación de la pena de muerte o la castración química de los violadores, medidas que contravienen a la dignidad y derechos de toda persona, aún de los delincuentes, porque también ellos son hijos de Dios.

Para encontrar una solución duradera y real, tenemos que encontrar las causas de estos hechos, causas personales, familiares y sociales, cuestionándonos a todos nosotros, sentirnos todos implicados, preguntarnos también sobre nuestra conducta o nuestra cómplice pasividad.Lamentablemente crece en nuestra sociedad el número de familias y uniones informales, familias donde el padre es totalmente ausente, familias disgregadas por múltiples factores, como los divorcios, los problemas económicos, la migración masiva y el influjo de una cultura relativista donde todo es lícito y permitido.

Familias incapaces de asumir la educación primordial de sus hijos en base al amor y a la responsabilidad y familias que muchas veces dejan a los niños abandonados a su propia suerte.

Ni que decir de nuestra sociedad donde impera el individualismo y la falta de valores éticos y morales, una sociedad donde impera la informalidad, la corrupción y la violencia, una sociedad incapaz de dialogar, una sociedad que propone el éxito y la riqueza a como de lugar, una sociedad marcada por el hedonismo, la diversión y el erotismo exacerbado, una sociedad donde el alcohol es el componente infaltable de todo evento, y donde la droga causa estrago entre jóvenes y adolescentes. Con semejantes presupuestos, no podemos extrañarnos ni tampoco elevar nuestro grito al cielo si después asistimos a esos execrables delitos.

Hace falta cambiar rumbo, volver a poner a Dios en el centro de nuestra vida personal y social. Esto nos propone el evangelio de hoy, lo que nos propone Jesús, cargar la cruz, esto significa convertirnos, cambiar nuestra manera de pensar y de vivir. Significa orientar nuestra existencia de acuerdo al Evangelio, vivir en total libertad frente a sí mismo y a los propios intereses, cambiar radicalmente nuestras actitudes, abrirnos y solidarizarnos con los demás. Significa que todos nos comprometamos a colaborar en una convivencia fraterna y respetuosa, sin alguna discriminación, basada en los valores del Reino de Dios, la vida, la verdad, la libertad, la justicia, el amor y la paz. Jesús nos lo dice con palabras fuertes: “El que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará». Perder la vida por su causa, entregarla para que cambien los paradigmas de nuestras relaciones con Dios y con los hermanos, de acuerdo a los valores y principios del Evangelio.

Cumplir con este programa no está de moda  hoy, es ir en contra de la corriente general, es ser anticonformistas, y tener la valentía de enfrentarnos con la incomprensión, el descrédito, la burla y la hostilidad. Necesitamos mucho valor y poner toda la confianza en Cristo crucificado, en quien está nuestra fuerza, necesitamos tenerlo, según la profecía de Zacarías, como punto seguro de referencia: «Ellos mirarán hacia mi«, verdadera fuente de agua viva que purifica del pecado y que da la vida en plenitud y para siempre.

Oficina de prensa del Arzobispado de Santa Cruz. Domingo 23 de junio de 2013

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