ArtículosIniciosemana del 23 de SEPTIEMBRE al 29 de SEPTIEMBREWinston Estremadoiro

Cosa que no entiendo

No insistí en titular esta nota “coca que no entiendo”, no fuera que algún lector no captase el juego de palabras. La verdad es que recogí retazos de noticias de aquí y de allá. Empezando con la radio, donde mi esposa se nutre con la repetición de nuevas, que acompañan su barrer polvo que asienta en la quietud de la noche, algo que hoy prefiere a tempraneros arrumacos de tiempos idos. Me acordé de una ironía de mi amigo Pipo, cuyo pícaro diablillo pregunta “¿qué nos pasa?”, al recontar cierre de válvulas de agua, las paralizantes amenazas de toma vandálica de obras estatales y el bloqueo de calles, para que reconozcan sus “derechos”. “Son los hijos del cambio”, le responden, y el perrito acierta en pensar que “los únicos hijastros son los del Tipnis”, cosa pertinente a dos años de Chaparina, “batalla entre el olvido y la memoria, entre la impunidad y la justicia”, dice un editorial de Los Tiempos .

Locutores contrapunteaban que cocaleros adueñados de terrenos de la Universidad Mayor de San Simón (UMSS) en Valle de Sajta, tomaron varios rehenes y les hicieron pedir piedad para no asesinarles so pretexto de “justicia comunitaria”. Quizá poco versados en agricultura tropical, pero de buen diente para el pescado amazónico y la carne de monte, oré que no esté entre ellos un amigo que promueve ovejos de pelo en el Chapare cocalero, meritorio afán que ojala no corra la suerte de búfalos de agua que se fueron a chapotear en curiches cruceños. Ya se conocía de dos jóvenes apaleados y calcinados a fuego en zona vecina, donde la complicidad criminal se escondió en el llamado “pacto de silencio”.

En el Chapare, ni la siembra de pepitas de oro puede competir con la cosecha de hojas de coca por “originarios”, secadas en caminos asfaltados por los gringos, elaboradas a cocaína con técnica colombiana usando artefactos coreanos de línea blanca (nunca tan bien llamada), y tal vez su envío aéreo de Chimoré a Caracas, para abordar aerolínea francesa con aval de policías venezolanos. Ejemplo de globalización.

Atraqué mi desvarío en noticia informando del desalojo de Colombia por Perú en plantíos de hojas de coca. Lo que es peor, la ONU advertía del peligro de que la séptima economía de América Latina tuviese un problema de seguridad con el narcotráfico. ¡Ma’ de qué problema hablás, chanta, si el problema subsiste por décadas!”, pensé, en idea de lingo bonaerense, con cinco dedos juntos en mano moviéndose de arriba abajo. Amanezco a sospechar que mientras más produces, mayor atención y recursos convocas: ¿para qué matar esa gallina de huevos áureos del “imperio” y sus aliados europeos?

Porque recordé un cónclave en Costa Rica, a inicios de los ochenta. Los mandamases de la lucha latinoamericana contra las drogas y la sustitución de cultivos eructábamos los camarones al ajillo del medio día, escuchando a una antropóloga colombiana, entonces la menos importante de encargados de sustituir cultivos de erythroxylum coca, dar cuenta del preocupante aumento del cultivo en su país: 5.000 hectáreas. Si algo había de tradicional en la materia prima de la cocaína, era el ranking de primero Perú, luego Bolivia y, lejos, Colombia. En treinta años, al año 2011, se dio la vuelta la tortilla: los últimos llegaron a primeros reportando 64.000 hectáreas, un aumento de casi trece veces. Bolivia, de segunda pasó a tercera, y quizá más abajo, si los cocales se expandieran al Ecuador o a las Montañas Rocallosas.

No entiendo cómo se operó semejante incremento. Entro al cenagoso terreno de la especulación, al preguntarme si en el entrevero algo tiene que ver el exponencial aumento de la ayuda estadounidense. Es falaz, o cuando menos engañoso, que “la represión al narcotráfico en Colombia, tradicionalmente el mayor productor del planeta, desplazó el cultivo hacia países vecinos como Perú”. Con su tecnología de escucha y monitoreo (el ‘espionaje’ del que se rasgan vestiduras los fariseos que olvidan que tal es un recurso de todo Estado), ¿se le ha ocurrido a algún experto de EE.UU analizar tal correlación en los tres países? Ni siquiera habría que esperar hasta las calendas griegas, como en el caso del segundo estudio de uso tradicional de la coca en Bolivia. En éste último, Perú y Colombia, ¿cuál es la relación entre reducir cocales, y, digamos, dólar invertido, experto local o importado, desarrollo institucional o contratista gringo, soldado “erradicador” malherido o cocalero muerto, republiqueta cocalera o zona roja de guerrilleros?

No tengo respuesta a dichos cuestionamientos. Tal vez se esconden en vericuetos de la real politik de naciones ricas y pueblos muertos de hambre, de ideologías contrapuestas y nuevas alineaciones. Algo da para pensar la entrevista de Carlos Alberto Montaner a un ex embajador gringo que rehusó dar su nombre, respecto a las razones porque EE.UU espía a Brasil: quiere estar informado de la corrupción brasileña y las drogas, temas que afectan la seguridad de la potencia estadounidense. La una toca nervios sensibles de su sistema financiero, y a sus empresas compitiendo con “empreiteiras” que recurren a sobornos o comisiones ilegales: miren a la gringa leprosa criticando las tiñas de “garotas”.

En el tema de las drogas, preocupa que la producción de coca, ergo, cocaína, “se ha quintuplicado desde que Evo Morales ocupa el poder y el camino de salida de esas sustancias es Brasil. Casi toda va a parar a Europa y nuestros aliados nos han pedido información”. Quizá por eso Bolivia no es prioridad. No lo entiendo.

(20130927)

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