ArtículosIniciosemana del 23 de SEPTIEMBRE al 29 de SEPTIEMBRE

LA LEY Y LA ESPADA

Por Hana Fischer*

¿Qué es la ley? ¿Cuáles son sus límites? ¿Por qué en algunos países hay un respeto casi reverencial hacia ella, mientras que en otros –notoriamente en Latinoamérica– se le tiene tan poco aprecio?

La razón de esa diferencia abismal entre regiones responde a los distintos conceptos y usos de la ley que rige en ellas. Para expresarlo de una forma gráfica, la norma jurídica es semejante a una espada. En sí misma, no es buena ni mala; resultará beneficiosa o perjudicial para la comunidad, según el empleo que le den aquellos a quienes se les otorgó el monopolio de la fuerza.

Frédéric Bastiat (1801-1850) se preguntaba: «la ley, cuyo método necesario es la fuerza, ¿podría emplearse, acaso, a algo que no fuera mantener a cada uno dentro de su derecho?» Y llegó a la conclusión de que la «Ley es justicia organizada (…) En efecto, no puede imaginarse que la fuerza lesione la libertad de los ciudadanos, sin lesionar la justicia, es decir, sin contradecir su propia esencia».

En las naciones donde predomina esa idea de la justicia, la «espada» legal se utiliza para defender a las personas comunes de los atropellos de otros y, fundamentalmente, de los abusos de los propios gobernantes y funcionarios. Y es por eso que los ciudadanos sienten por ella tanto respeto; es la garantía de su seguridad y libertad.

Asimismo, se considera que la ley se origina en las costumbres y hábitos aceptados como correctos dentro de esa sociedad. Por lo tanto, no surge de la «genialidad» de los legisladores, sino que por el contrario, éstos se limitan a convertir en norma con fuerza legal, lo que esa nación en la práctica ya considera como beneficioso.

En ese marco, lo que hace que una ley sea «justa», no es que los legisladores así lo hayan decretado, sino el hecho de que todos, gobernantes y gobernados por igual, deban acatarla. Y bajo esas circunstancias, como expresa Bastiat, «la fuerza se somete al derecho y la sociedad toma posesión de su propio destino».

Esa noción de la ley y ese uso de la «espada» son los que predominan en los países más libres, prósperos y felices.

Pero, también existen otras concepciones y aplicaciones de la misma. Según Louis Saint-Just (1767-1794), desear el bien corresponde al legislador, y los hombres serán lo que él desee que sean. Y Maximiliano Robespierre (1769-1794) –quién utilizó frecuentemente la guillotina durante la Revolución Francesa– considera que «el principio del gobierno republicano es la virtud y su medio, mientras se establece la virtud, es el terror».

No hay que esforzarse mucho para comprender que, bajo esas premisas, la ley se convierte en un instrumento amenazante. Es como una «espada de Damocles», que las autoridades a su total arbitrio, hacen pender sobre las cabezas de los ciudadanos. Y como la historia evidencia reiteradamente, en esas circunstancias, los pueblos son miserables. Es una realidad palpable, tanto desde el punto de vista material como del espiritual.

La desgracia de América Latina es que, desde nuestros orígenes como colonias, en estos suelos ha regido el segundo modelo. Realidad lamentable que perdura hasta nuestros días.

*Hana Fischer es escritor, ensayista y analista política uruguaya.

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