ArtículosInicioMaria Galindosemana del 9 de SEPTIEMBRE al 15 de SEPTIEMBRE

Soy indígena porque me gusta y me da la gana

Después de haber escondido el retrato de la madre chola en el desván, después de haber olvidado el aymara y el quechua y de habernos blanqueado la cara, manipulado la historia familiar y haber reconocido únicamente la raíz blanca de nuestra historia.

Después de habernos cambiado el apellido de Quispe a Quisbert. Después de haber negado el encholamiento de nuestro padre patrón con nuestra madre india, después de haber crecido con profundo resentimiento y complejos de toda índole.

Después de haber sido más racistas que los gringos, más aprovechadores con quienes vienen del campo que nuestros propios abuelos patrones. Después de esa larga pesadilla de la Bolivia bastarda incapaz de mirarse al espejo. La Bolivia bastarda autodestructiva y cargada de odios.

Después de ese bastardismo nacido de la violación y el abuso de la india, la chola y la trabajadora del hogar por parte del patrón y del hijo. Después de esa larga pesadilla y sin haber resuelto la herida del color de la piel nace pendularmente esta otra Bolivia. La Bolivia de los originarios.

Unos y otras se dedican ahora a hacer el camino inverso. Desentierran la fotografía de la chola de la familia, buscan y rebuscan sus apellidos y dan cátedra de lo indígena en primera persona.

Sin hablar ni quechua ni aymara acullican coca y pregonan desde la ciudad la fuerza del ayllu. Pregonan su origen originario con wifi, agua caliente, cargo en el Gobierno, vehículo en la puerta con chofer y deseo erótico incontenible por la mujer blanca rubia y de ojos celestes.

Alcanzamos el 60 y 70% de población indígena en el país con estos nuevos adscritos y autodeclarados o autoidentificados indígenas y si de ventajas y oportunidades para el universo indígena se trata yo creo que podemos llegar a declararnos país libre de blancos y mestizos y llegar al 100% de autoidentificacion con los pueblos indígena originario campesinos como dice la Constitución.

Es una respuesta visceral a la fracasada tesis del mestizaje, un mestizaje que jamás fue tal porque lo que gobernó el país desde su nacimiento fue la prohibición de enamorarte del indio, de la india, del moreno, de la morena, del cholo de la chola. Hubo mezcla, sí, pero siempre tatuada de humillación y menosprecio.

El originario originarista es pues hijo de una humillación irresuelta y aparece en dos subcategorías: el originario que viene más bien del mundo blancoide reivindica lo originario con fanatismo, con romanticismo, con dogmatismo y sobre todo con arrogancia.

Son los originaristas que dan lecciones del pachakuti y del suma kamaña sin siquiera tener la mínima experiencia vital directa de la vida en una comunidad rural. Por otro lado está el originario de la vertiente morena que no termina de hablar ni castellano ni aymara, que se siente frustrado, utilizado y mal representado por el señorito de poncho.

Reclama mayor autenticidad y mayor conocimiento del misterioso mundo indígena, pero, en realidad, lo que está reclamando es más espacio solamente.

Esta Bolivia del originarismo ha desatado una disputa de autenticidades; de auténtico versus inventado, por eso es una Bolivia travesti, travestida en indígena, con chola transformer y con miss cholita y miss ñusta universitaria.

El máximo representante de la Bolivia travesti es el Presidente que se traviste de poncho en poncho y de sombrero en sombrero, región por región, buscando en ese ejercicio arribar a la construcción de una identidad que trágicamente se fragmenta en muchas pequeñas identidades con todas las contradicciones imaginables.

Parece que se hace imposible lo indígena puro y auténtico y mientras su imposibilidad más evidente se hace más angustiosa y más fanática es la búsqueda de la autenticidad. Las entradas y la fiebre folklórica parecen convertirse en una euforia y una catarsis que acompaña esta disputa entre la copia y el original. En esta Bolivia antes bastarda y hoy travesti la única libertad que tienes es declararte indígena originario, coronar tu declaración con una sentida y llorosa farra, limpiarte los mocos con aguayo acrílico y que la Pachamama se calle y aguante una vez más tu apesadumbrado corazón.

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