ArtículosInicioManfredo Kempff Suárezsemana del 13 de ENERO al 19 de ENERO

LOS AÑOS PACEÑOS

Creo que es García Márquez quien dice que durante los años de la niñez es cuando la persona fija sus recuerdos más nítidamente; que lo vivido en los primeros ocho o diez años son los que determinan en gran medida la memoria del individuo. Es decir que si escribo novela o cuento, si hago un relato, de inmediato aparecerá en mi mente mi pueblo, mis padres, mis abuelos, mi casa, mi paisaje. Es muy probable que sea cierto si hablo de mi experiencia, porque una buena parte de mis primeros diez años los pasé en Santa Cruz y cuando se me ocurre escribir algo me siento más familiarizado con lo cruceño. Es decir que me resulta más fácil escribir en camba si vale el término.

Sin embargo, también pasé unos años de mi niñez en La Paz y desde luego que casi toda mi vida de hombre maduro. Mi juventud transitó principalmente entre Santiago de Chile y Santa Cruz. Pero, bueno, ¿a quién le interesa dónde haya pasado mi vida si no es a mí y a los míos? ¿Por qué sacar de la manga algo que dijo García Márquez hace tanto tiempo? Bueno, será porque simplemente extraño La Paz. Será porque casi siempre escribo sobre escenarios cruceños y sin embargo mis recuerdos paceños también son imborrables, llenos de amistad y dicha.

En el colegio, en primaria, hace sesenta años o más, hice grandes amigos a quienes dejé de ver durante añares pero con quienes me fui reencontrando poco a poco y nos fuimos reconociendo, oliéndonos como los perros. Del “Mariscal Braun” guardo recuerdos encontrados, porque allí se exigía mucha disciplina, se castigaba con dureza a los insubordinados como yo, pero al mismo tiempo los compañeros eran formidables y solidarios.  Las chicas eran las más bonitas de la ciudad, además.

En 1966, cuando mis padres ya habían retornado del largo exilio de doce años, volví a La Paz, luego de haber cursado dos años de Derecho en la René-Moreno. Vivíamos en el coqueto pasaje Goitia, callejuela empedrada de casitas viejas, señoriales, adornadas de plantas y flores, donde, por entonces, el sol no se iba hasta el atardecer. Gracias a las manos mágicas de la Francisca me reencontré con los sabores, olores y colores collas de la quirquiña, huacataya, locotos, yerbabuena, laurel, orégano, que aderezaban los chairos, laguas, guisos de cordero, humintas, fricasés, saices, ajíes de gallina, lengua, panza, habas, huevo, y las imperdibles papas a la huancaína.

Me gustó el clima fresco y seco de La Paz, sobre todo en los días soleados de invierno. Me acostumbré a devorar salteñas que estallaban en jugos sabrosos dentro de mi boca. Y admiré su paisaje único de ciudad única también, caprichosa, adornada de jorobas, rodeada de nevados que se los miraba desde cualquier lugar. No existía, por supuesto ni el tráfico actual, ni crecían todavía las moles de cemento a lo largo de El Prado y de todo el centro comercial. No recuerdo, de mis años mozos, cuál sería el primer edificio de departamentos que se construyó en Calacoto, barrio plácido y tranquilo por entonces, donde fuera de almorzar en casas de amigos no había mucho más qué hacer. “Subir” a la ciudad era una necesidad absoluta.

A mis 22 años me había enamorado, casado, y había sido padre. María Teresa no era muy experta en majares caseros pero un día de esos tiró las conservas a un lado y se decidió a cocinar. Ahora podría competir en “Master Chef” sin ningún problema. Vinieron los tiempos de la Cancillería, de la lucha por los ascensos, del frío en el viejo edificio sin anexos de la plaza Murillo, y de los malos sueldos. Pero también los destinos al exterior, mejor pagados pero siempre breves porque con la política de por medio, golpe tras golpe, nada era seguro. La Paz fue el centro de mis actividades, por lo que regresábamos, con la familia que crecía, siempre a un domicilio distinto. Desde Sopocachi hasta Achumani pasando por la querida casa de Obrajes, los traslados fueron intensos.

Envejecí en La Paz con mis amigos paceños, sin descuidar mis venidas a Santa Cruz para ver a mi madre, viajes casi siempre breves pero vivificantes. Mis actividades eran intensas, ya fuera en la Cancillería o en el sector privado cuando la política se ponía adversa, que era a menudo. Las amistades del Ministerio perduran hasta hoy, muy sólidas, aunque poco a poco los muchachos de antes se van yendo al cielo. Es inexorable. Y los fines de semana eran de terror. Desde el “viernes de soltero” odiado por mi mujer – por todas las esposas – pasando por los juegos de cacho y las parrilladas con buen vino donde amigos gourmets que acababan tardísimo entre merengues y cumbias que me dejaban descoyuntado.

Pero la situación cambió. Todo se puso patas para arriba. Ya era tiempo de hacerle caso a mi madre y volver a los ancestros. Dejamos la linda ciudad con el mejor de los recuerdos y aunque ahora son los Tauras o los cafés de la Monseñor Rivero quienes me arrancan de mi escritorio, extraño a mis amigos collas.

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