ArtículosInicioPercy Añez Castedosemana del 24 de FEBRERO al 2 de MARZO

Las viejas y las nuevas heridas del mundo

Cuando los británicos llegaron por primera vez a Sierra Leona en 1562, rápidamente se convirtieron en traficantes de esclavos. En menos de cincuenta años habían trasladado a más de tres millones de africanos como mercancía. Sin embargo, estos hombres imbuidos en la ambición, la avaricia, el materialismo -y que cometieron la atrocidad de reducir al ser humano al mero valor económico-, a finales del siglo XVIII dieron muestras sorprendentes de cambio de actitud.

Como si su conciencia ética hubiera despertado de golpe, empezaron a enviar esclavos de regreso a África para dejarlos en libertad. Para explicar semejante viraje, el historiador Naill Ferguson afirma que en el imperio británico siempre hubo una minoría, que por sus principios religiosos, se oponía a la esclavitud, y fue aquella minoría la encargada de expandir el cambio de hacer las cosas y mirar al mundo.

David Livingston fue uno de los más grandes e incansables luchadores de esta causa, su nombre es ahora un referente de altruismo y grandeza gracias a su nobilísima vida entregada a la ayuda y al voluntariado. Fue el primer europeo en cruzar el desierto del Kalahari, en atravesar el continente de la costa atlántica a la del océano Índico, en contemplar la belleza de de las cataratas Victoria, y lo más importante, fue el primer “médico sin fronteras”, su persona encarnaba una verdadera ONG andante.

Ideó y luchó incansablemente por poner en práctica lo que denominó el sistema de “Las Tres C”: cristianismo, civilización y comercio. Afirmaba que solo un mercado libre podría acabar con el cáncer social de la esclavitud, que a su juicio, había alejado la atención de las verdaderas fuentes de riqueza. Por eso, buscaba establecer una ruta por donde los mercaderes honrados pudieran estrechar vínculos comerciales legítimos con africanos libres, y de esa manera marginar a los traficantes de esclavos.

El plan no salió como esperaba, sus mejores hombres padecieron a causa de la malaria y la opinión pública británica –de ser muy favorable– se volcó en su contra. Murió creyendo que la trata de esclavos era inextinguible. Pero, apenas un mes después de su muerte, el sultán de Zanzíbar firmó un tratado con Gran Bretaña prometiendo abolir el tráfico africano oriental de esclavos. El antiguo mercado de esclavos fue vendido a la Misión Universitaria para África Central, que levantó sobre las viejas celdas una catedral: póstumamente Livingston cantaba victoria.

En su epitafio reza una frase suya: “Todo lo que puedo añadir en mi soledad, es que la rica bendición del cielo descienda sobre todos, que ayude a curar la herida abierta del mundo”. Hoy cabe preguntarse si la herida está verdaderamente cerrada; la trata de esclavos ya no está amparada por ley, pero existen grandes redes de tráfico de personas para la explotación sexual y laboral. Además, en el rico y a la vez paupérrimo primer mundo, están establecidas grotescas maneras de atentar contra la vida bajo la excusa del poder de elección.

A lo largo del tiempo varían los tipos de humillación y los agentes que la provocan. No obstante, el modo de razonar es estructuralmente el mismo: el Estado, la mayoría, lo útil, la raza. Siempre nos encontramos delante de falsos artificios capaces de cometer las más grandes atrocidades, porque en aquellos esquemas, lo más valioso -el ser humano-, no existe, es mercancía.

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