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Una respuesta al libro «Identidad boliviana»: Las equivocaciones de Álvaro García Linera

Carlos Mesa Gisbert*

En su reciente libro de distribución gubernamental (La Razón) y gratuita, «Identidad boliviana: Nación, mestizaje y plurinacionalidad» (2014), el vicepresidente del Estado Álvaro García Linera trazó una impugnación crítica, en una larga nota a pie de página, de un ensayo, también reciente, del ex presidente Carlos Mesa Gisbert, «La sirena y el charango. Ensayo sobre el mestizaje» (2013). Publicamos aquí la respuesta de Mesa al texto de García, que también reproducimos.

Álvaro García Linera –que tiene una ventaja incomparable: la difusión gratuita de sus textos en miles de ejemplares junto al periódico no gubernamental La Razón– ha distribuido la obra Identidad boliviana: Nación, mestizaje y plurinacionalidad, en la que ofrece su “visión” de nuestra identidad.

Una caricatura de la historia
García se apoya de manera fundamental en la existencia de un “organizador estatal de la nación” que, en el Estado Plurinacional, logra la coincidencia entre la “forma de Estado” y la “forma social plurinacional”. Y García parte de la premisa –mal que le pese– de los compartimentos estanco de la historia. A su juicio, el “Estado aparente”, que sería una ficción porque margina la idea totalizadora, se convierte en “Estado verdadero” con la cpe del 2009, que constituye por primera vez lo real, aquello que totaliza, abarca y reconoce a todos. Esa mirada “total” no puede aceptar como referencia de agregación los procesos anteriores porque eran excluyentes y porque respondían –marxismo dixit– a una imposición negadora. También a su juicio, incluso la revolución de 1952 cayó en la trampa del “habitus colonial” (uso sus términos), pues mantuvo a través de un subterfugio su enlace perverso con un pasado de élites y con un sustrato de construcción oligárquica que disfrazaba, en la incorporación democrática de todos, una base racista y discriminadora. El autor afirma que en “tiempos neoliberales” (marbete insuficiente, intencionado y convertido en calificación peyorativa), el reconocimiento de la pluralidad de culturas y la existencia de múltiples etnias se tradujo en políticas “tibias” y en el resguardo de prácticas “folklóricas”. Es bueno venir a enterarse de que la implementación de la educación intercultural y bilingüe, las autonomías municipales y las mancomunidades municipales indígenas, el reconocimiento de la propiedad comunitaria andina y las tierras comunitarias de origen en los llanos (Ley INRA) fueron parte del “resguardo de prácticas folklóricas”. Siempre se aprende algo nuevo en la vida.

La nota 19
Me detendré, sin embargo, en la nota 19 de su trabajo, una nota dedicada a mi libro La sirena y el charango. Ensayo sobre el mestizaje (2013). Su primera observación es que digo que no se puede hablar de genocidio en tiempos de la conquista española, dada la evidencia no sólo de que la propia CPE reconoce 36 naciones indígenas, sino que el 40% de la población se autoidentifica hoy como indígena. Investigadores serios, me recuerda, han demostrado la caída brutal de la población originaria en América después de la invasión española.
Cierto, se produjo una caída demográfica devastadora cuyo origen fundamental estuvo vinculado a la transmisión de enfermedades como la viruela, el sarampión o la gripe, que diezmaron a la población indígena en una relación inconmensurablemente mayor que la violencia del hecho mismo de la conquista, o que la propia explotación brutal de los mitayos en las minas. Para evitar lecturas sesgadas (me) cito:

Brutal fue ese camino, implacable en su violencia, en la destrucción del otro, físicamente, espiritualmente, en la sangre de miles de seres humanos amasada en el metal extraído de las minas que exprimieron hasta el último aliento. Brutales fueron las encomiendas y los encomenderos, sordos a las voces de los otros, brutal fue el trato a esas personas como objetos de uso y desecho. Épica y horror que transformó un mundo destruyendo y construyendo. Brutal había sido también –es bueno no olvidarlo- la conquista de los incas sobre los collas. Baste mirar el estremecedor dibujo de Guaman Poma del capitán Túpac Amaru Inca arrancándole los ojos a un prisionero colla.
 (La sirena…, 50).

García, amigo de los adjetivos que acompañan debatibles argumentos, toma lo que le conviene y desecha lo que no. La existencia vital del denominado Estado Plurinacional es una prueba de la pervivencia de los indígenas que fueron invadidos por España, imposible si se hubiese consumado un genocidio con intención expresa de aniquilar a uno o varios pueblos, y por supuesto de la pervivencia de parte de un pasado a través –subrayo– de un proceso de conquista y de colonia que dejó un “habitus colonial” inescindible de la identidad boliviana, y que carga todos los elementos de visión de mundo diferente y nunca más igual a la “originaria”, que no se puede recuperar de otro modo que no sea por el paso del tamiz colonial.

Sobre Túpac Katari

En cuanto a la gesta de Túpac Katari, la observación de García es sólo instrumental. Lo que importa para la lectura de los objetivos históricos de la rebelión no es la táctica de alianzas que, en efecto, buscó el líder aymara con los habitantes mestizos, criollos y españoles de La Paz durante el cerco, sino las razones de fondo que eran inequívocamente distintas a las razones que motivaron el proceso de la guerra de la independencia. Las ideas de los independentistas eran el liberalismo político y la construcción de ciudadanía, expresadas y buscadas por los intelectuales y guerreros de la gesta americana del primer cuarto del siglo XIX. Katari no reivindicaba en absoluto la construcción de un Estado republicano y ese el meollo de mi lectura; la diferencia conceptual entre los horizontes de 1781 y de 1809.

Sobre ciertas estructuras de poder y los matices
Los matices que García hace en torno a la concepción del poder en las estructuras políticas aymaras, inequívocamente autoritarias, podrían hacerse del mismo modo con relación a la Corona española, inequívocamente despótica, ante la realidad de instituciones como el Cabildo que no sólo atenuaban el poder real, sino que lo cuestionaron y estuvieron a punto de derribarlo (es el caso de los primeros años del reinado de Carlos I de España en tierras castellanas). El Cabildo, estructura democrática de la corona, fue tan importante en la visión horizontal de la sociedad, que se transformó en el germen jurídico-político de la revolución independentista, y que como institución fue adoptada a plenitud por los indígenas hasta el día de hoy.

Sobre el apellido del presidente

La mención del apellido de origen hispánico del presidente Evo Morales Ayma ha sido sacada de contexto por García. Ese apellido no es otra cosa que el resultado de un proceso de mestizaje cultural, solo un rasgo, ni el único ni el principal. Lo que subrayo en mi libro, por el contrario, es la formación de vida de Morales, su trayectoria en el Chapare, el uso del castellano como lengua principal a despecho del aymara y el quechua, su aprendizaje político en el sindicalismo, su ejercicio del mando muy poco vinculado a estructuras de complementariedad, el hecho de que su mentalidad esté muy fuertemente influida por una visión desarrollista europea, a las que suma –sin duda– valores y visiones de su origen indígena. Eso es lo que hace al Presidente un mestizo. Pueril es, en consecuencia, la lectura que hace García de mi texto (o quizás sea mejor decir: intencionalmente pueril).

Lo obvio: claro, el mestizaje no es “horizontal”
El error básico del ensayo de García es pretender que mi libro convierte al mestizaje en “angelical”, o que desconoce lo evidente: que la heterogeneidad es jerarquizada. Por supuesto que lo es, y por supuesto que se produjeron y se producen afirmaciones y negaciones, miradas excluyentes y miradas que no asumen la alteridad. Pero que eso convierta al mestizaje en un tipo de etnocidio implicaría presumir que el desarrollo inevitable de la humanidad en el camino de la mezcla merece –ya que García menciona una supuesta visión moralista de mi parte– una condena moral. ¿Condenar un hecho que ha construido una realidad distinta de la anterior, siempre producto de destrucciones y construcciones interminables en el devenir humano?

La perpetuación de las “dos repúblicas”
García yerra en su interpretación de mi tesis sobre los compartimentos estancos de la Constitución de 2009. El centro de mi razonamiento no es la ciudadanía. Es más, en el libro digo: “El arma más poderosa de la Constitución de 2009 fue comprender que la lectura radical del universalismo era una limitante en un momento histórico en el que había que remachar lo que el 52 formuló en la práctica con tanta lucidez: la visibilización de lo indígena. Ese imperativo obligaba a romper con la premisa clásica de la ciudadanía. El salto del Estado republicano al Estado Republicano Plurinacional cambió el eje sobre el que se asentaba la identidad colectiva… en el cuestionamiento de la ciudadanía como concepto monolítico” (128). El problema es otro: la construcción de dos mundos distintos, asumidos como tales por la cpe. Escojo un par de ejemplos, el más obvio es el de la justicia. Un salto cualitativo fundamental hubiese sido integrar elementos de ambos modelos en un vértice integrador. Mantener las dos rutas separadas y no articuladas adecuadamente muestra una forma de aceptación de que “la República de españoles y la República de indios” sigue vigente. Lo propio pasa con la caracterización diferenciada de derechos sobre los recursos naturales renovables en los que hay una preeminencia de las naciones indígenas sobre el resto de los bolivianos, preeminencia que no es consistente con derechos que por su naturaleza deben ser de beneficio común para todos.

Una incapacidad de comprensión

La debilidad esencial de García está en su incapacidad de comprender los procesos de agregación histórica y la insistencia en negar que la construcción identitaria de Bolivia pasa inexcusablemente por el periodo colonial y republicano. No se puede pretender, como de hecho pretende García, que los mecanismos que construyeron el mestizaje de la sociedad boliviana “desnaturalizaron” la esencia de nuestra “conciencia de sí”. Menos todavía presuponer que el reconocimiento pleno de los derechos del otro en su multiplicidad territorial, étnica y cultural sea excluyente de su propia transformación colectiva. Las naciones aymara, o quechua, o guaraní son hijas de ese proceso de transformación que llevó adelante el periodo colonial y la República. No es que la lengua o las creencias religiosas o las tradiciones definan de modo absoluto a un ser humano y su sentido de pertenencia, pero son esenciales a su totalidad como personas. Eso es el mestizaje.
Nunca creí que nuestra afirmación como personas se basara en la negación de los otros. La descalificación absoluta de una parte del pasado es un error de grandes dimensiones, por muchos que sean los adornos académicos con los que se vista o disfrace tal perspectiva equivocada de la historia.

* Ex Presidente de Bolivia

Fuente: nuevacronica.com

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