Gabriel García MárquezIniciosemana del 28 de ABRIL al 4 de MAYO

García Márquez, maestro de periodistas

gabo el clarin

-“Llámenme Gabo”. Gabriel García Márquez está sentado a mi izquierda, en la cabecera de una gran mesa en “U” con 12 periodistas llegados de toda Latinoamérica para hacer un curso de narración. Es abril, justo abril, de 1998 y estamos en uno de los magníficos salones del Museo de las Intervenciones, en Ciudad de México. Serán tres días consecutivos, en clases de cuatro horas cada día. Doce horas con el Nobel de Literatura, a solas, encerrados en el salón donde el maestro -eso era entonces y ésa era su aula-, había dado la orden de no interrumpirnos. Bromeamos con el número y la superstición. El maestro y sus doce discípulos. Trece. “Acaso tengamos esta noche nuestra última cena”, dijo alguien. Gabo abrió un cuaderno, se acomodó los lentes y comenzó, como si no hubiese escuchado. No preguntamos nada cuando al día siguiente, segunda clase, un asistente se sumó al grupo únicamente como espectador. Ahora ya éramos catorce. El realismo mágico se metía en nuestra clase.

El Nobel, el prócer de las letras, la estatua viviente, era ahora un profesor de Periodismo que gozaba más de los relatos ajenos que de los propios. Más que hablar, quería escucharnos. El manejo de las fuentes en nuestros países, la resolución de las notas, la elección de los títulos, de la “cabeza” de la noticia. Impacto sin golpes bajos. Interés, resolución, certeza, placer. ¿Placer? “No leerás nada que no te guste, que no te llegue, que no te impacte, ¿por qué deberías hacerlo? ”, nos decía. Y se apasionaba. Y nos azuzaba: “¿Quieres un lector? Pues gánatelo!”.

Ya nos consideraba sus alumnos y nos indicó que si alguna vez volviéramos a vernos sólo le dijéramos Gabo. Sería la señal, la contraseña de las clases compartidas. Y entonces iba al punto “Tienes que tomar al lector por las solapas, ¿entiendes? Zamarrearlo en el primer párrafo e ir soltándolo de a poco. Una vez que captaste su interés, se quedará”.

Para eso hay que elegir las palabras justas. Deben sonar como música, pero también contar, dar información, entretener. Otra de sus máximas, que jamás olvidé: “Nunca es lo mismo decir cien elefantes cruzaron la selva que decir: Noventa y nueve elefantes adultos y un elefantito recién nacido cruzaron la selva…”. La devoción por el detalle. Porque siempre ayuda a entender lo sucedido. Siempre.

Pasan las horas y el Nobel es Gabo de verdad. Un tipo que baja del pedestal para ponerse al alcance de la mano. Que ríe con nosotros y nos dice, al paso, “corríjanme si me equivoco” cuando se lanza tras otra encrucijada acerca del origen de las noticias, del enfoque, de la mirada que define.

Las máximas afloran como agua termal: “¿Tú trabajas en Policiales? Mira… siempre hay alguien que sabe lo que pasó, sólo hay que encontrarlo…” Ríe con el acento argentino, y destaca lo de nuestra yuvia, siempre haciendo ye de la elle, cuando para el resto de Latinoamérica es Iuvia. Le llama la atención, también, el uso de la “ch” en el Río de la Plata. “A los argentinos les encanta… Tal vez por el gaucho. Dicen muchacho morocho, lo que para nosotros es un joven moreno, ¿no?” Y vuelve a reír.

No hay ni asomo del malhumor de escritor consagrado que, nos dijeron, solía tener por aquellos días. No con nosotros, sus alumnos. Pasan entonces sus horas de periodista, las que jamás olvidó. Cuenta otra vez su obsesión con los Buendía, el clan interminable de su obra cumbre, y nos dice que debió reducir a la familia en un par de generaciones porque debía entregar el libro según lo pactado y necesitaba el dinero. Su mujer Mercedes economizaba el querosén de las lámparas para que él pudiera seguir escribiendo y terminar. Mandó entonces “Cien años de soledad” a Buenos Aires, la ciudad donde se editó, y cambió la vida y el mundo.

Ya en confianza, me atreví a preguntarle: “¿Se sorprendió con ese éxito? ¿Dijo algo así como “no puedo creer que me esté pasando esto a mí?”. Parecía un golpe de fortuna.

“Creo que no ¿sabes? Yo sabía muy bien lo que había escrito”, me contestó sonriente. Por aquellos días, se enorgullecía de ser “el escritor más robado en las librerías de Nueva York” y se divertía porque había dicho, en una charla entre amigos, que había que abolir definitivamente la ortografía para que la gente se sintiera “libre de su tiranía”. Pero el mundo lo tomó en serio y hubo hasta debates en la Real Academia de Madrid.

Jamás volvió a Buenos Aires. Había oído que, supersticioso como era, no lo hacía porque le habían dicho que podría morir acá. También se reía de eso. “Patrañas”, dijo, y mencionó que no estaría cómodo llegando con un gobierno ultraliberal como el que entonces encabezaba Menem. Tampoco vino después. Nunca más.

El último día, el maestro nos invitó a almorzar. Dos colegas y yo fuimos en su Nissan blanco, conducido por él mismo, hasta un restorán en las afueras del Distrito Federal. Recuerdo una casona con un hermoso jardín y mesas dispuestas sobre el césped, bajo el sol. Entre nosotros caminaban pavorreales. “Ahora sí, veamos qué tienen para mí”, nos dijo. Y todos sacamos los libros que le habíamos llevado para firmar. Le dije que, si no llevaba su firma en uno, mi mujer no me dejaría volver a casa y entonces puso, junto a una flor que él mismo dibujó a mano alzada: “Para Melania, para que Héctor pueda volver a casa”. Es un ejemplar de Relato de un náufrago. Tras el brindis con tequila y pulque, tomó mi antebrazo y el de una periodista venezolana que estaba del otro lado. Sin mirarnos, apenas murmuró: “No me gustan las despedidas. Disfruté mucho de que nos hubiésemos conocido”. Hizo un leve movimiento de cabeza hacia la puerta de entrada y dos asistentes vinieron hacia él y lo acompañaron hasta la salida. Nos quedamos en silencio y alguien dijo: “El sueño terminó”. No fue así durante todos estos años en que tratamos de aplicar el secreto de la escritura perfecta en cada nota. No importa que no lo consigamos jamás.

El sueño del maestro de periodistas hablando de periodismo con periodistas es un faro eterno que alumbra entre las olas cada vez que uno quiere mirarlo. No se apagará nunca. Ni siquiera hoy, con lo que duele la noticia.

Fuente: elclarin.com

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