ArtículosInicioManfredo Kempff Suárezsemana del 27 de OCTUBRE al 2 de NOVIEMBRE

LOS AÑOS DE BARRIENTOS

La personalidad del general René Barrientos, que hace medio siglo derrocó al Dr. Víctor Paz Estenssoro aprovechando en su favor el malestar que causó su propósito de prorrogarse en el poder, será discutida durante otros cincuenta años, hasta que todos los testigos en favor y en contra de él, estemos bajo tierra. Cuando vaguemos por ese mundo de silencio, serán los jóvenes que están naciendo hoy quienes, despojados de influencias y prejuicios, den su veredicto sobre ese hombre que, con su temperamento querido u odiado, marcó a fuego la vida boliviana aunque escasamente durante un lustro.

En este tiempo, Barrientos es mayoritariamente sinónimo de dictadura, de traición, de un militarismo populista condenable. Eso es rotundo para la gente del MNR, a quienes despojó de un poder que no quería soltar, y lo es para todo la zurdería nacional adoradora de la lucha armada y del Che Guevara. Sabemos que una decisión de Barrientos y su alto mando militar (Ovando y Torres), dispuso que al guerrillero prisionero se lo ejecutara en La Higuera. En esa decisión pesó de modo determinante la voluntad del presidente Barrientos. Fue un acto imperdonable a los ojos del mundo, pero sus razones tendría Barrientos para no quedarse con el Che en prisión si multitudes reclamarían por él  queriendo arrebatárselo. Si el proceso a Debray movilizó prensa y gobiernos, lo del Che hubiera sido insostenible.  Y el Che había venido a Bolivia a hacer la guerra, a matar o morir.

Existen otros muchos bolivianos que, sin embargo, le debieron al general Barrientos el derecho de haber retornado a Bolivia luego de doce años de exilio o de ser liberados de infames campos de concentración. Fueron muchos los desterrados por el MNR, militantes falangistas principalmente, que regresaron en 1964 desde Chile, Perú, Argentina, Brasil, donde hubieran tenido que quedarse cuatro años de destierro más, si no era por el golpe militar ejecutado por Barrientos y urdido por su peligroso aliado en la sombra: el general Ovando. Esa gente, la que estaba perseguida por el MNR, aunque muchos no lo dijeran, agradecieron el cambio en Bolivia. Fue un verdadero alivio.

La Revolución Restauradora de 1964 desembocó, luego del cogobierno Barrientos-Ovando, en las elecciones generales de 1966, donde Barrientos venció holgadamente. Sus adversarios descalificaron a esa Revolución Restauradora acusando al militar de haber restaurado el poder de la “rosca” minera anterior a 1952, lo que no era cierto. El general-aviador tenía muchas ambiciones y conocimientos políticos como para entregar en bandeja el poder a nadie.  Los ataques se producían debido a que, para ser elegido presidente constitucional,  conformó un frente de partidos calificados como de derecha, aunque sus siglas no lo señalaran así. Fueron sus aliados el Partido Social Demócrata, el Partido de Izquierda Revolucionaria, el Partido Revolucionario Auténtico y un partido creado por el propio Barrientos: el Movimiento Popular Cristiano.

De ahí surgió la Constitución de 1967, vigente con modificaciones hasta el 2009, pero que fue muy acertada para su tiempo. Entre otras muchas cosas importantes tuvo la sensatez de eliminar la reelección inmediata del presidente, que fue lo que le costó la caída al MNR al haberla incluido en el texto constitucional de 1961, con la idea de favorecer al Dr. Paz. Está visto que las burlas constitucionales y las prórrogas, al no permitir una opción democrática de relevo, no tienen otro destino que la expulsión del Palacio por la fuerza.

El general-aviador no era un recién llegado a la política cuando asumió el poder. Había pertenecido a las filas de MNR donde lucho con denuedo y había sido elegido en 1964 vicepresidente acompañando al Dr. Paz. Lo que sí era un militar, y por tanto no pertenecía al círculo de intelectuales movimientistas ni mucho menos. Pero lo que le sobraba era coraje, arrojo, e intuición. Con esas condiciones, nada despreciables en el control del poder, Barrientos montó el potro.

Es muy probable, sin embargo, que el general hubiera sucumbido también a la tentación de la prórroga. Su popularidad entre el campesinado y los indígenas era enorme – hablaba el quechua perfectamente – y asimismo entre las clases media y alta. Era comentario corriente que en cualquier momento se declararía dictador. La doctrina de “seguridad del Estado” empezaba a surgir en el continente cuando la Guerra Fría estaba en su apogeo. Con popularidad y mano dura, Barrientos pudo estar tentado en adueñarse del mando. Pero eso es una conjetura solamente porque el presidente se estrelló en un viejo helicóptero y ardió en su interior.

De momento sólo se puede decir que cortó la prórroga cesurable, luchó contra la invasión castrista, y permitió que muchos bolivianos pudieran regresar a sus hogares luego de largos años de exilio. Dentro de medio siglo, el 2064, seguramente que habrá en Bolivia una idea más cabal de lo aconteció en los intrincados años de Barrientos.

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