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¿Por qué criticar a Zavaleta?

Zavaleta es criticable porque es influyente, y es influyente porque su pensamiento expresa una de las ideologías generales del país, según Fernando Molina. IDEAS

Fernando Molina escritor y periodista

Partamos de la pregunta de «¿por qué criticar a Zavaleta?” A lo largo de su libro Una mirada crítica sobre la obra de René Zavaleta Mercado, H.C.F. Mansilla se la hace más de una vez, y responde de muchas maneras y desde diferentes perspectivas.

Un resumen podría ser que Zavaleta es criticable porque es influyente, y es influyente porque su pensamiento expresa, de una manera sin duda poderosa y artística, una de las dos grandes ideologías generales del país que, como bien dice Mansilla, está situada en algún punto intermedio entre el socialismo y el nacionalismo revolucionario, y que es «general” porque está impregnada en las prácticas políticas, jurídicas y educativas de la sociedad. En Zavaleta se critica, entonces, una expresión genial, es decir, individualísima, de esta «ideología dispersa” en la práctica social, y una expresión de las dos fuentes intelectuales que han modelado tal ideología a lo largo de las décadas: el nacionalismo y el marxismo.

Zavaleta piensa bien esta ideología y aplica con elegancia estas teorías, pero esta ideología y estas teorías no piensan bien la sociedad. ¿Por qué criticar a Zavaleta, entonces? Porque no piensa bien a Bolivia.
Su pensamiento adolece de las siguientes deficiencias:

a) No es un pensamiento democrático. Zavaleta justifica los medios violentos de obtención y uso del poder (del golpe de Estado a la insurrección) con tal de que sean, al mismo tiempo, medios de autodeterminación nacional-popular, esto es, permitan al país responder a sus propias necesidades e intereses, en lugar de actuar en función de «otros”. Zavaleta considera «otros” a la oligarquía y a los Estados Unidos, los que harían vivir al país una vida que el país no quiere tener, que lo enajenarían de su propio destino. No se trata de una mera elección, sino de una determinación histórica. Es la condición señorial de la oligarquía, esto es, su dominio de los indios como mano de obra barata y masa electoral (inseparable de su miedo a los indios rebeldes como una amenaza siempre presente de degüello), la que destina a ésta a ser una clase dirigente fracasada y traidora. En otras palabras, la oligarquía está condenada por su historia a actuar en contra de Bolivia y su pueblo.

Aunque Zavaleta no quiere sacar una conclusión darwinista de esta premisa, esto es, no propone la eliminación física de la oligarquía, su teoría exige la derrota absoluta de esta clase social, así como el simultáneo triunfo, sin restricciones, de la nación-pueblo-movimiento sindical, es decir, un juego de suma cero. Y esta «lógica de guerra” nada tiene que ver con la lógica democrática.

b) Es un pensamiento determinista. Aunque Zavaleta se esfuerza por superar el economicismo de la Segunda y la Tercera Internacional, que llevaba a los marxistas a explicar los fenómenos políticos por los cambios tecnológicos y productivos, y atribuía a los sujetos políticos la calidad limitada de instrumentos de las necesidades económicas, todavía sigue siendo un autor determinista, esto es, menosprecia el papel de la razón y la voluntad en la vida social. Tanto los individuos como las clases, y por tanto el país mismo, están, para Zavaleta, definidos por sus «momentos constitutivos” o momentos de formación histórica, es decir, por su genealogía. Zavaleta es un historicista extremo que hace depender del pasado casi cada aspecto del presente, concretamente, de las condiciones de su aparición. Por ejemplo, según él, el carácter tumultuoso de la sociedad civil y la índole fragmentaria del Estado se deben a la aparición, durante la Guerra de la Independencia, de «republiquetas” o pequeños países desgajados de cualquier control central, en los que además gobernaban las masas armadas.

El determinismo de Zavaleta posee siempre una índole histórica. Por tanto, el escritor no toma en cuenta otros factores determinantes como la geografía, el patrón extractivista de desarrollo o la presencia de recursos naturales -en el sentido en el que la trata la teoría de la enfermedad holandesa, por ejemplo-.
Puesto que el destino de un país está trazado de antemano por sus «momentos constitutivos”, y puesto que durante dichos momentos, sin duda, actuaron potencias extranjeras con las que entonces se establecieron relaciones de distinto tipo (Chile, frente a Inglaterra, de complicidad; Bolivia, en cambio, de subordinación), entonces el país está determinado, a través de la historia, por dichas relaciones y, en última instancia, por las potencias mismas. Esta es la versión zavaletiana del esquema marxista tradicional que contrasta «semicolonias” e imperialismo. Al igual que este esquema, el de Zavaleta presenta la imagen de un país heterónomo, que no depende de sí mismo, sino de las decisiones metropolitanas, aunque en este caso su dependencia no se deba a razones económicas o militares, sino históricas. Se trata entonces de una representación más flexible, que por eso permite explicar la diversidad entre los vínculos de unos y otros países «semicoloniales” con los países centrales; permite explicar por qué los vínculos de Chile son tan diferentes a los de Bolivia, para seguir el mismo ejemplo. Sin embargo, la versión sigue siendo esencialista: si la capacidad de decisión de cada país está fijada por su pasado, no puede modificarse más que por medio de cataclismos sociales (nuevos momentos constitutivos que reviertan lo dado por la historia), lo que confirma la necesidad de la violencia.

c) Es un pensamiento populista. Zavaleta cree que la única fuerza capaz de cambiar la «programación” histórica del país, es decir, de abrir un espacio libre de las constricciones históricas que se han señalado (de generar un «momento constitutivo”), es el movimiento nacional-popular, son las clases que se oponen a la oligarquía -y justamente porque se oponen a ella–. Las clases nacional-populares trastornan la orientación del flujo histórico -de otra manera previsiblemente deprimente- produciendo una crisis. Investigar los alcances de esta crisis es imprescindible para conocer lo que emergerá de ella: el nuevo orden de las determinaciones sobre las clases y sobre el destino final de la nación; es la única vía, por tanto, para dar un conocimiento acertado sobre el país. Aquí emerge la célebre epistemología zavaletiana de la crisis como modo de conocimiento.

En todo caso, esta confianza extrema en el pueblo, y en especial en la acción revolucionaria y violenta del pueblo para transformar la sociedad, indica una tendencia populista en un pensamiento que así, según dice Mansilla, se torna más emocional que racional. Alguna vez escribí que Zavaleta no fue un científico social, sino un profeta y un moralista. El fondo de su obra es profético: cuenta la historia adversa al pueblo boliviano, la que le ha sido contraria y la que ha probado la resistencia de éste y su capacidad para revertir las dificultades. Pero la adversidad desaparecerá cuando el pueblo, mesiánicamente, encuentre la manera de poner la historia de su lado. En la medida en que es posible que haga esto, se trata de un pueblo elegido, pero que todavía no lo sabe completamente. Se educará en la historia al enfrentarla y transformarla. No de manera académica, por tanto, sino práctica.

En la medida en que la profecía se realice, la historia cambiará. En la medida en que la historia cambie, el pueblo se salvará. La profecía, entonces, es una profecía de salvación por la historia, y Zavaleta la debe al nacionalismo revolucionario. En cambio, la teoría del conocimiento por medio de la práctica histórica o «filosofía de la praxis”, la tomó de Gramsci. A esta altura, ambas son posiciones teóricas ampliamente criticadas y refutadas, lo que no impide que, como señala Mansilla, sigan despertando el fervor de determinados intelectuales que necesitan, desesperadamente, de una doctrina consoladora que divinice la historia para que ésta se convierta en la solución de todas sus incertidumbres sobre la sociedad.

Fuente: paginasiete.bo

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