ArtículosInicioMarcelo Ostria Trigosemana del 7 de SEPTIEMBRE al 13 de SEPTIEMBRE

Popularidad y democracia

En países en los que el Estado de Derecho está vigente, al final de un período constitucional se presenta como opción una de las bases fundamentales de la democracia: la alternancia de líderes y partidos. Hasta aquí, esto es generalmente aceptado como razonable y, por supuesto, tiene validez. Pero qué sucede cuando antes del término de un período constitucional, el gobernante y su partido han caído en las preferencias ciudadanas y ya no representan a la mayoría de los ciudadanos. ¿Es democrático un gobierno, ya minoritario, que intenta seguir imponiendo políticas rechazadas por el pueblo?

Winston S. Churchill afirmó: «Nadie pretende que la democracia sea perfecta u omnisciente. En verdad, se ha dicho que es la peor forma de gobierno, excepto todas las demás formas que han sido probadas en su oportunidad». Esta imperfección se hace mayormente perceptible cuando los jefes de Estado y los gobiernos pierden apoyo popular. Esto sucede en América Latina, según encuestas confiables.

La agobiada presidente de Brasil, Dilma Rousseff, es apoyada por poco menos del 8 % de brasileños, y una mayoría perceptible propician su salida del gobierno. Es sugerente que el propio vicepresidente brasileño, Michel Temer, haya sostenido públicamente «Nadie va a resistir tres años y medio más con este índice tan bajo de popularidad. Si la economía mejora, puede volver a un nivel razonable. Pero si ella [por Dilma] continúa con un 7 u 8% de popularidad será muy difícil».

Hay más: La presidente de Chile, Michelle Bachelet, en la última encuesta «registró una histórica baja aprobación: 24%. Esto contrasta con el 54% con el que comenzó su mandato y con el inédito 62% con el que triunfó en la última elección». (La Tercera, Santiago, 05.09.2014).

Se afirma con razón que el ejercicio del poder desgasta a los líderes y a los partidos oficialistas, y que son pocos –si los hay– los mandatarios que conservan el apoyo mayoritario de sus conciudadanos mientras siguen como gobernantes. Esta es una de las debilidades de la democracia y, ciertamente, es tarea de todos encontrar fórmulas razonables para superarla. En verdad hay mecanismos en varios países para propiciar referendos revocatorios pero hay fundadas sospechas de que esos procesos electorales están distorsionados por el fraude y la intimidación.

Aunque no se alcance lo ideal, las elecciones periódicas, libres, justas, transparentes y con la intervención de los partidos políticos, constituyen, por un tiempo, la medida de la confianza ciudadana.

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