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CHILE ANTE LA DEMANDA DE BOLIVIA: ¿CÓMO ACTUAR A FUTURO?

Por Sergio Bitar.

«No tiene sentido entonces aceptar, sin replicar diplomática y políticamente, que Bolivia continúe en difundir la tesis de que Chile ha sido renuente a negociar, ni menos atribuir los fracasos a Chile…»

Nuestras relaciones exteriores deben pensarse con mirada larga, teniendo en cuenta la nueva relación de poder mundial y su futuro. Lo mismo vale para nuestra política hacia Bolivia.

En lo inmediato, mientras se litiga en la Corte de La Haya, no cabe allanarse a una negociación paralela. El Presidente de Bolivia pretende prolongar su permanencia en el poder y ha recurrido el antagonismo con Chile para lograrlo. Por ello, pienso que en este período se ha esfumado la posibilidad de negociar de buena fe el tema marítimo.

Sin embargo, si pensamos en nuestros intereses estratégicos, después del fallo de la Corte Internacional de Justicia, debemos levantar la mirada y prepararnos para una negociación.

Los pronunciamientos de dicha Corte deben ser evaluados, entonces, a la luz de lo que consideremos debe ser nuestro objetivo estratégico. A mi juicio, ese objetivo es alcanzar una fórmula negociada. Sobre esa materia existen diferencias y deberemos alcanzar primero mayor convergencia interna respecto de lo que serían las condiciones para tal negociación.

La negociación ha sido una constante histórica de nuestra política exterior. Desde el fin de la Guerra del Pacífico, sucesivos gobiernos chilenos lo han intentado, de Santa María a Bachelet, pasando por González Videla, Pinochet y Lagos. La propuesta que más se avanzó se plasmó entre Pinochet y Banzer en 1975. Creo que fue bien pensada (compensación territorial, entre otras condiciones). Esa propuesta sigue latente, y sin duda será una de las materias que tendrá en vista la Corte al resolver sobre el litigio.

Si las tratativas no fructificaron, en buena parte se debió a la debilidad política de Bolivia y a la renuencia del Perú. No tiene sentido entonces aceptar, sin replicar diplomática y políticamente, que Bolivia continúe en difundir la tesis de que Chile ha sido renuente a negociar, ni menos atribuir los fracasos a Chile. Esta percepción internacional adversa a Chile debe ser revertida. La Corte deberá apreciar esta realidad histórica y la situación generada por el tratado de 1929, que involucra al Perú.

Los alegatos que vienen se referirán a los intentos de negociación y sus implicaciones.

Si en un fallo final, en varios años más, la Corte instare a proseguir negociaciones, se abrirá la puerta para que países y organizaciones internacionales opinen en el mismo sentido. El tema podría adquirir un cariz multilateral. Y la responsabilidad mayor sería asignada al más fuerte de los dos, Chile. Debemos prepararnos para este escenario.

Desde esta perspectiva, constituiría un error amenazar con el abandono del Pacto de Bogotá, develaría desconfianza en nuestros argumentos e iría a contrapelo de nuestra tradición jurídica internacional, la defensa de los tratados y la solución pacífica de los conflictos. Nos debilitaría internacionalmente, con nulos efectos prácticos respecto del juicio actual en La Haya, y tampoco podría contener nuevas demandas que pudieran presentarse durante un año después de una eventual renuncia a ese pacto.

Tengo la convicción de que sabremos hallar una fórmula negociada satisfactoria para ambos. Si atisbamos las oportunidades del mundo que viene, como explico en mi libro «Chile, Bolivia, Perú. Un futuro común» (Santillana, 2011), las oportunidades para Chile son significativas. Seguiremos siendo vecinos por siempre, nuestros lazos no pueden sino aumentar, Bolivia ha crecido y afianzado en población y base productiva; el mundo por venir exigirá más unidad latinoamericana. Los intereses de Chile en la región demandan un papel coordinador, armonizador y unitario. De los recursos potenciales en el centro de Sudamérica no pueden quedar marginados los intereses chilenos. El posicionamiento estratégico de Chile en la relación de Asia con America Latina potencia también una política de proyección al Pacífico desde Chile para toda la región, conectados con Brasil y Argentina, vinculándonos a ambos océanos y también a través de Bolivia, prosiguiendo una convergencia entre la Alianza del Pacífico y el Mercosur. Nuestra presencia en el naciente TPP es otro factor a tomar en cuenta.

Una salida a futuro requiere de un nuevo diseño por parte de Chile, con claridad de largo plazo. Nos conviene anticipar.

EL MERCURIO, Santiago de Chile, martes 13 de octubre de 2015.

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