ArtículosInicioMarcelo Ostria Trigosemana del 29 de FEBRERO al 6 de MARZO

Y no vino la calma…

Una contienda electoral frecuentemente exacerba las pasiones. Y, cuando termina, hay veces que los rescoldos perduran. Entonces es que, junto a la satisfacción de los triunfadores, se pone en evidencia la frustración de los derrotados, aunque sepan que nada en política es definitivo: es el corsi e ricorsi, o sea «los vaivenes y avatares, los meandros del transcurrir de la historia». (Justino Fernández López en  Hispanoteca).

Napoleón Bonaparte decía: «La victoria tiene cien padres y la derrota es huérfana». Y, ahora, sucede que la derrota del intento prorroguista es huérfano. En efecto, la desazón de la facción perdidosa se empeña en buscar razones ajenas a sus errores y culpas que impulsaron a los ciudadanos a votar por el No. Los que perdieron atribuyen su derrota a la guerra sucia opositora desatada en las redes sociales, concretamente en Facebook y Twitter. Y ya se amenaza con regular la participación ciudadana en dichas redes sociales, con la intención de castigar a los ‘díscolos’ que se atrevan a disentir con el pensamiento y la conducta oficial. Igual que en Cuba y en Corea del Norte.

No se trata de que sea difícil o no regular la participación de los ciudadanos en las redes sociales. Lo que importa es que la intención se orienta a restringir la libertad de expresión en este moderno medio de comunicación. La UNESCO “reconoce que internet encierra un enorme potencial para el desarrollo” y que “el principio de la libertad de expresión no se debe aplicar únicamente a los medios de comunicación tradicionales, sino también a internet y a todas las plataformas de comunicación de reciente aparición”.

Tomar venganza por la derrota contra las redes sociales —que ya son decisivas para las reivindicaciones democráticas— no guarda relación con el propósito tan esgrimido por el oficialismo de que no había que temer a la expresión del pueblo en el referendo del 21 de febrero.

Estas reacciones y la resistencia a admitir las verdaderas causas de la derrota, muestran que, luego de la confrontación, se resisten a reconocer que el pueblo cambió. Sigue la estridencia junto a las amenazas. No se repara en lo nocivo que es que se niegue lo que es evidente: la opinión ciudadana ya es otra, y ello no es manejable por el poder político. En definitiva, parecería que para algunos —especialmente para quienes perdieron— la pugna electoral no ha terminado; es decir, no vino la calma que debe seguir al acatamiento democrático a una decisión proveniente del voto de los ciudadanos.

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