InicioManfredo Kempff Suárezsemana del 9 de MAYO al 15 de MAYO

AMALIA Y LA RECONCILIACIÓN

La izquierda guerrillera y la derecha cuartelera tuvieron que entrar en cintura cuando los izquierdistas se dieron cuenta de que no llegarían al poder a través de las armas y los derechistas se convencieron de la inutilidad de continuar alentado a los militares a que salieran de sus cuarteles y pegaran tiros para detener al comunismo. El comunismo, era, después del gobierno de facto del general Banzer, una muletilla cada vez menos creíble.

Pasados los enfrentamientos contra la guerrilla del Che en los tupidos lomeríos de Vallegrande, terminada la aventura suicida de Teoponte, y dispersados violentamente los utópicos protagonistas de la Asamblea del Pueblo en 1971, el foquismo izquierdista se fue apagando porque la relación de fuerzas no le permitía el acceso al poder por medio de las Kalashnikov. La utopía de la Revolución continuaría viva, seguramente, porque no es cosa de olvidar ideales y muertos, pero estaba claro que había que buscar la convivencia entrando en el juego democrático, es decir acordando reglas claras con el adversario.

Amalia Decker, una chiquilla comprometida con la lucha armada por los años 70, nos ha entregado hace algún tiempo una novela que cuenta sin tapujos lo que fue el ELN, cómo actuaba, cuáles las tareas, cuáles los compromisos personales dentro del grupo, y cuán dolorosas las decepciones. En “Mamá, cuéntame otra vez”, Amalia traza lo que tal vez sea el testimonio más duro y conmovedor que hemos leído sobre la insurgencia en Bolivia, el más frustrante testimonio de quienes creyeron llegar a la cubanización del país. Cuando embrujaba a las juventudes la Cuba de Fidel con todo su verbo iracundo y del Che con  su martirio revolucionario como escapulario de fe. Era la Cuba que se enfrentaba al “imperio” y que absorbía a una buena parte de la intelectualidad latinoamericana, desde escritores hasta sacerdotes.

“Mamá, cuéntame otra vez” es un libro escrito con dolor o por lo menos con una nostalgia llena de tristeza. No puede ser de otro modo si Camila – personaje central e hilo conductor – dentro de una gran ignorancia de los sangrientos hechos ocurridos en los años de lucha, cuando no había nacido aún, va obteniendo datos, atando cabos de las conversaciones  y confidencias de muchas mujeres, esposas o novias, de juramentados combatientes de la violencia revolucionaria, o protagonistas corajudas ellas mismas.

El propósito de no hablar sobre un pasado doloroso, el mutismo en que caen todos los ultrajados del mundo deseosos de escapar de los malos recuerdos, hicieron que la joven Camila de la novela armara una suerte de terapia entre las amigas de su madre – todas tenían algo que contar de la represión – y que se fueran soltando poco a poco y narraran sobre sus angustias, sus amores y ausencias en la clandestinidad, y cómo la desventura política les destrozó la familia y les transformó la vida. El balance, luego de tanto sacrifico, resultó miserable, sórdido, con escasas compensaciones.

Amores desbocados en París donde brota el erotismo por todas partes; viajes a La Habana apasionante, pobre y amedrentada, erótica también, con personajes espléndidos, que enamoran; magníficas descripciones sobre la transparente belleza fría de La Paz, nos muestran a una autora consagrada, como Amalia, que ya nos entusiasmó con sus dos anteriores novelas. Vi a Amalia en Santa Cruz, en una noche memorable, tórrida, llena de público anhelante por saber de la obra y de la autora. Y me di cuenta de que novelas como esta valen la pena, no sólo por su alto valor literario, sino por lo que dicen, por lo que transmiten.

Mucho se criticó la aproximación entre el mirismo de Paz Zamora y la derecha de Banzer. Sin mencionarlo explícitamente, Amalia Decker deja en evidencia de que al pactar ambos jefes se cerró una época de odios políticos y que recién fue posible construir una democracia sana, que sobrevive pese a las amenazas de la impostura actual. Un libro intenso que hay que leer.

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