ArtículosIniciosemana del 27 de JUNIO al 3 de JULIOWinston Estremadoiro

La vida de aquí a 50 años

Un amigo me avisó de noticias futuristas, aconsejando cavilar en cómo reorganizar nuestras vidas. “A mí qué me importa, si en 50 años los gusanos se habrán comido mi cadáver”, pensé. Entonces recordé que yo mismo insisto en escribir para el futuro, porque nadie da bola a los agoreros del presente. No juzgo ni deseo mal a nadie, pero desde 2001 alerto sobre el peligro de mandamases corruptos y prorroguistas. Sin embargo, que los hijos y nietos míos y de mis compatriotas se anoticien sobre innovaciones futuras.

Así la solución de problemas bolivianos venga de afuera (algo que he sostenido en el pasado), es entretenido entretejer lo venidero con la idiosincrasia nuestra. Las innovaciones tecnológicas alcanzan a los rincones del mundo por la revolución de las comunicaciones, pero para su total aprovechamiento dependen del grado de cultura. No la que todos tenemos, sino aquella adquirida con la formación educativa.

Por ejemplo, el celular ha dado origen a gentes que miran a través de pantallitas. ¿Para qué pagan entradas si se la pasan absortos? No hombre, toman fotos. Las cámaras digitales sumaron miles de pixeles desde 1975 y ahora pelean en costo y calidad con la Nikon. Sus grabadoras crearon reporteros ciudadanos, no sin antes mandar al desván de recuerdos a fotógrafos de trípode y caja de las plazas –y a una Kodak que en 1998 tenía 180.000 empleados y controlaba el 85 por ciento de las fotos en el mundo.

Dicen que el software cambiará al mundo en los próximos cinco a diez años. No lo creo. Más bien ahondará la brecha entre países avanzados, progresistas y retrógrados. Peor aún, la desigualdad persistirá entre ellos y dentro de ellos.

Miren al estudio fotográfico, que prolifera en urbes pero no tanto en poblados más humildes. En países ricos son cosa de una cámara inteligente y una computadora con software de “paintshop” que hasta hace lindos a los feos. Tengo en archivo de la computadora miles de fotos que ni miro: preferible era el álbum de fotos desteñidas y las tertulias de abuelas mostrando a los críos, chocolate caliente en mano. En los países avanzados los niños son educados en el manejo de la computadora desde bebés; ¿será que los “Kipus” que regala el Gobierno harán dar un salto tecnológico a los Yuquis, si ni siquiera maestros urbanos dominan un paquete de software? Y se precisan varios para nuevas formas de enseñar.

Fíjense en los libros: un procesador de textos, la revisión del mismo por software, un transcriptor y ¡pum!, a la edición de un número de ejemplares que podrá de ir de menos a más según la demanda de los lectores, en una impresora láser cada vez más diminuta y barata. ¿Para qué comprar el libro, si puedes encontrarlo en versión PDF en la Internet, o en lectores portátiles con otras mil obras más?

¡Ay!, la música; yo que conocí victrolas de cucurucho, tengo tres tocadiscos, dos centenares de discos de vinilo, viví la brevísima época del “8-track” y poseo un cajón lleno de casetes. Me regalaron un Smartphone y no sé qué escuchar de centenas de entradas de jazz, clásica y popular, que un joven amigo me grabó.

En los países desarrollados el software rendirá obsoletas varias profesiones. Dicen que programas proveen asesoramiento legal con exactitud del 90 por ciento; los humanos solo llegan al 70 por ciento. ¿Habrá menos abogados en el futuro, y los “abogánsters” de nuestro país sólo embaucarán a simplones del campo? No lo creo. Al menos los juristas tendrán que especializarse, lo que previamente requiere que sean letrados y diestros en el manejo de software.

También la medicina se innovará. Antes que atosiguen hospitales, los médicos percibirán síntomas en pulseras en la muñeca de pacientes, haciendo innecesario desvestir a las guapas y sacar la lengua a las viejas. Gracias a la nanotecnología, artilugios diminutos anularán células dañinas en las entrañas. También las enfermeras están en la mira, salvo quizá para poner enemas e inyecciones. En los países retrógrados los yatiris seguirán leyendo en coca, quemando fetos de llamas y “curando” con brebajes.

En 2030, dicen, las computadoras serán más inteligentes que los humanos. No es novedad en el país, donde hace tiempo los mandamases son malos para gobernar por el bien público, pero diestros para negociados. En 50 años los autos serán cosa del pasado, porque llamarás uno por celular y cobrará solo por tramo recorrido. Las casas estarán seguras con cámaras y robots vigilantes; sus techos tendrán pilas de energía solar barata para calentar, iluminar y energizar. Eso será en Suiza, dirá alguno a pesar de las ilusiones de un impostor: en el país bloquearían micreros panzones y ladrones juntados en caco-sindicatos.

Insisto en dividir el mundo en países avanzados, progresistas y retrógrados. Los primeros van adelante: Japón dedica 3.3 por ciento de su PIB a investigar y desarrollar. Los segundos tratan de emular: Brasil invierte 0.9 por ciento. Bolivia ni está listada; dicen que dedica el 0.3 por ciento. Sin embargo, las estadísticas son sesgadas: no son lo mismo más de 12.000 millones de dólares del 3.3 por ciento del PIB de Japón, que las migajas nacionales. Aunque la economía haya crecido 5.5 por ciento respecto de 2013.

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