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11 de septiembre: esperanza y horror

Se había programado que el 11 de septiembre de 2001, en el pleno de la Asamblea General Extraordinaria de la Organización de los Estados Americanos, reunida en Lima, se suscribiría un documento trascendental: la Carta Democrática Interamericana. Se cumplía así un proceso de meses de elaboración, desde que en la Cumbre de las Américas de Quebec, Canadá, se encomendara al Consejo Permanente de la Organización la preparación del proyecto de Carta, como lo había propuesto el primer ministro peruano, Javier Pérez de Cuéllar. Se trataba de un valioso instrumento que permitiría la acción colectiva de los países del continente en los casos de quiebra del orden democrático.

Llegó el día. Y antes de la reunión, se dio la terrible noticia: terroristas secuestraron cuatro aviones comerciales en Estados Unidos; dos los estrellaron contra las torres del World Trade Center de Nueva York, otro impactó en un costado del edificio del Pentágono en Virginia, y el cuarto cayó antes de llegar a su destino: probablemente el Congreso, en Washington, o la propia Casa Blanca.

El número de víctimas fue de casi 3.000, casi tantos como las sufridas en el ataque japonés a Pearl Harbor en 1941, que marcó la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Esta vez nadie pedía guerra; no había país a castigar. El enemigo era escurridizo y poco visible. Ciertamente los servicios de inteligencia no habían detectado los planes de los terroristas que, inclusive, se habían entrenado como pilotos en escuelas de aviación en Estados Unidos.

Se cerró la Asamblea General, los embajadores ante la OEA y los funcionarios de la Secretaría General de la Organización retornaron, luego de varios días de espera a que se reanuden los vuelos, a la sede de sus funciones: la capital norteamericana. La ciudad de Washington estaba tensa y sus ciudadanos y los del área metropolitana, en señal de duelo y de patriotismo, embanderaron sus casas.

Pasaron ya quince años. La organización terrorista que se atribuyó el atentado se fue debilitando; otros tomaron el liderazgo terrorista para una nueva guerra. Ya no en Estados Unidos, sino en una Europa menos prevenida. Mientras tanto, surgieron los populismos, algunos claramente amigados con los terroristas, y no hesitaron –y persisten– en quebrar el orden democrático, confiados en que la Carta aprobada en Lima ya no se les aplicará.

Recordamos, ahora, un horrible acto terrorista y, también, un loable intento de preservar las libertades democráticas.

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