ArtículosIniciosemana del 10 de OCTUBRE al 16 de OCTUBRESusana Seleme Antelo

A 34 años, vivimos para contar la historia

Aquel 10 de octubre de 1982, Bolivia vivió unos de los más gloriosos días de los que tenía memoria hasta entonces: la derrota del militarismo dictatorial que sojuzgó a Bolivia y a su gente durante 18 años.

 Tras esos tiempos de lucha, exilios, cárceles, torturas y muertes, recuperamos la democracia como convivencia entre diferentes, bajo el principio de libertad y justicia en paz para todos,  sin distinción alguna.

Quienes vivimos aquel día, los anteriores cuajados de esperanzas y los que vendrían luego, tuvimos el privilegio de ver coronados los esfuerzos de la generación de la democracia.

Sentimos que habíamos tomado “el cielo por asalto”, no con balas ni enfrentamientos, sino con ideas, con propuestas,  diálogos, reuniones abiertas y otras clandestinas,  para llegar a acuerdos y pactos. Fue un conjunto de voluntades para recuperar el Estado de Derecho, el respeto a los Derechos Humanos y la dignidad ciudadana. Fueron días de júbilo que mitigaron la tristeza por la ausencia de quienes  ya no estaban.

¿Qué pasaba en el ocaso del ciclo militar-dictatorial? La Bolivia de carne y hueso se reconoció, se movilizó, se unió, marchó con el signo de los nuevos tiempos, se enfrentó al poder militar con firmeza y argumentos; sembró y compartió las ganas y los sueños de un país sin dictadura.  Por eso Bolivia toda se  hizo militante de la democracia.  Y ‘hemos vivido para contarlo’ -como dijera Gabriel García Márquez-  a las nuevas generaciones y para recordárselo a quienes  lo han olvidado.

La transición del régimen militar-dictatorial al democrático no fue de un día para otro, ni fue fácil. Hubo “tantas idas y venidas”,  como dice la cueca, pero no se nos ‘gastaron los zapatos’, ni las ideas, ni las ganas de recuperarla a pesar de las dificultades, las trabas y los sacrificios. Era lo que quería la sociedad civil y las fuerzas políticas asumieron ese deseo-mandato.

El tiempo de júbilo, después del 10 octubre de 1982, se enfrentó con una realidad compleja y una economía más compleja aún. El sistema político y las tantas expresiones de clases y sectores de clase, empezaron a sucumbir en sus propias contradicciones. No fue la democracia la que se equivocó. Se equivocaron quienes optaron por la “democracia de mercado”, como pensaba Joseph Schumpeter. Es decir, que la actividad política encubre intereses personales o partidistas, que relegan al ciudadano al poco democrático papel de votante-consumidor de promesas populistas y demagogas, que se incumplen sistemática e impunemente.  Como hacen Evo Morales y el MAS.

Por todo eso, y mucho más, hoy debemos recordar con respeto al Dr. Hernán Siles Suazo, el presidente de la democracia recuperada. El permitió que se expresaran en libertad diversas visiones del mundo, luego de 18 años de mordaza militar. Cumplió con el país, para luego irse de Bolivia y morir lejos,  envuelto en la invariable ingratitud boliviana.

La misma ingratitud que hubo y hay hacia dirigentes y militantes de partidos políticos, a los propios partidos políticos como instituciones democráticas, y hacia algunos militares patriotas.  Ellos supieron ver los  horizontes de la democracia y a ella apostaron sus esfuerzos, desvelos y sus vidas.

Y debemos recordar el 10 de octubre de 1982 como la reconquista de la democracia y el Derecho en la “trama más original de la civilización y de la libertad modernas: su carácter jurídico”, según Umberto Cerroni. Es decir,  la conquista de la justicia en libertad, para que el Estado y el gobierno cumplan su función protectora de la ciudadanía.

Después de aquel 10 de octubre pudimos caminar un tiempo “sin el testamento bajo el brazo” como amenazara un cruel ex  ministro.  Dijimos, hablamos, opinamos, escribimos, deliberamos, criticamos y actuamos durante algunos años.

En aquellas luchas están escritos los genes de la democracia. Sin ellas,  Bolivia no hubiera vivido casi 25 años, más allá de sus luces y sombras, un tiempo democrático. Los últimos 10, de los 34, corresponden  del régimen de Evo Morales, en los que la democracia y los demócratas hemos vivido peligrosamente, bajo la amenaza de las guillotinas judiciales solo por pensar diferente. Los hechos lo atestiguan: se ha eliminado la pluralidad política,  se ha desmantelado la institucionalidad de los órganos del Estado, así como  la transparencia y rendición de cuentas, mientras la corrupción le quita a la salud y la educación los recursos que piden a gritos los sectores  sociales más necesitados. Desde el santuario cocalero-corporativo de Chapare se cultiva la hoja de coca, materia prima de la cocaína y se la fabrica sin pausa, pero con prisa. Es el poder  del narcotráfico, ya con rebalse de las  FARC.

Merced a la politización de la justica, o judicialización de la política, hoy campea la represión a dirigentes políticos, autoridades, presos y exiliados políticos que discrepan del pensamiento oficial que se pretende único. Amén del insulto y el acoso a medios de comunicación y a periodistas independientes como Carlos Valverde, Humberto Vacaflor, Amalia Pando, Raúl Peñaranda y  otros.

De ahí que hoy recojamos las hilachas que quedan: una democracia vapuleada por la simple ‘democracia método’: el voto y la democracia de mercado, una democracia secuestrada por un autoritarismo populista-corporativo que va contra la diversidad, como síntesis de múltiples determinaciones. También en detrimento de su lema ‘originario-indígena campesino’. ¿Dónde quedó la visibilización de los pueblos indígenas y las 36 naciones originarias?

Mis respetos a la democracia y a quienes la conquistaron el 10 de octubre de 1982. Para recuperarla, volvamos a reconocernos en la diversidad, a unirnos, trabajar juntos, dialogar, llegar a acuerdos para  hacer respetar el mandato del 21 de febrero  que dijo NO a la re-re-reelección de Morales-García Linera.

Compartamos y multipliquemos las ganas y los sueños para recuperar una República de Bolivia democrática. Esa historia deberá escribirse antes, durante y después de  las elecciones de 2019. Y también para que haya quienes vivan para contarlo.

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