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CONECTADOS EN EL MUNDO

Por una idea cabal de ciudadanía
Enrique Fernández García

El auténtico problema consiste en eliminar del poder a quienes lo buscan únicamente por el gusto del poder.

Albert Jacquard

Hoy, sin dificultad, gracias a los esfuerzos reflexivos y, además, por desgracia, un cierto talento para embaucar al prójimo, hallamos numerosas teorías sobre política. Desde tiempos antiguos, hubo personas que analizaron sus diferentes aspectos, tanto conceptuales como prácticos, suscitando debates al respecto. Por supuesto, no creamos que todas esas gimnasias del intelecto carecieron de trascendencia; es más, en muchos momentos, provocaron consecuencias tan prácticas cuanto terribles. Suponer que, en estas disputas públicas, las ideas tienen un valor secundario es una equivocación. No obstante, puede ocurrir que, debido a tantas especulaciones, dejemos de lado lo esencial. Me refiero al ejercicio del poder, lo cual implica que se hable también acerca de la relación entre quienes mandan y obedecen. En otras palabras, este vínculo de naturaleza política es el que hace posible nuestro acercamiento a una cuestión fundamental, la ciudadanía, sin cuya comprensión peligra toda convivencia razonable.

En 2004, el profesor Derek Heater publicó Ciudadanía. Una breve historia. Es un libro que, con claridad, explica cómo ha variado la concepción de tal idea en las distintas épocas. Conforme a su criterio, hubo tres tipos de relación ciudadana, estando cada uno ligado a un determinado régimen político. Un primer vínculo sería el que fue establecido con una persona en particular, sea tirano, autócrata, déspota o, contemporáneamente, caudillo. En este contexto, su mando no podía ser susceptible de cuestionamiento ni, menos aún, desacato. Por otro lado, tenemos el lazo que se instaura con un grupo. En este caso, acompañando las grandes revoluciones del siglo XVIII, se presenta como protagonista a la nación. Siguiendo esta lógica, deberíamos someternos a dictados que provengan de su autoridad. Por último, resultándonos más familiar, hallamos la relación que se fija con el Estado. Aludo aquí a los nexos que nacen por la voluntad de participar en un proyecto social con el cual estemos conformes.

Entre las virtudes que servirían para distinguir al ciudadano, cabe resaltar la lealtad. Conforme a la última concepción que tocamos arriba, aquélla relacionada con el Estado, esta fidelidad se traduciría en el respeto a las normas vigentes. De este modo, todas las órdenes y prohibiciones que sean establecidas para regir a quienes componen la sociedad deberían motivar nuestro sometimiento. Consiguientemente, los ciudadanos ejemplares serían aquellos que cumplen todo lo dispuesto por ley. Desde su óptica, el orden social tiene que ser objeto del respaldo más invariable. Pero este comportamiento, que puede parecer meritorio, pues nos distancia del caos y las inestabilidades anárquicas, cuenta con riesgos de importancia. Pasa que, si reducimos la ciudadanía a una sumisión plena al sistema normativo, nuestra conducta puede servir para convalidar injusticias. Porque, pese a tener una validez formal, hay disposiciones que, con su ejecución, pueden afectar valores, principios e ideales merced a los cuales la convivencia humana se vuelve aceptable.

En su análisis de la desobediencia civil, Hannah Arendt escribe sobre una clasificación que debemos tener presente: buenos ciudadanos y hombres buenos. Bajo la primera categoría, encontramos a sujetos que, ante todo, procuran cumplir con cada mandato establecido por las autoridades. Ellos pueden, en algún momento, albergar dudas en torno a la justicia de las decisiones gubernamentales; empero, al final, priorizan el obedecimiento. Fue lo que sucedió con Sócrates. Este baluarte de la filosofía propició que cuantiosos individuos formularan críticas, pusieran en cuestión diversas creencias, desencadenando inquietudes entre quienes representaban al poder. Por esta razón, utilizando argumentos insostenibles, se le inició un juicio, obteniendo su condena. Dado que tanto el proceso como la sentencia resultaban racional y moralmente inadmisibles, se propuso a Sócrates llevar a cabo su fuga. El maestro de Platón se opuso. Su principal alegato fue que no podía causar una injusticia, es decir, traicionar a las leyes, menoscabar el sistema. En síntesis, ese glorioso pensador prefirió ser un ciudadano ejemplar antes que, por razones éticas, el desencadenante del desorden.

A diferencia del buen ciudadano, el hombre bueno condiciona cualquier acatamiento al respeto que merezcan sus convicciones éticas. De manera que, si hubiere normas contrarias a esas posturas, indispensables para entender su noción del bien, no habría sino una respuesta contestataria. Es lo que pasó con Thoreau y otros individuos cuando se opusieron al cumplimiento de la ley porque entendían su observancia como un hecho injusto. Así, de forma oportuna, se rechazó la guerra, el esclavismo, las discriminaciones, etcétera. Es verdad que necesitamos de normas comunes; sin embargo, su dictación debe ser sometida a crítica. La ciudadanía exige, por ende, que asumamos esta labor. Obviamente, al plantear esas objeciones, conviene relegar los caprichos y reivindicar la razón.

No se puede apartar la ciudadanía del conocimiento ni, peor todavía, de las limitaciones morales. Siguiendo este lineamiento, en una ponencia del año 1955, Leo Strauss asoció los conceptos de ciencia, civismo y humanismo. En efecto, para evitar que la creciente especialización científica sea nociva, impidiendo una comprensión de la totalidad, pues no habría conexiones interdisicplinarias, él juzgaba necesario regresar al punto de vista general del ciudadano. Esto implica recordar que la sociedad tiene objetivos mayores, capaces de conformar un panorama del cual no corresponde evadirse. A esta relación científico-social, importante para prevenir y resolver de mejor modo los problemas colectivos, se añade un elemento ético. No olvidemos que, allende las diferencias de situación, tiempo y espacio, existe una noción común, imprescindible para tener un orden decente: la dignidad humana. Porque no debe haber comunidad, sociedad o Estado que se levante contra esta cualidad.


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