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CONECTADOS EN EL MUNDO

De la condenable sacralización del libro
Enrique Fernández García

En el caso de las lecturas, esa oposición binaria se traduce siempre, por una parte, en un conjunto de enunciados represivos y por otra en otro conjunto de enunciados de carácter creativo, a veces educativo, de verdadero adoctrinamiento: prohibir lo nocivo y promover lo útil.

Robert Bonfil

Hay que temer al hombre de un solo libro. Tomás de Aquino lo dijo hace mucho tiempo; por desventura, pese a su acierto, la idea no ha sido considerada como correspondería. No me refiero a las personas que, durante toda la vida, se dedican a escribir una sola obra, un volumen capaz de reflejar sus más diversas ideas. En su caso, el lanzamiento de un texto, breve o extenso, puede resultar suficiente. Porque no todos tienen el talento y la disciplina requeridos para contribuir varias veces al enriquecimiento de las letras. El problema no se presenta debido a esa limitada producción; los inconvenientes surgen cuando alguien opta por alimentarse exclusivamente de sus páginas. Así, en cualquier campo del conocimiento, un individuo puede suponer que toda pregunta hallaría respuesta gracias a ese título. Por consiguiente, abandona la condición de lector y se convierte en fanático.

No es difícil traer a la memoria las innumerables barbaridades y retrocesos de los libros que han sido presentados como divinos. No desconozco que, desde la Biblia hasta el Corán, cuentan con enseñanzas favorables a nuestra convivencia. Solamente quien se deja dominar por prejuicios radicales, impidiendo lecturas razonables, podría negar la existencia de algunos postulados sensatos. Sin embargo, la historia nos muestra que no han sido esas partes, signadas por una mayor prudencia, las predilectas entre quienes encumbran tales escritos. Sea como fuere, la regla es que se prefiera su exclusividad, menospreciando cualquier idea o cuestionamiento al respecto. No es una exageración sostener que la tolerancia se instaura entre los feligreses sólo cuando su religión pierde poder. Puede entonces consentirse el examen de otras opciones, incluyendo aquéllas que se creían perjudiciales, demoniacas.

En la era de las religiones políticas, no faltaron los libros que buscaban sustituir a la palabra divina. Según el criterio del régimen vigente, era la única fuente de sabiduría, imprescindible para justificar decisiones y pulverizar disidencias. La izquierda tiene diferentes ejemplos que ilustran esta reflexión. En efecto, con Karl Marx y El capital, los partidarios del igualitarismo ya no precisan a Dios ni tampoco, la Biblia. Esos tres tomos contendrían todas las explicaciones que se necesitan para entender la marcha del mundo. Es cierto que nos topamos con distintos intérpretes, algunos tan extravagantes cuanto difícilmente leales a la obra original; empero, jamás niegan su autoridad suprema. Cabe acotar que hubo quienes se animaron a ocupar un sitial de honor, elevando su propia creación. Aludo al Libro rojo, de Mao, el Libro verde, compuesto por ese tirano apellidado Gadafi, entre otras invenciones disparatadas.

Existe otra divinización que me resulta molesta. Sé que a los amantes del Derecho les puede causar fastidio; no obstante, el encumbramiento de la Constitución me parece criticable. Suponer que una ley servirá para cambiar nuestra vida, resolviendo los problemas fundamentales de un país, evidencia únicamente ingenuidad. Aunque haya gente que lo piense así, no es un instrumento mágico ni, menos todavía, una obra incuestionable. Como todo lo realizado por los hombres, admite mejoras, al igual que modificaciones profundas. No se concluya que soy una suerte de militante del anarquismo, enemigo de las leyes y el poder público. Admito el valor de tener una norma suprema para organizarnos con cierta cordura. Mi oposición aparece cuando alguien cree que todo se reduce a su respeto.


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