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CONECTADOS EN EL MUNDO

Revolución e infelicidad filosófica
Enrique Fernández García

Que sean precisamente seres libres, destinados a la razón y la moralidad, los que combatan la razón y pongan sus fuerzas al servicio de la sinrazón y el vicio, tampoco ha de perturbarme ni hacerme caer en la indignación y la exasperación.

Fichte

Conforme a lo expresado por Bertrand Russell, la felicidad puede ser concebida como una carencia de cosas que se desean. Lo normal es que la resignación frente a esta insuficiencia no sea sencilla. La cuestión se torna más compleja cuando quien debe reconocerla, desencadenando luego las consecuentes frustraciones, cree que sus virtudes son supremas, por lo que las limitaciones serían inaceptables. Es posible que, afectados por conocimientos inexactos, supersticiones o cualquier otra causa, los demás sujetos deban rendirse ante tal destino. Para estos hombres sin altura, acostumbrados a lo cotidiano, nada sería más razonable que admitir la imposibilidad de alcanzar alguna cumbre. Empero, la situación es distinta cuando pensamos en un revolucionario. En este último caso, la sola mención de que algo es inalcanzable puede producir indignación. No habría nada que se halle fuera del campo en el cual actúa; bajo su égida, la realidad jamás se convertirá en un obstáculo para ser feliz a cabalidad.

Toda revolución parte del conocimiento de una injusticia y, además, su correspondiente repulsa. Los que la protagonizan se enteran de una situación que contradice sus más profundas convicciones, dejándolos en un dilema: la complicidad o el cambio radical. La segunda opción surge porque no se trataría de un elemento accidental; en realidad, todo el sistema estaría también mancillado, envilecido. Las modificaciones de carácter parcial resultarían inadmisibles. Lo que se busca es un escenario inaudito, una sociedad en la cual ningún agravio vuelva a presentarse. Por supuesto, para lograr este cometido, desde Robespierre hasta Lenin, se ha invocado la razón. Si la inteligencia permitió que numerosas adversidades fuesen abatidas, debería servirnos para conseguir esa transformación. La desgracia es que ellos no tomaron en cuenta nuestras inseparables imperfecciones. No bastaba con haber leído El contrato social, engullido a Karl Marx o predicado cotidianamente las enseñanzas bíblicas: sus semejantes podían proceder de modo diferente. Es más, los futuros beneficiarios de su obra podrían querer un hado en el que nadie los obligase a ser impecables.

El entusiasmo del pensador

Insatisfechos con la vida teórica, varios filósofos se ilusionaron cuando alguna revolución llegó a su puerto. Pusieron entonces su ingenio, así como el malabarismo verbal, a disposición de quienes anunciaban la salvación del mundo. Ya conocían del fracaso de Platón en Siracusa; asimismo, entendían que, por distintos factores, las injusticias nunca desaparecerían del orbe. Mas no concebían la modesta idea de Amartya Sen, para quien debemos limitarnos a enfrentar las injusticias concretas, procurar su mitigación, siendo lo demás utópico. No, su pretensión era superior. Se perseguía la conclusión de cualquier conflicto. Imperaba la creencia de que las ideas servirían para iluminar al prójimo y resolver toda desavenencia. Esto último significa terminar con la política, que es esencialmente conflictiva, tal como lo han precisado Simmel y Weber, entre otros individuos. La diversidad humana nos conduce, aunque no lo queramos, a tener criterios distintos, más aún en los asuntos relacionados con el poder. Aspirar a que esto finalice con la consagración de una gran e inmaculada verdad, bendecida por autores afines al proceso, es un peligroso despropósito.

Revolución y reacción

En una entrevista de 1968, Louis Althusser sostuvo que la filosofía era fundamentalmente política. Esto implica que reconozcamos la existencia de, por lo menos, una disputa en torno al poder. En nuestro enfoque, la pugna se daría entre quienes promueven el cambio y los que prefieren la preservación del pasado. Así, de manera sintética, puede hablarse de revolucionarios y reaccionarios, pese a la injusta carga negativa del segundo grupo. Pensemos en Francia. Pasa que la Revolución de 1789 mereció los elogios de Paine, quien defendió los derechos del hombre con gran entusiasmo. No obstante, en esa misma época, Edmund Burke tomó la palabra para cuestionar el régimen galo, pues ya podía generar preocupaciones sobre su desenvolvimiento. Este pensador británico preveía que, aunque adornado con seductoras palabras, el régimen no invitaba a tener ningún tipo de esperanza. La violencia puesta en práctica por el jacobinismo respaldaría después el análisis que se hizo desde Inglaterra. Por cierto, destaco a los intelectuales que se han opuesto a esa clase de experimentos. Ellos se sitúan del lado más complejo, menos popular: representan la salvaguarda del orden que, según se proclama, debe ser liquidado. Con todo, al final, han prevalecido los criterios que celebraban esas transformaciones radicales.

El espíritu contra la razón

Pero esa inclinación revolucionaria no fue siempre una consecuencia del ejercicio de la razón. Uno puede haber explotado su intelecto para elaborar toda una genealogía de los problemas que aquejan a la sociedad donde vive, asumiendo una función tan cuestionadora cuanto incesante; sin embargo, en algún momento, el criterio usado en ese cometido puede cambiar. Es lo que sucedió con Michel Foucault, quien, después de haber criticado el carácter disciplinario del mundo occidental, con sus instituciones excluyentes, opresivas, quedó cautivado por la espiritualidad de una teocracia. El autor de Vigilar y castigar no tuvo problemas en elogiar al ayatollah Jomeini. Su Revolución islámica, de 1979, era positiva porque introducía espiritualidad en la política. No importaban las severas restricciones a la libertad ni, peor todavía, el hecho de remitirnos al Corán para terminar con nuestras dudas en torno a variados problemas, sean privados o públicos. Tampoco le perturbaba la situación de las mujeres u homosexuales que hubiesen querido vivir como él, es decir, sin temor a que su sexualidad fuese penalizada. Todos estos aspectos eran irrelevantes; el filósofo pensaba en que, a la postre, esa sociedad irracional sería perfecta, acabando con sus desdichas intelectuales. En cuanto a las minorías excluidas, los marginados que le habían preocupado antes, su sacrificio podía valer la pena.


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