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El Ejército Rojo de la extinta Unión Soviética
Marcelo Ostria Trigo

Capítulo del libro “Un siglo para juzgar – Reflexiones acerca del centenario de la Revolución de Octubre” | Instituto de Ciencias, Economía, Educación y Salud (ICEES). Santa Cruz de la  Sierra, 2017.

Generalmente se coincide en que el papel esencial de las fuerzas armadas de un país es la defensa de la soberanía y de la integridad social de la Nación. En efecto, la misión primordial e ideal de las fuerzas armadas es intervenir cuando la seguridad de su nación está en peligro o amenazada.

Sin embargo, también cuenta el hecho de que el papel de las fuerzas militares varía según el signo político prevaleciente en un país. Este fue el caso —hubo y aún hay otros— de la creación y la posterior misión asignada al llamado Ejército Rojo en la extinta Unión Soviética, cuya tarea inicial fue enfrentar al Ejército Blanco, formado por fuerzas nacionalistas contrarrevolucionarias rusas, en muchos casos pro-zaristas que, tras la Revolución de Octubre de 1917, lucharon contra el régimen comunista. Luego vendría la acción de defensa y posteriormente  la de expansión territorial.

1. Los comisarios políticos en el Ejército Rojo.

Aleksandr Kerensky, cuando fue Ministro de Defensa del gobierno que sucedió a la monarquía zarista en 1917 —luego asumiría la jefatura del nuevo régimen—, vio la necesidad de establecer un sistema para vigilar y mantener la disciplina en el Ejercito Imperial que, poco a poco, se desmoronaba.  Comprendía que  el ejército era imprescindible para mantener el orden social y para evitar un posible contragolpe de Estado. Para cumplir esa función, ideó un cuerpo de comisarios. Cuando Kerensky fue derrocado durante la Revolución de Octubre, el cuerpo de comisarios fue mantenido con el mismo propósito original.

Sin embargo, también cuenta el hecho de que el papel de las fuerzas militares varía según el signo político prevaleciente en un país. Los bolcheviques, en efecto, también vieron la necesidad de controlar al nuevo ejército, con un cuerpo de comisarios, pues había el mismo temor de Kerenski: que el nuevo ejército se convierta en una amenaza para el nuevo gobierno, especialmente para el Partido bolchevique. De esta manera fueron designados comisarios políticos desde el batallón hasta los más altos niveles de la jerarquía militar, junto a cada comandante fue designado un comisario político. Esta doble autoridad, ocasionaría que las decisiones castrenses, estuvieran influidas decisivamente por “personas con limitado o ningún entrenamiento militar”. En efecto, los comisarios eran seleccionados entre los miembros del Partido Comunista.

2. El objetivo: la expansión territorial de la Unión Soviética.

i. La guerra con Finlandia.

Vencido el Ejército Blanco en la guerra civil que siguió a la revolución de octubre, y sofocados los intentos de restauración de la monarquía, el Ejército Rojo  asumió que su tarea sería expandir cada vez más los límites de la Unión Soviética, de acuerdo con el objetivo del internacionalismo comunista de establecer la Gran Patria Socialista Universal. Esto explicaría la aventura de la guerra desatada por el Ejército Rojo contra la pequeña Finlandia en 1939.

Luego de la consolidación interna del régimen soviético, el nuevo régimen se empeñó en fortalecer su capacidad militar. Ya en  1933 la Unión Soviética fabricaba 3.000 tanques al año y, un año antes, el Ejército Rojo contaba con la primera gran unidad acorazada del mundo y adiestraba a unidades paracaidistas de élite. En ese tiempo, el ejército soviético disponía de seis tipos de carros de combate: BT-2, BT-5, T-26, T-35, T-37 y T-38 y los sofisticados blindados T-34  y KV-1. La aviación contaba con bombarderos TB-3 y DB-3 de gran radio de acción y con cazas I-17 que se habían empleado  en la Guerra Civil Española. A partir de 1939, la Unión Soviética produjo una nueva serie de aviones más modernos, como los cazas Lagg-3, Mig-1, Mig-3 y los bombarderos bimotores Pe-2 Además de los tanques y aviones, las investigaciones soviéticas desarrollaron la artillería, y las fuerzas aerotransportadas, inventando también un arma novedosa que pronto seria famosa: el lanzacohetes múltiple “Katiuska”.

Estos pertrechos, seguramente dieron confianza al régimen para intentar una expansión territorial a costa de Finlandia. El 26 de noviembre de 1939, el Ejército Rojo disparó su artillería contra la pequeña villa rusa de Mainila, situada al norte de San Petersburgo, y culpó a Finlandia por el ataque que supuestamente habría causado pérdidas militares y civiles. El gobierno soviético utilizó este incidente como excusa para iniciar la invasión de Finlandia cuatro días después, o sea, tres meses después del inicio de la Segunda Guerra Mundial. Como consecuencia, la URSS fue expulsada de la Sociedad de Naciones el 14 de diciembre. Stalin ya había esperado conquistar el país entero para finales del año, pero la resistencia finlandesa frustró a las fuerzas soviéticas, quienes superaban en número a los fineses en tres a uno. Finlandia aguantó hasta marzo de 1940, cuando se firmó un tratado de paz cediendo cerca del 10% del territorio finés y el 20% de su capacidad industrial a la Unión Soviética.

ii. Final de la guerra

El conflicto terminó con una gran frustración en los soviéticos.

Para enero de 1940 la Unión Soviética había desplazado más de 700.000 soldados en el frente, mientras Finlandia se defendía con unos 180.000 hombres.  La guerra duró 105 días. Finlandia tuvo 25.000 muertos, mientras la Unión Soviética sufrió 250.000 bajas fatales.  A propósito, Raiino Kurtii, veterano finlandés, que fue uno de los encargados de enterrar a los soviéticos caídos, contó: “sólo le entregamos 350 cuerpos a la URSS porque ellos dijeron que ese fue su número oficial de muertos”.

Markko Seppanen, director del Museo Raatenportti de Suomussalmi afirma: “Ganó Finlandia, porque si  hubiera perdido habría sido ocupada por los soviéticos y habría sido como Estonia que aceptó las peticiones de Stalin y fue ocupada, visto de este modo Finlandia ganó y conservó su independencia”.

3. El Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial.

i) El pacto alemán-soviético.

Los acuerdos suscritos entre Alemania y la URSS -se los conoce como Pacto Ribbentrop-Molotov, tenían dos objetivos: El acuerdo económico de 19 de agosto de 1939, que estipulaba que Alemania entregaría productos manufacturados a cambio de materia prima soviética y el del  23 de agosto, por el que ambos signatarios convinieron en la no agresión entre ellas durante diez años.

Se afirma que estos pactos permitieron que Alemania atacara Polonia el 1 de septiembre de 1939, pues se había alejado la posibilidad de la intervención soviética. Así comenzó la Segunda Guerra Mundial.

Junto al pacto de no agresión del 23 de agosto, ambas partes suscribieron un protocolo secreto que establecía la división de Polonia y el resto de Europa oriental entre los soviéticos y alemanes. Y, en el verano de 1940, siguiendo ese plan, el ejército soviético ocupó y anexó la parte oriental de Polonia y, con la indulgencia alemana, ocupó e incorporo  a la URSS los estados bálticos y tomó las provincias rumanas de Bukovina del norte y Bessarabia. Este reparto respondía a los designios de la Unión  Soviética de expandirse territorialmente e imponer el comunismo más allá de sus fronteras, y para la Alemania nazi su “espacio vital”.

ii) La invasión de la Alemania nazi a la Unión Soviética

Los nazis y, en especial Adolfo Hitler, siempre consideraron  el pacto alemán-soviético de no agresión del 24 de agosto de 1939 como una maniobra táctica y temporal. Por ello, el 22 de junio de 1941, las fuerzas alemanas invadieron la Unión Soviética.

El Ejército Rojo había tenido una amarga experiencia. Pese a su superioridad en número de efectivos y de material de guerra, no pudieron doblegar a los finlandeses, fracasando en el empeño de repetir lo conseguido con los países del Báltico, Lituania, Estonia y Letonia; es decir,  convertirla  en una república socialista de la Unión Soviética. En el primer momento de la guerra poco pudieron hacer ante el empuje alemán.

Pero Alemania ya tenía otro frente. Aún combatía en el Norte de África y enfrentaba a las fuerzas guerrilleras en Francia y las que comandaba en Yugoslavia el Mariscal Tito. Esto hacía importante para las naciones aliadas una resistencia más efectiva del Ejército Rojo.

iii. La cooperación de Estados Unidos a la Unión Soviética en la guerra: El programa de préstamos y arriendos.

Estados Unidos, ya había enviado ayuda —limitada hasta entonces— a la Gran Bretaña, pertrechos bélicos y otros elementos, pese a que aún no había entrado en la guerra. Luego,  por acuerdo del  Congreso en Washington aprobó en marzo de 1941 el programa Préstamos y Arriendos, consistente en la provisión de material bélico y otros elementos al Reino Unido, la Unión Soviética, China, Francia y otras naciones aliadas.

La ayuda  estadounidense a la Unión Soviética para hacer frente a las fuerzas invasoras alemanas, según expertos militares, hizo posible que el Ejército Rojo defienda ciudades importantes, evitando su caída. Este fue el caso de Stalingrado. Los pertrechos inicialmente entregados al Ejército Rojo fueron: 22.000 vehículos, 2.795 tanques, 1960 aviones, 527.000 toneladas de municiones, 44.500 toneladas de combustible. Luego, únicamente en material móvil, fueron unos 700.000 camiones, 5.000 jeeps, 35.000 motocicletas y 8.000 tractores de artillería,  2.000 locomotoras, 11.000 vagones -adaptado todo al ancho de las vías soviéticas-, 300.000 teléfonos de campaña, 5.000 radares y estaciones de comunicación por radio. En el plano económico, los expertos insisten en que el envío de materias primas fue esencial para el esfuerzo de guerra ruso: 1.200.000 toneladas de acero, 1.700.000 de aluminio, 103.000 de caucho, 50.000 de cuero e importantes cantidades de materiales no ferrosos (estaño, níquel, plomo, zinc), sin los que no era posible mantener una economía de guerra.

Los éxitos alemanes en el verano de 1941, privaron a los soviéticos de su principal despensa alimenticia. También, en este caso, la ayuda aliada fue primordial para asegurar el aprovisionamiento de la población y el Ejército con 4.500.000 toneladas de diversos productos alimentarios (harina, carne y azúcar sobre todo).

Finalmente, Alemania exhausta, empantanada en el muy crudo invierno ruso de 1945 y con dos frentes de guerra, se desmoronó, y el Ejército Rojo llegó triunfante a Berlín.

4. El Ejército Rojo y la Guerra Fría.

El resultado de la Segunda Guerra Mundial, con el Ejército Rojo triunfante en las calles de Berlín,  ofreció un panorama propicio para la política expansionista soviética. Pero no podía pensarse, en el nuevo contexto internacional de la posguerra, una política expansionista exitosa sin una fuerza armada poderosa y amenazante.

Los mayores éxitos soviéticos en este campo: la capacidad de producir armas nucleares y el desarrollo de misiles capaces de destruir ciudades y aún países, además de contar con aliados, los países comunistas de Europa Oriental, para contar con un poder militar capaz de dominar el mundo, con el fin de lograr la soñada  Patria Universal Socialista con la URSS como el centro rector. Esto dio lugar, finalizada la Segunda Guerra Mundial, a un “enfrentamiento político, económico, social, militar, informativo, científico y deportivo entre el llamado bloque Occidental, liderado por Estados Unidos (alianza establecida por el Tratado de la Organización del Atlántico Norte — OTAN), y el bloque del Este (oriental-comunista), alianza del Pacto de Varsovia, liderado por la Unión Soviética”.

Uno de los objetivos soviéticos siempre fue la dominación mundial, apoyando con provisiones y asesoramiento militar en conflictos internos (en la guerra civil  griega, por ejemplo) y, si se daban las condiciones, con el empleo de sus fuerzas armadas. Esto se puso en evidencia en el conflicto de Corea, con la dotación al régimen comunista de Pyongyang de armamento soviético,  ejemplo, con aviones de guerra MIG. Lo mismo se repitió en la guerra de Vietnam.

El empeño de los líderes soviético de conservar la unidad de su bloque aún con el empleo de las armas, se puso en evidencia con la invasión del  Ejército Rojo a Hungría en 1956, para evitar el giro político hacia la democracia que proponía el líder magyar Imre Nagyy.  Otro episodio que ratificó la intención soviética de retener aliados, aún con el empleo del Ejército Rojo, fue la intervención en Checoslovaquia durante la llamada “La primavera de Praga” en 1968, cuando el líder Alexander Dubček, se proponía  la  liberalización política del país.

Pero el episodio más peligroso de la guerra fría, que amenazó con desatar un conflicto armado directo entre las dos superpotencias cabezas de bloque, fue el emplazamiento de misiles soviéticos en Cuba por personal del Ejército Rojo, capaces de alcanzar ciudades estadounidenses, alterando el equilibrio entre los dos bloques; equilibrio  que fue uno de los factores que evitaba una nueva guerra generalizada. Al final, se impuso la sensatez, y los soviéticos, pese a la oposición de Fidel Castro, retiraron los misiles emplazados en la isla.

5. Los últimos episodios: La intervención y retirada del Ejército Rojo de Afganistán y el       derrumbe de la Unión Soviética.

La política expansionista soviética, comenzó a rendir frutos una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, cuando las tropas de Ejército R9jo habían ocupado en Europa a casi todos los países que tenían fronteras con la URSS, exceptuando Finlandia. Se trataba de establecer un colchón de seguridad. En esa época, en el frente asiático, las tropas de Mao TseTung, luchaban contra el gobierno nacionalista, a las que vencieron en 1949, lo que aseguró, en ese tiempo -la situación después variaría-,  otro régimen comunista en un país fronterizo. Pero la situación en el Medio Oriente no era la misma, pese a que había logrado influir decisivamente en Egipto, Irak y Siria. Estaban Turquía —nunca los soviéticos lograron neutralizarla—, Irán y Afganistán. Irán se convertiría en una teocracia, muy difícil de dominar. Quedaba, entonces, la opción afgana.

En abril de 1978, luego de una revolución, se hizo del poder el partido comunista afgano, denominado Partido Popular de Afganistán. El gobierno comunista, encabezado por Nur Mohammad Taraki, fue radical en sus propósitos de cambio en el país: eliminación de la usura, inició  una campaña de alfabetización en la que se incluyó a las mujeres, reforma agraria, prohibición del cultivo del opio, legalización de los sindicatos y, lo que creó mayor resistencia: se otorgó la igualdad de derechos a la mujer (llegando éstas incluso al Parlamento). El Estado pasó a ser laico. Era previsible, entonces, que habría oposición férrea, especialmente en las áreas rurales, donde el gobierno no tenía respaldo mayoritario. Las reformas eran tan audaces para la realidad afgana,   que la propia Unión Soviética pidió a Taraki moderación en las reformas. Pero ya se había iniciado en 25 de las 28 provincias del país la rebelión armada.

Lo anterior precipitó un cambio: El 14 de septiembre de 1979 Hafizullah Amín, líder de otra facción del PDPA, asesinó a Taraki y dio un golpe de estado. El nuevo gobierno pretendió anular las reformas de su predecesor, alejarse de la órbita de la URSS y acercárse a los Estados Unidos. Esto provocó la furia del Kremlin que,  decido a no perder influencia, lanza el 27 de diciembre de 1979 a dos grupos especiales de la KGB a que entren en acción; asesinan a Hafizullah Amin. Al día siguiente, ingresan al país divisiones regulares del Ejército Rojo, tomando el control de las principales ciudades y puntos estratégicos del país.

“La guerra había comenzado y pese al buen comienzo la situación no tardaría en deteriorarse; sin darse cuenta la Unión Soviética había creado su propio Vietnam, había invadido un país para defender al gobierno de un partido comunista minoritario y existente solo en las grandes ciudades. Frente a ellos se alzaba la mayoría de las tribus que componían el pueblo afgano, en especial las tribus que habitaban las zonas rurales, amantes del modo de vida tradicional y profundamente creyentes en el Islam”. (Marco Antonio Martin García. “La intervención soviética en Afganistán,  1979-1989”,  18.06.2011).

Al fin —ya se ha afirmado esto—,  la Unión Soviética tuvo su propio Vietnam. No contó que en esta aventura expansionista el Ejército Rojo se iba a enfrentar a la mayoría de las tribus que componían el pueblo afgano. Estas, estaban altamente motivadas, pues veían en el gobierno comunista, un peligro para su fe.

La guerra de Afganistán costó a la URSS 12.000 muertos (9.530 en combate), 50.000 heridos o enfermos y la pérdida de 400 tanques, 300 helicópteros y casi mil transportes de tropas (BMR y BMD). Pero el mayor daño fue moral: la derrota de un ejército —el Rojo—, que se preciaba hasta entonces de ser invencible.

Se afirma que la retirada de Afganistán del Ejército Rojo fue una de las causas para que, luego, Gorbachov recibiera apoyo popular —e inclusive de los militares entonces desmoralizados—,  a su política reformista expuesta en la Perestroika y el Glasnost. Luego vino el derrumbe de la URSS y la independencia de sus componentes.

Epílogo

Caído el imperio soviético, se observa una creciente presencia internacional de Rusia, liderada por el ex integrante de la KGB Vladimir Putín,  en los problemas y  crisis en varias regiones,  como la intervención del ejército ruso en el Medio Oriente, en especial en la guerra civil siria, lo que supondría renovadas intenciones expansionistas o de influencia política. También esto ocurrió con la violenta anexión rusa de la península de Crimea en 2014, a expensas de Ucrania.


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