ArtículosEnrique Fernández GarcíaIndexsemana del 11 de DICIEMBRE al 17 de DICIEMBRE del 2017

La pedagógica vida de Roa Bastos

Los temas de este gran autor hispánico son el yo y el otro, el destino individual y el destino histórico visto como destino compartido.
Carlos Fuentes

Para Sartre, un hombre no es sino la suma de sus actos. Podríamos añadir ideas, así como ensueños o incluso pasiones, puesto que son igualmente necesarios para definirnos. No obstante, entre todos estos factores, el peso de la experiencia es mayor. Porque los hechos que una persona realiza son indispensables para su entendimiento. Se trata de una reflexión que puede ser empleada en cualquier caso, aun cuando nos topemos con quienes sienten predilección por las ficciones.

Si, más allá de los razonamientos personales, son nuestras vivencias las que sirven para definirnos, todo autor debe ser sometido a este escrutinio. Sucede que, en estos casos, encontraremos a sujetos capaces de forjar una obra en la cual sus experiencias tendrán preponderancia. Esto no quiere decir que se desprecie su capacidad imaginativa. Subrayo apenas el necesario valor que se debe conceder a estos acontecimientos individuales cuando procuramos la comprensión de una obra. Es lo que corresponde al pensar, por ejemplo, en André Malraux, cuya vida casi se volvió una leyenda, y Augusto Roa Bastos, poeta, novelista, ensayista, dramaturgo, nacido hace poco más de 100 años, el 13 de junio de 1917.

Entre letras y violencia

Aunque asunceño, Roa Bastos vivió parte de su infancia en Iturbe, abandonando esa población el año 1925, cuando ya no podía continuar allí su educación. Una vez llegado a la capital, es guiado y protegido por un tío que era religioso, el monseñor Hermenegildo Roa. Este familiar fue muy valioso, ya que le permitió tomar conocimiento de diferentes libros, sin imponerle ninguna censura, nutriendo una preferencia por las letras que surgió gracias a su madre. Apunto que su primer texto fue una pieza teatral, La carcajada, compuesta por inquietud de su progenitora en 1930.

Pero el placer de los libros y otras actividades culturales fue interrumpido por la violencia. Contando dieciséis años, optó por ir a la Guerra del Chaco. Según él, estuvo en el peor lugar posible: la retaguardia. Fue aceptado como auxiliar de enfermería. En ese puesto, la grandeza de los hombres mostraba sus miserias. Es que, como pasaba con varias personas, los combatientes podían ser impulsados por el móvil de alcanzar la gloria; sin embargo, a veces, el destino era demasiado mezquino. No se tenía a míticos guerreros; él trataba con simples mortales, afectados por el cansancio, las enfermedades y, peor aún, una impactante sed. Tal como lo han precisado escritores bolivianos, destacándose Augusto Céspedes y su cuento «El pozo», ese fue un descomunal enemigo para los dos bandos. Nuestro autor lo expone, de modo magistral, en un capítulo de Hijo de hombre, novela del año 1960. Respecto a conflagraciones, acoto que, en la Segunda Guerra Mundial, viajó a Europa en condición de periodista, llegando a publicar un libro que recoge sus impresiones y entrevistas, La Inglaterra que yo vi.

Las huidas del terror

Desde la primera juventud, nuestro escritor no tuvo problemas en el establecimiento de vínculos sociales. Era un hombre que no rehuía esos círculos, más aún literarios, tanto nacionales como cosmopolitas. En Paraguay, integró el grupo Vy’a raity. Llegó a ser amigo de Guillermo Francovich, entre otros intelectuales que se hallaban en su país. A propósito, en 1943, comentó un libro, Pachamama, que había sido escrito por ese filósofo. Con todo, sus labores no estaban exentas de repercusiones políticas. No era un panfletista ni mucho menos; ejercía el periodismo de forma responsable, objetiva, lo cual no agradó al régmen vigente. Por esta razón, para evitar mayores represalias, tuvo que salir al extranjero en 1947. Se afincó en Argentina. Comenzaría así un largo periodo de ausencia, con pocas interrupciones, que terminaría cuando, casi medio siglo después, volvió a residir donde había nacido.

El aumento de su prestigio internacional le permite algunas satisfacciones. Vuelve a Paraguay en 1970, pero, por no variar sus opiniones, se impone nuevamente la salida. Lo sindicaron de ser un revolucionario marxista. Por cierto, como pasó con muchos intelectuales de la época, Roa Bastos leyó a Marx y Freud. En este punto, acentúo la coincidencia con Erich Fromm, quien se preocupó por propugnar un humanismo que, así sea de manera indirecta, tiene en los libros del autor paraguayo a un lúcido exponente. Cabe aclarar que, si bien no se reconocía como intelectual comprometido, preconizó la imposibilidad de vivir sin ideología.

1974 será un año significativo, pues aparecerá Yo el Supremo, una obra que discurre sobre Gaspar Rodríguez de Francia, quien rigió los destinos de Paraguay entre 1814 y 1840. Hasta ese momento, no existía ningún trabajo biográfico al respecto, lo que impuso a Roa Bastos la obligación de abrir sendas investigativas. El volumen será su aporte a la comprensión del poder absoluto y sus ejecutores, un fenómeno que tiene todavía presencia en Latinoamérica. No era una novela que agrade a regímenes autoritarios. Por este motivo, acaecido el golpe de 1976, abandona Buenos Aires y se establece en Toulouse, Francia. Desde entonces, impartirá clases de literatura y guaraní en su campus.

Compromiso cívico-cultural

Roa Bastos fue partidario de la democracia. Planteó asimismo que sus compatriotas terminasen con la extensa dictadura de Stroessner, aunque sin grandes penurias. Habló de pacificación y reconciliación, pidiendo que instituciones como la Iglesia católica y las fuerzas armadas acompañaran ese proceso. Lo hizo mediante carta abierta en 1985; siete años después, caído ya el autócrata, insistía en la necesidad de fortalecer el pluralismo, resaltando la misión encomendada a los partidos políticos. No había otro camino que el de las deliberaciones y el consenso para avanzar como sociedad.

Recibió el premio Cervantes en 1989. Fue una distinción que resultaba del todo justa. Cuando, mientras presentaba ese galardón, se dirigió al Parlamento de su país, anunció su apuesta por un proyecto, Fundalibro Cervantes, merced al cual niños y jóvenes tendrían acceso a libros subvencionados. Él quería contribuir al enriquecimiento cultural de sus conciudadanos. Volvió en 1996 con ese fin. Por desventura, su propuesta no prosperó y, con más pesares que alborozos, murió el 26 de abril de 2005.

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