ArtículosInicioManfredo Kempff Suárez

JUGANDO A LOS SOLDADITOS

Es clásico en los gobiernos autoritarios y en los países que tienen recursos, levantar el espíritu nacional en base a fortalecer su Ejército. Nada impresiona más al pueblo (a todos los pueblos) que ver grandes desfiles militares, con banderas, bandas atronadoras,  soldados de vistosos uniformes, caballos briosos y enjaezados, cascos con puntas o flamines, botas largas y paso gallardo. Y tanto como eso observar carros de asalto, tanques, cañones, cohetes montados en vehículos, y aviones a vuelo rasante dejando en el cielo estelas con los colores nacionales.

Eso en Bolivia no lo hemos podido ver de ese modo y debimos conformarnos, por nuestra pobreza, con las paradas militares que se realizan una o dos veces al año. Sin tanta parafernalia, con excepción de los bizarros cadetes del Colegio Militar, la gente se agolpa en las calles y las tribunas para aplaudir a un Ejército que ha recibido duras derrotas pese a su entrega, pero que no cuenta entre las potencias sudamericanas. Aun en épocas de dictaduras militares, cuando se suponía que la milicia era mal vista, la muchedumbre iba a ver a sus soldados. Una cosa era el autócrata de turno, otra la tropa, donde marchaban los hijos, sobrinos y amigos.

Hoy, la autocracia gobernante, ha tenido entre sus reconocidas habilidades, hacer de las FF.AA. parte de su política y de sus ideales. Si antes los militares se atrevían a sublevarse contra sus jefes en tiempos de dictaduras, ahora son obedientes funcionarios públicos, que halagan a S.E., y que, a cambio, reciben un trato bastante mejor que el de algunos años atrás. Claro que ese trato preferencial es a costa del presupuesto que debería repartirse entre otras necesidades vitales para el Estado. No es una dádiva de S.E.

Pero vamos al grano. Es una tontería pensar en hacer del Estado Plurinacional una pequeña Prusia. Con excepción de Paraguay, pueblo bravo que ya nos enseñó que no es cosa de jugar con él, todos nuestros vecinos nos llevan décadas de ventaja en poderío militar. Que tratemos bien a nuestros soldados, que tengan mejor rancho, cama y vestimenta, está muy bien y es muy justo. Pero hacerse de armamento es una carísima inversión, salvo que sea donado, como ha sucedido frecuentemente. Es tan mal negocio adquirir armas que quienes viven en torno nuestro y las compran, tienen que renovarlas periódicamente sin haberlas utilizado.  Un dispendio verdaderamente criminal.

¿Satélite? Eso no ha sido de ninguna utilidad que sepamos. ¿Planta nuclear? No es necesario que el régimen afirme que no vamos a producir bombas atómicas. ¿Pero pactar con la poco convincente Bielorusia para fabricar armas? ¿Armas para vender o para pelear? Para vender sería un soberano disparate. ¿Entonces para usarlas? Lo que S.E. quiere es mantener la plena fidelidad de las FF.AA., ¿y qué cosa mejor que darles armas? Si ese armamento no lo utilizamos en una contienda internacional, que no va a producirse, se lo puede utilizar eficientemente si es que nuestro pueblo se vuelve chúcaro y bravo ante el escandaloso desconocimiento que se está produciendo a su voluntad democrática.

Extraña que para armarse S.E. recurra al dictador bieloruso Lukashenko. Las amistades de S.E. han pasado por Gadafi, Castro, Chávez, Maduro y Ortega. ¿No es más útil tener mejores amigos cerca, sin salir a buscarlos fuera el barrio?

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