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LA CIUDAD DEL GRAN SILENCIO

Por: Leonardo Leigue Urenda

Cuantitativamente es una gran ciudad, superficialmente agitada y ruidosa pero cualitativamente, donde nos desenvolvemos, mantiene su condición intrínseca de pueblo. Así es la parte que creo que conozco de Santa Cruz, llena de secretos intuidos, de pactos -más que expresos- implícitos, con afonías decidoras, llena de cobranzas de fidelidades aldeanas: es decir a las personas y no a las ideas o conceptos, a la verdad.

Es una sociedad de silencios: calla el empresario porque negocia, calla el político porque pacta, calla la prensa porque cobra, calla el cívico porque fue puesto para callar, callan porque el poder real manda sobre el nominal. Somos tan silentes que inclusive callamos ante los inocuos. Pero, por qué calla el ciudadano ante “nuestros” abusivos, solemnes, poderosos y antipáticos, ante los impostores de la política, la empresa o el civismo o ante los dueños de la verdad de las artes, las letras, ¿ante los inventores del dizqué know how de este pueblo?

Unos se callan porque esperan su turno, pero creo que la gran mayoría se calla porque somos una aldea en la que todos nos conocemos, entonces hay silencio -una autocensura- para no ofender al amigo que es político o burócrata, o al pariente que trabaja en la cooperativa, porque el vivillo es de la frater, el traficante de la comparsa, el médico negligente es colega, el desfalcador es del club, porque el cura es cura o porque el loteador es hijo de la amiga de la abuela o porque el mallete así lo ordena. En una aldea se calla por todo y por nada, se calla porque es más cómodo ser lisonjero o pusilánime, porque confrontar ideas requiere esfuerzo, pero sobre todo requiere un ejercicio de tolerancia, respeto, alteridad. Y encontrar ello no es fácil ya que el gen autoritario, atrabiliario, infalible, todavía se pampea por estas playas, donde simplemente disentir es sinónimo de atacar u ofender y la dialéctica frustrada, en el mejor de los casos, acarrea como represalia en nuestro hipergregario pueblo la exclusión o la camarilla, el ostracismo del quid pro quo de los directorios, cocteles, agasajos, churrascos, premiaciones y condecoraciones.

Pero de todos los silencios, quizás el más nocivo -porque nos priva de la moraleja- es aquel producto de pactos poderosos o bien de promesas unilaterales en que la persona decide callar porque el temor a la represalia es mayor al de fidelidad con la historia. Así, vanos son los intentos por encontrar la verdad si falta el testimonio de los actores primarios que, dejando incompleto el puzzle de la historia, allanan el camino para que la crónica de nuestra querencia sea escrita con impostaciones, resultando la historia oficial solo en un entramado de conjeturas.

Esperemos que, para ellos, para vos, el silencio nunca más sea una opción.

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