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La ilusoria pretensión del control absoluto

Enrique Fernández García

Cuando se elimina este freno del orgullo se da un paso más en el camino hacia un cierto tipo de locura: la intoxicación de poder que invadió a la filosofía con Fichte y a la que los hombres modernos, sean o no filósofos, se sienten predispuestos.

Bertrand Russell

Es erróneo suponer que la moderación resulta siempre positiva. Ocurre que, en ocasiones, las pretensiones elevadas pueden ser beneficiosas. Una genial obra de arte no suele relacionarse con aspiraciones menores del autor. Por supuesto, no descarto que, casi de forma regular, las personas se hayan topado con malos ejemplos al respecto. Los deseos de tener el poder absoluto, verbigracia, han dejado en lo pasado razones válidas para justificar su censura. Puede usar un tono modesto; empero, tarde o temprano, la megalomanía del gobernante nos tendrá como víctimas. En consecuencia, cabe tener reparos cuando aspirantes al ejercicio del mando dejan advertir su predilección por lo absoluto. Despreocuparse de aquello implica consentir nuestra paulatina sumisión. Con todo, tal como lo señalé al comienzo, es también posible que los anhelos de gran envergadura puedan juzgarse favorables.

No es lo mismo ansiar todo el poder que procurar la sabiduría en cualquier campo. Este segundo caso nos coloca en una situación que, para quienes aprecian la razón, puede calificarse de admirable, aunque, al final, reconozcamos su carácter ilusorio. Subrayo esto último porque, salvo para los creyentes, la omnisciencia es un atributo que nadie posee. No obstante, en distintas épocas, hallamos suejtos que tienen ese propósito intelectual. Lo pueden hacer por gusto, ya que la búsqueda genera placer, pero asimismo impulsados por otro motor: el orden. Desde su perspectiva, el conocimiento debe servir para tener certezas, permitiendo planes rigurosos y control de la realidad. Imperando esta creencia, se rechaza cualquiera de las inseguridades que nos imponga el destino. Porque son obstáculos que desencadenan inestabilidad, desequilibrios, más aún, descontrol.

En El mito de Sísifo, Camus reflexiona sobre cómo las personas se frustran frente al silencio del mundo ante nuestra pretensión de total comprensión. Nos gustaría someter al escrutinio de la razón desde las nimiedades hasta los fenómenos importantes. Quisiéramos tener una explicación omnímoda, ordenando cada uno de los elementos que se nos presentan, evitando reveses e imprevistos desagradables. El problema es que tenemos limitaciones, las cuales son irremediables. Así, lo sensato pasaría por aspirar a tener condiciones que nos ofrezcan cierta estabilidad. Todo lo demás nos superaría. Es una de las conclusiones que los abusos del poder nos han facilitado. Cada vez que quienes lo ostentan se creen capaces de conocer la realidad del modo más pleno posible, tomando decisiones ajenas, experimentamos problemas bastante arduos.

No pasa por fomentar una ética de la insignificancia. Es innegable que nuestras capacidades son limitadas, colocándonos, a veces, muy por debajo de algunos animales. Es cierto que muchos semejantes pueden construirse un pedestal desde donde observan solamente la inferioridad del prójimo; sin embargo, en general, esa supuesta supremacía es falsa. Pero ni siquiera la petulancia más grosera serviría para desconocer habilidades y virtudes auténticas que, mostrando su provecho, repercuten en nuestras decisiones. Somos, pues, capaces de logros que tengan un signo positivo. Podemos ampliar nuestros conocimientos, expandiendo los efectos de habilidades que se perfeccionan gracias a la voluntad personal. Lo que no se debe pretender es el dominio completo de las circunstancias, escenarios o cualquier contexto en donde nos encontremos. Ser conscientes de esta insuficiencia puede salvarnos de pesados desencantos.

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