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Lo inteligente de ser bueno

Enrique Fernández García

Si no fuese siempre razonamiento, cualquier decisión se habría tomado sin convicción y con una conciencia meramente persuadida o ficticia. Aunque su fin o sus efectos fueran buenos, sería una decisión in-moral.

Norbert Bilbeny

Aun cuando haya gente que sirva para refutar la idea, no es una equivocación presentar al hombre como un animal inteligente. Me refiero a su capacidad de resolver problemas, sean éstos simples o complejos. Desde luego, esto no quiere decir que todos la ejerciten del mismo modo. Es más, si nos detuvieramos en el ámbito de la política, probablemente, concluiríamos que hay quienes jamás intentaron hacerlo; poco importan sus títulos, capacitaciones o grandilocuencia. La reiteración de absurdos en los quehaceres del poder no permite otra conclusión. Pese a ello, ni siquiera los casos más groseros de torpeza bastan para desechar cualquier expectativa en torno a su posible uso. Suponemos, pues, que, tratándose de seres humanos, su cerebro funcionará con precisión, comprendiendo nuestra realidad, pero asimismo entendiendo cómo tener una buena existencia.

Porque la inteligencia nos resulta útil si procuramos responder una pregunta que, desde un punto de vista ético, según Comte-Sponville, es fundamental, a saber: ¿cómo vivir? No niego que haya muchas respuestas al respecto. Como es sabido, durante las distintas épocas, hallamos personas que han intentado la consagración de sus juicios en relación con ese tema. Para estos sujetos, lo vital es que sus dictámenes acerca del bien y el mal sean aprobados sin mayores controversias de por medio. Con todo, más allá del egocentrismo, lo positivo es el hecho de no despreciar tales problemas. Creo que la sola preocupación por estas inquietudes ya se vuelve meritoria, reflejando un uso correcto del pensamiento. Es que podemos reflexionar sobre genuinas tonterías, despreciando todo contacto con aquellos temas de relevancia para el mejoramiento del ser humano; empero, optamos por considerarlos.

Necesitamos de la razón para explicar por qué motivo elegimos ayudar al prójimo y no, verbigracia, eliminarlo. Esta construcción de argumentos no es un asunto menor. Pasa que, si nos esforzamos en dar coherencia y claridad a nuestras fundamentaciones, no sólo demostraremos madurez cuando llegue la hora de tomar decisiones significativas, sino también podríamos despertar concordancias con los semejantes. Únicamente así, formulando esas aclaraciones en torno al actuar personal, surge la posibibilidad de tener diálogos provechosos, incluso debates que, una vez más, prueben cuán productiva es nuestra mente. La otra opción, siempre detestable, tiene que ver con quedar a merced de los caprichos. Es el camino que recorren quienes prefieren asociar la ética con los impulsos del momento, las emociones, pasiones o arrebatos capaces de conmovernos. Frente a ellos, toda tentativa de comunicación y comprensión es imposible.

Esta suerte de inteligencia o razonamiento moral no se agota en la explicación ni, aunque sean exitosas, las persuasiones que llevemos a cabo. Al margen de funciones como éstas, se nos depara un escenario en el que resulta posible juzgar. No ignoro que, entre otras cosas, por ética podemos entender el arte de vivir en libertad, por lo cual, en principio, correspondería a cada cada uno proceder conforme a sus convicciones y, consiguientemente, no recibir ningún cuestionamiento al respecto. Sin embargo, cuando comprendemos que las decisiones adoptadas por una persona o grupo, lejos de ser benéficas, pueden causar grandes perjuicios, propios o ajenos, cabe criticarlas. Es hasta posible pasar del juzgamiento moral a la condena. De manera que, en nombre de una razón bienhechora, la indiferencia se torna injustificable.

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