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Concepciones antagónicas: Revel y Morales Ayma

Vladimir Montero S.

Jean-François Revel, filósofo y periodista francés, advierte, entre otras cosas, la ilusoria cuanto demagógica pretensión de hacer una revolución en un país subdesarrollado. Según Revel, es menester algo más que dar generosos bonos a niños, ancianos y mujeres en gestación para poder levantar la bandera de una revolución fidedigna. En este sentido, resultaría oportuno entender dicho sustantivo (revolución) como un cambio total. En efecto, para el autor de Ni Marx ni Jesús, es imprescindible que una revolución cumpla y se ejecute, de manera simultánea, con puntos que resultan esenciales y que van desde la crítica a las injusticias económicas y sociales, a la gestión y eficacia, es decir, la planificación material y humana, al poder político, a la cultura y, cómo no, una crítica furibunda de la primitiva civilización. Por consiguiente, no puede existir una revolución solo política o económica, sino que se debe realizar en los espacios ya señalados. En consecuencia, tomar un rifle y la falsa postura de ayudar a los pobres resultan insuficientes.

La revolución socialista de la que habla el presidente Morales Ayma resulta, pues, inviable, y, aún más, la ilusoria pretensión de ser una referencia a nivel global. Las razones por las cuales se afirma lo delirante de esta pretensión y, por ello, su imposibilidad de realización son algunos puntos que conviene señalar. El primero es el espíritu crítico; no se requiere un gran esfuerzo intelectual para analizar el punto en cuestión, puesto que, si para lograr una revolución es preciso criticar ciertos ámbitos, está claro que aquella capacidad de cuestionar de la que habla Alexis de Tocqueville (existente en los norteamericanos) es mínima en nuestro país; así pues, lo primario no estaría presente. Por otro lado, para que se pueda pensar en una revolución, habría que tomar en cuenta el desarrollo. Bajo este contexto, cabe señalar la diferencia hecha por Fernando Molina entre desarrollo y crecimiento: el crecimiento tiene que ver con el porcentaje únicamente monetario, y el desarrollo es el reflejo del primero a nivel social. De esta manera, el país tendría que, primero, preocuparse por su desarrollo. Sin embargo, aunque existiese tal desarrollo, es latente el escaso espíritu democrático-liberal en países del tercer mundo como advierte Revel. Esta carencia conllevaría a corrupción, dictaduras, entre otros males.

Lo que se pretende con una revolución son invenciones que cambien, de manera favorable, toda una estructura; en consecuencia, es incompatible la pretensión oficialista de un “proceso de cambio”, que no es sino una revolución negativa y retrograda. En palabras de Revel, esto constituiría un estancamiento cultural.

Además, como consecuencia, surge el nacionalismo que se torna en una feroz xenofobia y racismo, dando como resultado, conforme a Mario Vargas Llosa, “charcos de sangre y cadáveres”, vale decir, la singular pero nefasta violencia “revolucionaria” con características divinas y justicieras. Afirmar esto último es solo la confirmación de la incapacidad de comprender que la fuerza tiene que estar ceñida a la legalidad, libertad y a la defensa de los derechos.

Es muy probable que la ignorancia de los anteriores conceptos por parte del partido oficialista provoque aquellos discursos merecedores de las mayores arcadas por parte del prójimo. Entre otros, claro está, me refiero a la distorsión y deliberado manejo del concepto de revolución. Cultivar el espíritu crítico, sin duda, conllevaría a una mejora notable en diversos ámbitos; empero, lo fundamental de su valor es que nos evitaría creer, de modo grosero, en los discursos románticos de cualquier fantoche.

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