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Liderazgo y populismo

Marcelo Ostria Trigo

Se dice que el liderazgo es el conjunto de habilidades que un individuo tiene para influir en la forma de ser o actuar de las personas, haciendo que éstas participen activamente en el logro de determinadas metas y objetivos. Esto, al parecer, es inobjetable, si se concibe al conductor –o líder– como representante de las aspiraciones de un pueblo o de una comunidad. Pero, revisando la historia, se encuentra que hay ejemplos que muestran que algunos de estos líderes, en su fracaso arrastraron a sus pueblos a la derrota y al sacrificio.

“Nadie ha logrado explicar jamás cómo una persona tan insignificante como Hitler pudo ejercer una influencia tan monstruosa sobre los alemanes…”. Mussolini fue “un antiguo maestro (que) empezó como reportero y propagandista del partido socialista”, haciendo que “el fascismo creciera como parásito del socialismo”. Stalin, pese a que León Trotski fue “la cabeza más brillante del partido” comunista, fue el que, a la muerte de Lenin, forjó “una de las tiranías más sangrientas y terroríficas que el mundo ha conocido…” (Dietrich Schwanitz. La Cultura. Editorial Taurus. 2003).

En nuestra región hubo muchos líderes sanguinarios, ignorantes y corruptos. Algunos pagaron con su vida el mal que hicieron, como Trujillo y Somoza. Pero es cierto que los pueblos suelen tropezar con la misma piedra. Y se repiten los caudillos que, pretendiendo ejercer un liderazgo con futuro honroso, llevan a sus pueblos a la desesperación. Nadie puede ignorar las tragedias que sufren Venezuela y Nicaragua, con líderes empeñados en perpetuarse en el poder, con el sello de un populismo intolerante conducido con prepotencia e ignorancia

Hubo caudillos que abusaron de la riqueza de su patria. Ahora, cuando se ha vuelto a la realidad, estos persisten en mantener la bajada incontenible de su economía y recurren a la falsedad y al absurdo, creando atentados, acusando a otros por sus fracasos y reprimiendo a los adversarios; este es el signo distintivo del liderazgo populista. Es más: inflan el Estado con el propósito de dominarlo todo.

“No hay populismo sin la figura del hombre providencial que ––supuestamente–resolverá, de una buena vez y para siempre, los problemas del pueblo” dice Enrique Krauze en su Decálogo del populista”. Añade que éste es ‘inmune a la crítica y alérgico a la autocrítica” y que “requiere señalar chivos expiatorios para los fracasos”, a la vez que procura “desviar la atención interna hacia el adversario de afuera”. Esto, aquí, ya está a la vista.

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