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¿Suicidio o asesinato? Las últimas horas de GERMÁN BUSCH

Darwin Pinto Cascán

INTERLUDIO

Desde el viernes 18 de agosto en que José Rosa Quiroga le sacó el primer diente, Germán Busch no va a Palacio Quemado. Ya son cuatro días. No sólo está adolorido; está indispuesto. Los enemigos le cuestionan su gobierno y no quiere burlas por su apariencia. Le faltan dos dientes. Los diarios son tan terribles como los escribidores a sueldo. Por eso gobierna desde su casa que, aún siendo el hombre más poderoso del país, paga con un crédito bancario, como un sujeto cualquiera.

Por las noches despierta sobresaltado, ve a Matilde a su lado, cierra sus ojos de jaguar y se ve otra vez en las urgencias de la guerra, en las inquinas de la paz. Lo ve a Hoschschild y a sus intelectuales vasallos demoliendo su imagen a golpes de tinta y lo corroe la duda de si Patiño le ha puesto precio a su cabeza…

Pero en medio de ese páramo nocturno, se reconforta en un suspiro sabiendo que en la pieza de al lado duermen sus hijos Germán, Orlando y Waldo, aunque uno de ellos está enfermo. Le ha donado sangre. Mientras, Gloria crece en el vientre de Matilde, que sigue dormida a su lado.

En las treguas que le dan las turbulencias del sueño se reconforta sabiendo que ha dotado a Bolivia de una gran Constitución, que abolió la esclavitud, dictó el primer Código de Trabajo, expulsó a Paraguay de Tarija, Chuquisaca y Santa Cruz sin pegar un tiro, obtuvo un puerto sobre el río Paraguay para salir al Atlántico, firmó la paz con Asunción en condiciones tan buenas que si los militares perdieron la guerra, se puede decir que los diplomáticos ganaron la paz. Sin vencedores ni vencidos. Pero ha hecho más: Selló la nacionalización del petróleo que inició Toro y acaba de nacionalizar las divisas de los Barones del Estaño que antes de él eran los amos de Bolivia. ¿Qué tan amos? Bueno, ponían y sacaban presidentes según el peso de sus libras esterlinas.

Busch no es ningún ingenuo. Sabe que les ha tocado el bolsillo a los intocables y sabe que lo pueden matar. Dos meses atrás, el 7 de junio de 1939, en el discurso de la nacionalización de las divisas de los Barones del Estaño ha dicho: “He medido la magnitud del paso que doy y sé que me acechan peligros. Los afronto y si por ello cae mi gobierno, habrá caído con una gran bandera: la de la emancipación económica de Bolivia”. Él no sabe que esas palabras son proféticas. O tal vez sí, por eso las dice. Para que conste.

Un coche pasa por la calle Rosendo Villalobos rompiendo el silencio de Miraflores. Abre los ojos. Su vida es la de un meteorito en curso de colisión. Lo sabe, pero también sabe que falta mucho para acabar su obra. No es fácil, como no ha sido fácil esta noche de terrible dolor en la boca. Como no ha sido fácil nada en su vida.

OBERTURA

Por eso cuando a las 8:30 de ese martes 22 de agosto de 1939 su cuñado Eliodoro Carmona se levanta de la cama y su concuñado Ricardo Goitia sale de la casa, el coronel Víctor Germán Busch Becerra está despierto, pero en cama.

El coronel Eliodoro Carmona y su esposa Elisa Tornee, viven en la misma casa que Busch. El mayor Ricardo Goitia, casado con Lya Carmona, hermana de Matilde y Eliodoro, vive en Guaqui, donde comanda el regimiento Castrillo, pero llegó ayer a la casa para el cumpleaños de Eliodoro, más tarde, hoy.

FOTOS: ARCHIVO DARWIN PINTO

A las 9:15 llega el ministro de Gobierno, Vicente Leytón, para felicitar a Carmona, pero es llamado por Busch que sigue en su lecho. Dieciséis días después, en su declaración ante el juzgado Segundo de Instrucción en lo Penal, asociado de la Fiscalía de Distrito de La Paz, Leytón dirá que Busch estaba de buen ánimo.

A las 9:30 Carmona se va a Palacio como todos los días. A las 9:35 sale Leytón del dormitorio de Busch y entra el mozo Francisco Medina, totémico y fortachón excombatiente orureño, servicio personal de este presidente constitucional devenido en dictador hace cuatro meses, porque cree que sólo así, en dictadura, anula la influencia política de la maldita rosca minera. Medina trae el despacho de la Presidencia en el que vienen unas cartas de Cochabamba, enviadas por el cuñado de Busch, Alberto Natusch Velasco.

Está en eso cuando a las 11:00 llegan el Ministro Mollinedo (Higiene) y el canciller Carlos Salinas Aramayo. Busch los recibe en el dormitorio y le pide a Matilde empanadas y cerveza, aunque Salinas dirá en sus declaraciones que sólo fueron empanadas. Los atiende y se van.

A las 12:00 llega el ministro de Hacienda, Fernando Pou Mont. Hablan de los planes económicos del Gobierno. A 12:30 vuelve Eliodoro Carmona y halla a Busch con Pou Mont en el dormitorio. Busch le reclama por qué fue a la oficina en su cumpleaños. “Le respondí que era nuestra costumbre tener todo al día”. El Dictador le pide que invite un coctel, “que hice subir al hall”, dirá Carmona en su declaración cuatro días después.

A las 13:00 vuelve Ricardo Goitia, su concuñado, y le dice a Busch que debe retornar a Guaqui. Busch le pide que se quede para la cena. Es que, si Goitia vino desde Guaqui, a 92 kilómetros, con la esposa y los hijos para el cumpleaños de Carmona, ¿por qué quiere irse antes de la fiesta? Durante la magra investigación tras los sucesos que ocurrirán horas después, nunca le preguntarán a Goitia qué asuntos lo sacaron de la casa esa mañana y por qué luego se quiso ir tan pronto.

El mozo Medina y el cocinero tarijeño Francisco Pérez sirven el almuerzo. En la mesa están los Busch Carmona (Germán y Matilde), los Carmona Tornee (Eliodoro y Elisa) y los Goitia Carmona (Ricardo y Lya). El único ajeno es Pou Mont.

Después de comer, Eliodoro quiere volver a Palacio, pero Germán le dice que es su cumpleaños, que se quede. Y se queda.

A las 15:00 Busch entra a trabajar en la terraza de vidrios. Matilde dirá que Elisa lo vio triste, con unos papeles en las manos. “Desde esa hora Germán habló con todos sobre las cartas y los anónimos que traían adjuntas”. El Dictador está contrariado. Sube Carmona y él le pide: “Suegrita, buscá radio El Mundo, de Buenos Aires”. Quiere despejarse. Germán es de poner apodos a la gente que quiere. Al cuñado le dice “Suegrita”, y a su esposa le dice “Marida”.

En la tarde recibe de nuevo al Canciller y al ministro Navajas Trigo (Educación), además del Contralor, Pablo Asciani y a Medardo Solares, un contratista que debe dragar el río Ichilo, además de encargarse de la dotación eléctrica para Santa Cruz de la Sierra.

Germán Busch (der) visita a su padre Pedro Busch (centro). Aún no era Presidente. Era Jefe del Estado Mayor General.

Solares dirá que Busch le leyó la carta de su cuñado Natusch. “Dijo que esa gente que lo atacaba era imposible contentarla y en broma agregó que convocaría a propuestas para la Presidencia, debiendo el candidato ser patriota honrado y gran estadista. A lo que Asciani agregó: ‘Y bien machito’”. Entonces en un margen de la carta de Natusch, Busch escribió: “Estén tranquilos”.

Sube otra vez Carmona para decir que llamó el dentista. Asciani y Solares bajan al hall y entra Matilde con la esposa del coronel Antenor Ichazo, que se disculpa con Busch por no haber ido a la misa de cabo de año de su madre en Cochabamba. También le dice que el coronel Ichazo quiere hablarle. Germán contesta: “Que venga”. Sí, el coronel Ichazo quiere hablarle…

Debe haber mucha cercanía entre la mujer de Ichazo y Matilde, como para que hayan esperado en el dormitorio a que Busch se libere de sus ministros, y no en el recibidor de abajo, que sería lo habitual. Esperaron en el dormitorio.

Además ¿por qué Ichazo manda a su mujer para pedir audiencia, si es viejo conocido de Busch? Ambos fueron ayudantes de Hans Kundt. Ichazo, coronel, exministro de Tejada Sorzano y de Toro (depuestos por Busch), y futuro ministro de Urriolagoitia, ¿teme al dictador y manda a la esposa para “tantearlo”? ¿Sabe algo que Busch debe saber? ¿Teme que Busch sepa algo de él?

Cuando se precipiten los acontecimientos esa madrugada, Ichazo será el segundo personaje externo a la familia en llegar a la casa, apenas minutos después que el médico GuillermoDebbe, que vive a una cuadra. En las declaraciones posteriores sólo Matilde nombra a Ichazo. Es extraño. En el día pide audiencia a través de la esposa, pero en esa madrugada helada (Busch recibe el tiro con el abrigo puesto) entra a la casa casi de inmediato como si hubiera estado sentado al frente, esperando. ¿Vigila la casa?, ¿la protege?, ¿debe confirmar el éxito o fracaso de algún operativo? No se sabe, pero tras la muerte de Germán, Ichazo se convierte en Jefe del Estado Mayor General, el cargo de Busch antes de asumir el poder. Y será el tercer hombre más poderoso del Ejército, después del presidente Quintanilla y del Comandante en Jefe, Bilbao Rioja. Es un premiazo. ¿Pero por qué?

Tras la muerte de Busch, el nuevo presidente Quintanilla, cambia de inmediato al jefe de la Policía, Saavedra, lo confina a Charagua y lo sustituye por Luis Gutiérrez Vea Murguía, un subteniente. En las investigaciones no llaman a declarar a Ichazo. Esto ocurre en agosto. En octubre, Ichazo ordenará la pateadura de Bilbao Rioja, su superior inmediato, en las escaleras de Palacio Quemado. El arquitecto de defensas clave como las de Kilómetro 7 y la de Villamontes, es golpeado hasta perder el sentido y enviado al exilio en Chile. En dos meses, los dos máximos héroes vivos de la Guerra del Chaco: Germán Busch y Bernardino Bilbao Rioja ya no están en Bolivia. Uno está muerto y el otro exiliado. Ichazo tiene todo el perfil de un muy eficaz operador político.

Pero volvamos al 22 de agosto de 1939. A las 19:00 Busch sube al carro que conduce Eliodoro Carmona y van donde el dentista Rosas Quiroga que le prepara la encía sin anestesia para ponerle los dientes. El dentista dice que Busch hace bromas, pero que los días anteriores muestra gran hipersensibilidad dentaria. Ya le ha dicho que el exceso de trabajo le ha causado un sourmenage, es decir: el cerebro le sabotea el cuerpo para que no se mate trabajando 14 horas diarias, siete días a la semana.

A las 21:00 vuelven y aunque ya hay invitados para la cena por el cumpleaños de Carmona, Busch sube al dormitorio. “Voy detrás”, dice Matilde. Le duele la muela y según ella, él dice: “Mejor sería que de un tiro salgan todas”. Ella lo toma del brazo para bajar con los invitados:

Germán y Matilde.

—Mejor no, estoy aburrido y sin dientes.

—Eliodoro se ha de resentir si no bajas.

—Bueno, bajo por la Suegrita.

Están en la casa, además de las tres familias: el Secretario Privado, José Oblitas; el mayor Emilio Guzmán; el capitán Ceferino Rioja; el teniente Carlos Ávila; el teniente Ángel Zabalaga, con sus respectivas señoras. También están el comerciante Eduardo Rengel; el ministro de Gobierno, Vicente Leytón; el capitán Leónidas Solares y José Dullón, cajero de la Policía.

En la fiesta familiar del Dictador no hay generales y además de Carmona y él mismo, no hay coroneles.

Pasan al comedor a las 22:00. Busch está alegre, pero “era una alegría fingida”, dirá la viuda. A media comida sube al dormitorio. “Quedé pendiente si tardaba para ir tras él”, dice Matilde. No tardó, regresó sonriente.

—No hallé los puros, pero traje cigarrillos para las damas.

Matilde: ¿Desde cuándo comedido? (con las damas) Los puros están acá.

“Tal vez pensó en llevar a cabo su determinación, pero como vio que los niños estaban despiertos, volvió”, dice Matilde que sabe que a la hora en que declara, la hipótesis del asesinato apunta a su hermano Eliodoro. Ella asegura suicidio. Tal es la sospecha sobre el coronel Carmona, que en 1944 parlamentarios inician un proceso judicial contra él, proceso que se trunca con la caída de Villarroel en 1946.

Busch se ríe: “Lo de los puros ha sido un pretexto”.

Se inclina al oído de la mujer de Eliodoro, Elisa Tornee, una argentina guapísima con la que viven en la misma casa y le dice: “He ido a hacer pipí”. Elisa se ríe y Leytón que está de frente, al lado de Matilde (que no está junto al marido) pregunta: “¿A qué has subido Germán?”. Él rompe el papel de la caja de cigarros y escribe: “¡Fui a orinar!”. “Todos reímos”, declara Matilde.

Tras la comida, Busch brinda con champaña: “A la salud de la Suegra”.

Carmona dice: “Por la patria y por el Presidente”.

A las 23:00 dejan el comedor: las señoras van al living y los caballeros al hall. Busch hace grupo con Leytón, Ceferino Rioja, amigo de la infancia, y Carlos Ávila, su mejor amigo en el colegio militar. Recuerdan a un amigo muerto en el Chaco, José Rosetti. Entonces Leytón le pregunta sobre sus cambiosde humor y él contesta que fue muy feliz siendo pobre, pero ahora que gobierna y quiere solucionar los problemas del país, circulan papeles negándole capacidad, diciendo que es un juguete de sus ministros. La pregunta del ministro ha sido mala idea.

Luego Busch (según Rioja) se acuerda de la carta de Natusch Velasco en la que éste le cuenta cómo casi nadie ha ido a la misa de cabo de año de la muerte de su madre, Raquel Becerra, en Cochabamba. Y le habla de los anónimos. El Dictador dice que no sabe qué hace pues el Intendente de Cochabamba, el Mayor Eduardo Roca, que permite la circulación de esas infamias. Luego se sobrepone.

Matilde: “Se dio cuenta que estábamos calladas, entró y dijo:

—¿Qué les pasa? ¿Por qué tan tristes? (sí, ¿por qué tan tristes?) hay que alegrarse. Pone a un lado la mesita central. Insiste en que haya música.

ILUSTRACIÓN JOSEFINA ROJAS / DGR-UCB

La señora Oblitas toca el piano e inicia el baile. Después él pide una radio pero no sirve. Entonces dice: “Suegra, trae la mandolina y la guitarra para que toquemos”. Carmona no obedece. Quizá está harto de algunas cosas. Sólo en este día de su cumpleaños le ha pedido un coctel en la mañana; que prenda la radio y busque una emisora en la tarde, que lo lleve al dentista en la noche y ahora que traiga los instrumentos. Es claro que son familia, pero Carmona es coronel y no un sirviente, y aunque Busch en la revolución de 1930 rindió al regimiento Pérez para que no fusilen a Carmona y a Goitia, han pasado los años y sólo Eliodoro sabe lo que ha vivido y lo que piensa y siente. “Tardé, por eso él subió por los instrumentos”, dice Carmona.

Matilde va por detrás y lo halla en el baño. “Le pregunté si le seguía doliendo la muela. Dijo que no y que estaba feliz”. Bajan. “Él tocaba y cantaba y me miraba y cambiaba la letra de las canciones y le ponía mi nombre. Me sacó a bailar tanto que la señora Ávila me dijo que parecíamos dos enamorados”.

00:00 Busch ha hecho llamar al maestro Luna que toca el piano mientras él acompaña con la guitarra. Le dice a Luna que siempre lo llevan a las fiestas para hacer bailar a otros. Aquí el Presidente va a tocar para que el pianista baile con la mujer del Presidente. Y Luna baila con Matilde.

A las 2:00 la gente se va, pero Busch pide a Leytón, Ávila y Luna que se queden. A las 3:30 la esposa de Ávila dice: “Ahora sí nos vamos coronel”. Ávila declarará: “Él pareció no escucharle, estaba pensativo. Reaccionó y dijo: Bueno pues. Buenas noches”. Abrazó a Luna y pidió a Ávila que lo llevara en su auto.

ARIA

Matilde le pide a Busch que se vayan a dormir. “Ahorita Maridita, déjame con Eliodoro y Ricardo. Anda a rezar que siempre tardas y calienta la cama que debe estar fría”.

—Para darle gusto, subí. A mi hermana y mi cuñada les dice riendo mientras las corre hasta las gradas: “Mujeres a la cama”. Lya, según la viuda, le dirá que él le ha dicho: “Cuando me muera, Lyita, no me vayas a olvidar, ¿quieres?”. Siempre le decía eso. Matilde se acuesta.

Busch queda con los cuñados en el living. A las 3:40 quiere salir a la calle, pero la puerta exterior está trancada. El dueño está encerrado en su propia casa. Vuelve a entrar y halla al mozo Medina. Le pregunta si hay comida. “No mi coronel, pero le hago un bife”.

—Bife no.

Sale el ayudante de cocina, Francisco Pérez:

—Papito, le haremos un revueltito.

—Tampoco quiero.

Los manda a dormir. Pérez se va a su cuarto del jardín, pero Busch entra con Medina a la casa y le muestra una uña partida:

—Va a cambiar de uña mi coronel.

—No, esto tiene que sangrar hasta que se acabe.

Entra al living con los cuñados, pero vuelve al patio. No renuncia a ganar la calle, pero lo siguen Medina y Goitia. Vuelve a la casa, ya no al living, sino a su estudio. Lo siguen Carmona y Goitia.

Los dos únicos testigos de los dos tiros coinciden en que Busch está amargado. Se queja de la falta del fervor patriótico del pueblo. Pero el pueblo lo apoya. En su entierro, el pueblo gritará que es el segundo Sucre, el segundo constructor de la nación. A las 5.00 Busch ordena a Medina que le traiga el despacho. Matilde envía la mitad. Ahí está la carta de Natusch. Él toma un expediente y lo lee, sin firmarlo. Vuelve al tema: la incomprensión. Dice que está acostumbrado a luchar de frente. Según Carmona, dice que “su destino es determinado y su trayectoria llega a su fin”.

Busch está en un sillón giratorio. A su derecha Carmona, a su izquierda Goitia. Cuando la tensión sube, Carmona se le acerca más. Él se queja y se va sulfurando.

—¡Qué pasa que no me dejan solo!

Según los dos testigos, de un momento a otro Busch saca su Colt 32 y la apunta hacia abajo. Los cuñados, dicen, le ruegan que no se mate.

Si eso es cierto, entonces hubo gran bullicio en la casa cerrada, en el silencio del amanecer, pero nadie de los otros que estaban en casa se asomó. Los dos testigos no llamaron a voces ni a la esposa ni a la familia para que lo aplacaran.

Eso observa el Fiscal que sigue el caso.

Busch mira a Goitia. “Se le dilataron los ojos como cuando se enfurecía. Le dije: Hermanito, qué te pasa, soy Ricardo, te quiero, te amo. Después se volvió hacia mí, dice Eliodoro, me miró con compasión, me guiñó el ojo, levantó el arma y se la puso en la sien derecha. Salté, le agarré el brazo con las dos manos, levanté el arma y desvié el tiro. A las 5:20 Matilde los escucha. Dice que saltó de la cama, pero no bajó porque estaba con ropa de dormir. A unos pasos está el marido, el hermano y el cuñado, familia cercana, pero le da pudor bajar pese a oír un tiro. Le pregunta a Medina: “¿Qué pasó?”

—El coronel ha disparado.

—¿Cómo están?

—Bien, pero el coronel habla de tiros.

Matilde, que lo ha cuidado tanto en la cena, no interviene, se vuelve al dormitorio.

Eliodoro declara: “Le quisimos quitar el arma, pero era imposible. Todo el tiempo estuvo sentado”.

Dos duros militares con experiencia de guerra, cuatro brazos sosteniendo la mano derecha de un hombre sentado y no le pueden quitar el arma.

Eliodoro declara: “Con un tono suave nos dijo que lo dejáramos, creímos que se había calmado, pero de golpe nos empujó, levantó el brazo y se dio el tiro. Tumbó la cabeza del lado derecho sobre el escritorio y el arma cayó al suelo. Le sujeté la cabeza. Levanté el arma y la puse sobre el escritorio”. Eran las 5:30.

Un militar con experiencia comete la ingenuidad de agarrar el arma con la que su hermano político y Presidente se ha dado un disparo letal. Cuando sus huellas aparezcan en el arma, dirá que fue por eso. Carmona dice: “Me quedé sujetándole la cabeza”.

Medina dice: “Entré, me crucé con Goitia que salía y le sujeté la cabeza al Presidente”. Parece que los dos le sujetaban la cabeza.

Goitia sube las gradas y se encuentra a Matilde: “Germán se pegó un tiro”. Matilde no se pone histérica ni se desmaya. Declara: “Bajé, lo vi sentado. Eliodoro le sujetaba la cabeza. Me vio y me dijo: ‘Mira hermana lo que nos ha hecho Germán’. Con sorpresa y dolor le tomé el pulso. Seguía latiendo fuerte”.

El drama sigue: Entra Yolanda, la hija de 14 años de Carmona que al ver a su padre junto al arma, la toma y sale gritando: “Mi papá se quiere matar”. Su madre Elisa viene detrás, la frena y le dice que deje el arma donde estaba. La Colt ha sido tocada ya por tres personas.

Entonces Elisa, Lya y Yolanda buscan al doctor Debbe, que vive a una cuadra. Después de Debbe, entra el coronel Ichazo, que sólo mira. ¿Qué hacía ahí?

El mayor Goitia, veterano del Chaco, comandante del regimiento Castrillo, se desmaya, algo que no ha hecho ninguna mujer aún. Matilde lo atiende al cuñado, mientras su marido se está muriendo. Sacan del estudio a Busch y lo tienden en el hall para frenar la hemorragia.

—Respiraba con un ronquido, dice Matilde. Debbe pide llamar a los doctores Veintemillas e Ibañez Benavente. Matilde dice: “Pedí que no llamen a Ibañez, porque no era amigo de Germán”. Llega Veintemillas y al verlo ni le toma el pulso. Con indiferencia dice tres veces: “No hay remedio”.

Matilde dice que ahora sí se desmaya. “Recobré el sentido con los gritos de Lya. Fui. La levantaban del suelo y supe que había tomado de las solapas al Dr. Veintemillas para que haga algo. Él seguía impasible, entonces Eliodoro dijo: Si no se mueven estos médicos, los voy a agarrar a tiros”. Matilde agrega: “Le pedí a Veintemillas que haga algo, aunque sea lo imposible”. Aunque sea lo imposible…

“Él dijo: Si la familia insiste, lo operaremos en el hospital militar”.

Matilde le dice que no en el Militar, mejor en el hospital General.

A las 6:00 lo llevan a la sala de operaciones.

Goytia, el desmayado, sale a Palacio Quemado y le pide a Quintanilla que traiga un médico de Buenos Aires. Busch aún respira, pero Quintanilla ya está en el poder. Sí, ya está en el poder. Le sigue en jerarquía Bilbao Rioja y luego, Ichazo, el mirón.

Busch muere a las 14:30 del 23 de agosto de 1939.

En ese momento, la versión oficial y sus respectivos escribas dicen que fue suicidio. Buena parte del pueblo y la familia paterna, dice asesinato.

Esa mañana temprano, cuando Enrique Baldivieso, el vicepresidente, va a encargarse de la República, es detenido por el nuevo gobierno que entre las pocas cosas que hará, será devolverle las divisas mineras a los únicos que han ganado con esta muerte: Los Barones del Estaño. Pero será una victoria breve.

Los ideales de Germán Busch se harán revolución en 1952.

Fuente: paginasiete.bo

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