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Cuando no se sabe salir bien

Marcelo Ostria Trigo

La historia muestra que mientras un gobernante tiene más poder y atribuciones por cesión o por avasallamiento, mayor es su empeño en perpetuarse en el mando de la Nación. Esto de eternizarse, en las monarquías se justificaba con el argumento de que el poder de un soberano era concedido por Dios. En la actualidad eso ya no tiene sentido, como los otros argumentos actuales, también forzados o falsos: el pueblo supuestamente pide al caudillo su continuidad indefinida como su gobernante.

En el pasado, hubo caudillos autoritarios que se perpetuaron en el poder hasta el fin de sus días, como Juan Vicente Gómez en Venezuela, Francisco Franco en España, José Stalin en la Unión Soviética, Mao Tse Tung en China, Kim Jong-Il y su hijo Kim Il-Sung en Corea del Norte, Josip Broz “Tito” en Yugoslavia, Hafez al Asad en Siria, Fidel Castro Ruz, en Cuba y muchos otros más. Creyeron que pasarían a la Historia como benefactores de sus pueblos, lo que no ocurrió; se los considera ejemplos de lo que nunca debió suceder. Por eso, es difícil de justificar que haya quienes se empeñen en alimentar los afanes de perpetuación en el gobierno de una Nación. Y es más: a los caudillos se les hace creer que su gestión y sus obras –si algunas persisten– serán reconocidas como resultado de un pretendido buen servicio a la Nación.

Hay, también, ejemplos de dirigentes que comenzaron bien, pero que luego, engolosinados con el poder y azuzados por colaboradores ardorosamente partidarios del continuismo que les favorecería, pretendieron la continuidad en el gobierno. No advierten que el afán de prorrogarse, con elecciones o no, fue en muchos casos la principal causa de reacciones populares que ocasionaron más de una caída de un caudillo terco en retener el mando, a como dé lugar. Dos ejemplos con finales diferentes: el presidente peruano Alberto Fujimori cayó en ese intento y acabó juzgado, y en la cárcel; y el presidente colombiano Álvaro Uribe, ante la reacción negativa a su intento de ser candidato a una segunda reelección, abandonó su propósito, y así pudo seguir como un referente político en su país.

El poder enceguece al caudillo, exacerba sus ambiciones y alimenta su sueño de trascender como salvador de una nación. Y, en ese afán, hay inventos como el de “el pueblo pide que me quede”. Un embuste, especialmente cuando se ha perdido un referendo, como el del 21 de febrero de 2016 en nuestro país, en el que se proponía el prorroguismo, y “Bolivia dijo No”. Vaya afán de ser recordado como un caudillo bárbaro que no sabe salir.

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