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Dejar de culpar al otro

Andrés Gómez Vela

Cada vez que el termocefálico jefe de los cocaleros del Chapare anuncia guerra y muerte al capitalismo, al que considera como “el peor enemigo de la humanidad”, imagino que, finalmente, logra su onanismo ideológico. Su rebaño anticapitalista lo aclama y erige en su honor una estatua más grande que la del Coloso de Rodas.

Si algo así sucediera, en semanas, sus bases tumbarían ese monumento porque quedarían sin mercado para su principal producto: la coca (según, la ONU el 94% de la coca del trópico cochabambino se va al narcotráfico). Por tanto, más de 44.000 familias perderían su principal ingreso económico diario, que ronda los 40.000 bolivianos trimensuales, gracias a uno de los vicios más caros creados por el sistema capitalista: la cocaína.

El ataque casi cotidiano del gerifalte cocalero es repetido de memoria, sin un gramo de razonamiento sobre las consecuencias contra su propia gente si desapareciera el capitalismo que, según los adivinos marxistas, ya tendría que haberse hundido hace décadas, pero sigue campante. Por el contrario, ya enterró a dos de sus detractores de iracundos discursos: Fidel Castro y Hugo Chávez.

Reflejo este pasaje del poder en Bolivia para completar la idea que propuse el pasado 7 de octubre en este mismo espacio: superar el enclaustramiento mental del mar, sacudirnos, levantarnos de la derrota y caminar hacia el futuro.

Ese cambio de chip de pensamiento quedaría incompleto si no superamos el síndrome adámico, que consiste en echar la culpa de nuestras desgracias o errores a otros, como hizo Adán, que culpó a Eva y ésta, a la serpiente.

Me explico. Desde que nacimos como República, los bolivianos no estuvimos conformes con lo que éramos, como hoy no estamos conformes con lo que somos.

A principios del siglo XIX, echamos la culpa de nuestro atraso económico a los invasores españoles. Es más, quisimos revertir el pasado para que hayan sido los ingleses nuestros “invasores”; de ese modo, hubiéramos sido una sociedad desarrollada y ordenada como la de Estados Unidos, a lo que el ensayista uruguayo José Enrique Rodó bautizó después como nordomanía.

Este sentimiento ya había nacido en Simón Bolívar en 1815, cuando escribió una carta en la que se lamentaba de los vicios heredados de los españoles:

“En tanto que nuestros compatriotas no adquieran los talentos y las virtudes políticas que distinguen a nuestros hermanos del Norte, los sistemas enteramente populares, lejos de sernos favorables, temo mucho que van a ser nuestra ruina. Desgraciadamente, estas cualidades parecen estar muy distantes de nosotros, en el grado que se requiere; y, por el contrario, estamos dominados por los vicios que se contraen bajo la dirección de una nación como la española que sólo ha sobresalido en fiereza, ambición, venganza y codicia”.

Pasado el tiempo, se nos ocurrió culpar de nuestra mala situación económica a los indios. Entonces, no faltó alguien que sugiriera desindianizar y desespañolizar el país. Esta mirada se tradujo en la ciudadanización del indio a través de la educación.

Posteriormente, la revolución nacionalista de México (1910) y la revolución marxista de Rusia (1917) instigaron a la élite boliviana a responsabilizar de nuestra desgracia al extranjero y al imperialismo (estadounidense).

Como la historia gira y gira, 40 años después de la revolución nacionalista de 1952, que convirtió a los indios en sujetos políticos, el ser boliviano depositó toda su confianza en los indios, rebautizándolos como indígena originario. Prueba de su fe acuñó un eslogan publicitario: “reserva moral de la humanidad”.

En consecuencia, cambió de villanos: ya no eran los indios, sino los “kjaras” (blancos) derechistas, neoliberales, lacayos del imperialismo y ahijados del capitalismo.

El actual Gobierno central representa el epítome de ese síndrome adamita y se contagia en detalles menores como cuando el adolescente culpa a la trancadera de un atraso a una cita.

Es tiempo de asumir nuestras responsabilidades, ningún imperialista nos ha puesto un cañón en el pecho para elegir el capitalismo como sistema, menos para elegir a un gobernante populista. Ergo, está en nuestras manos liberarnos de nuestros lastres y crear nuestras circunstancias para progresar y ser felices en las condiciones dadas.

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