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La mar estaba serena… serena estaba la mar

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El barco se fue al fondo. Pero los supuestos tripulantes se salvaron porque no estaban a bordo. Como buenos capitanes debían haberse hundido con la nave, pero para eso se necesitan cojones, huevos en jerga local. Y huevos, aparte del nombre de pila del Gran Bonete, no los hay en este gobierno de mataperros, de diputados de dudosa hombría, de violadores, cocaleros, pajpakus y cortesanas de arrabal.

Debiera bastar esta humillación para terminar con el gobierno. Habría que arrearlos a chicote fuera de palacio y arrimarlos hasta el Kenko. A ver, puede ser que en la indomable Bolivia, sumisa también por contradictoria, se alineen los astros para determinar el fin del ciclo divino del masismo. No estaría mal, una profilaxis inmediata limpiada con agua de lavanda, o de Holanda si se exprime el caso.

Escriben desde un enclave italiano dentro de Cochabamba acerca de los sinvergüenzas que vacacionaban en los países bajos, creyendo orondos y ufanos que los izquierdosos de toga bastaban para la victoria. Olvidan que izquierdoso rima con nervioso, miedoso y mierdoso sobre todo. Ni la retórica del buen salvaje, bien forrado de oro este (Morales), sirvió. Ni Voltaire ni Rousseau. Por los aires escapaba el documento del premio nobel de la paz e indios, mestizos y aristócratas, todos lo mismo cuando su gremio ladrón está por encima de lo racial, ni se daban cuenta en medio de su vaho alcohólico y comercial que habían sido derrotados. Tuvieron que arrear los cueros que les cubrían los genitales y ver que el frío se los había reducido a pepitas de damasco, a tristes qurpas de desierto.

Hay que cobrar, pueblo, porque demasiado verbo pusieron en el asunto. Se pavoneaban como gallinas cluecas de estar ya exentas de trabajo, de ya no ir a la olla porque bastante dura se les había puesto la carne. Soñaron con eternidad, gloria y bucolismo de millonarios, y les escapó el tiro por atrás.

Veremos, porque duchos son en el invento y la prestidigitación, con qué salen ahora. O prepararán al glorioso ejército nacional, armado de wiphalas y pututus para lanzarlos a la reconquista. Ya los corrieron a palos en el Chaco, será recurrente verlos corretear otra vez en desbandada hacia la frontera del Brasil. Esa institución ominosa no sirve ni para el carajo. Entonces sale el segundo frente de cocaleros y ni cuenta se darán cuando los chilenos caminen sobre sus cabezotas rellenas de baba verde. Es tiempo de replantearse la patria, de plantarla, regarla y cultivarla con lo mejor de su tierra y de su agua. La escoria no sirve ni siquiera para abono. Habrá que enterrarla como desecho tóxico en el fondo del recuerdo. Y eso incluye a mucha gente; en primera fila los intelectuales de lengua rugosa y larga, los lameculos en la prensa y la sociología, en los espacios donde se enroscaron como lombrices. Hay que anotarlos, marcarlos como para una noche de cuchillos largos (habilidad nazi). A veces se puede utilizar el procedimiento enemigo para atacar. Y no implico con ello que se asesine a este grupo de delincuentes sino que se los extirpe de la vida pública y que jamás regresen. En particular a los endiosados, marcados con la saliva de Dios. A esos, el peor castigo, la inclemencia de Chonchocoro, el trono de piedra.

¿Se extenderá algún día el novelón de La Haya? Abogados cobardes, plebe entusiasmada y borracha, doñitas de inmensos aretes de oro, y dioses escapados de sus adoratorios, volverán de cabeza gacha. No olvidarán las maletas con artículos comerciales, eso no, que el negocio siempre adelanta a la patria. Y el castigo debiera siempre adelantar al negocio. O enseñamos, o aprendemos a sufrir oprobio.

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