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En defensa de letra ‘a’

Susana Seleme Antelo

Dos cosas siempre provocaron la carcajada de nuestros ancestros: que los ratones quisieran ponerle un cascabel al gato y que las mujeres quisieran gobernar, aunque solo fuera sus vidas. La cosa es simple y se llama autonomía.”  Amalia Valcárcel

La arroba ‘@’ es asexuada, y suele usarse en reemplazo de las letras que indican el género de las palabras. Dicen que es ‘no sexista’ porque elimina la preminencia masculina en el lenguaje, y por lo tanto es inclusiva, pues en vez de escribir ‘los ciudadanos y las ciudadanas’, se echa mano de la @ y se escribe “l@s ciudana@s”.  Su uso, afirman, ahorra la repetición cuando se trata de plurales u otros juegos del lenguaje. Pero no sé cómo se pronuncia y no queda más remedio que decir ‘señoras y señores’ en cualquier saludo público.

La Real Academia Española (RAE) rechaza la @ como indicador de ambos géneros, no porque defienda la autonomía de la categoría ‘mujer’, pues la docta academia es tan patriarcal, como todas las sociedades del mundo conocido, y avala la subsunción de lo femenino en lo masculino. Así, desde hace siglos, nos arrebatan nuestros rasgos específicos de mujeres, “misóginamente silenciadas e inferiorizadas”, según la mexicana Marcela Lagarde.

El patriarcado es la ideología que concibe las diferencias entre hombres y mujeres en términos jerárquicos, pues ha estratificado los sistemas de género sociales por su carácter androcéntrico e impone el genérico masculino, para subsumir la categoría mujer en la categoría hombre.  Y no se trata de una pelea contra los hombres, pues es imposible pensar nuestras vidas sin ellos: son nuestros padres, maridos, compañeros, hermanos, hijos, amantes, amigos.  En mi criterio, no es cuestión lingüística, ni gramatical, ni de género ni de número, sino que es una cuestión cultural: es la ideología política patriarcal.

Pese a ella, muchas mujeres no nos incluimos en la categoría masculina, aunque ellos y nosotras provengamos del género ‘homo’ y de la especie ‘sapiens’, porque somos biológicamente diferentes. Esas diferencias son contundentes: cromosomáticas, hormonales, genitales, percepción sensorial, neuronales y cerebrales, masa ósea, entre otras.  Mujer es lo biológico, lo anatómico, lo femenino. En cambio, la categoría sociológica ‘género’ es una construcción simbólica de la cultura patriarcal, basada en la diferenciación sexual, que define las asimétricas relaciones sociales y de poder entre hombres y mujeres.

El ‘género’ no es lo que le endilgan algunas corrientes de pensamiento fundamentalista. El sistema de género es un conjunto de mecanismos a partir de los cuales se determina los llamados roles sociales preestablecidos para hombres y mujeres, catalogados por opuestos binarios y excluyentes que parecen naturales. Por ejemplo, las mujeres son objetos/los hombres los sujetos. Esos opuestos binarios pasan por alto que las diferencias biológicas, se convierten en diferencias sociales, y definen las relaciones de asimetría entre ambos sexos.

Tras la Conferencia de Pekín de 1995, algunas feministas prefieren utilizar el término equidad frente a igualdad, ya que entendieron esa igualdad en su forma androcéntrica, en lugar del reconocimiento de una realidad específica de subordinación de las mujeres.  Y no obstante enfatizamos en la igualdad como derecho inherente de todos los seres humanos a ser reconocidos como iguales ante la ley sin discriminación por su género. Igualdad y derechos en la representación política, la educación, salud y sanidad, igualdad salarial, igualdad en base a méritos profesionales, igualdad de derechos en la distribución de bienes, servicios, prestigio y poder, y en todos los campos del quehacer sociopolítico, económico, cultural.

La equidad no es sinónimo de igualdad, va más allá y articula tanto los derechos individuales como la justicia social. La equidad parte de las condiciones y las necesidades específicas y diferenciadas de las mujeres, de forma que la igualdad otorgue condiciones y oportunidades y pueda ser efectiva, no a partir de la visión masculina.

Y también defendemos la paridad política, con o sin cuotas de género, como un nuevo desafío que compromete una nueva concepción de justicia y de sociedad, la boliviana en nuestro caso. Sin embargo, la paridad no puede ser compatible en un contexto del silencio, desposeimiento y deterioro de las condiciones de vida de las mujeres, de brechas salariales, de descripciones/exposiciones estereotipadas que las convierte en ‘objetos’. Es decir, ausencia de reconocimiento y trivialización.  Amén de que están sujetas a la violencia en todas sus formas, como la doméstica, el feminicidio, la trata y blanca de personas.  Un diputado boliviano golpea a una ex compañera sentimental, ella presenta pruebas de sus lesiones, el diputado presiona, no se denuncia el caso y el macho Alfa vuelve campante a su curul. Las leyes contra toda forma de violencia hacia la mujer duermen el sueño de la injusticia.

Vuelvo a la lengua, pues como señala la española Valcárcel es compañera de lo que se produce en el tiempo: “habla, muta, refiere y apunta, ahorra y despilfarra”. Todo lo hace al compás propio de la vida. “A trancas y barrancas, con súbitos acelerones, a las mujeres las va nombrando como lo que son: ministras, médicas, ingenieras, abogadas, directoras, que las hay de todo”, como presidentas, lideresas, alcaldesas, pilotas, genias, capitanas, generalas.

 “La cosa es simple y se llama autonomía” de las mujeres, con la letra ‘a’.

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