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Nos rebelamos, luego somos

Susana Seleme Antelo

Cada nuevo año corresponde desear felicidades. Las ofrezco sinceramente, y no obstante, recurro a una de sus acepciones: “felicidad es la ausencia de inconvenientes o tropiezos”. En términos políticos estamos rodeados de inconvenientes, producidos por el autoritario y autocrático círculo de poder centralista, imposible de ignorar.

Tropezamos con un régimen empeñado en su continuismo “para toda la vida”, a pesar de que se lo impide la Constitución y el voto soberano del 21 F de 2016, que dijo NO a la cuarta elección de Evo Morales y su vice Álvaro García, en 2019.

La obstinación por el poder conlleva una deformada visión de la historia y los sucesos políticos, militares, socioeconómicos, étnico-raciales y culturales que jalonaron el devenir de lo que fue la República de Bolivia, hoy Estado Plurinacional, chanza de mal gusto. El poder asume esa deformación/manipulación como verdades absolutas, e ignora que la realidad es síntesis de múltiples determinaciones. Con 13 años de dominación, cuasi total, el régimen ha perdido la noción de la realidad. Lo que ocurre y transcurre en la sociedad, como totalidad concreta, diversa y compleja le es ajena por el patológico Síndrome de Hubris (desmesura) que produce el ejercicio del poder prolongado sin contrapesos.

Desde ese poder, se incubaron odios ancestrales bajo el argumento de que en Bolivia existen 36 naciones indígenas, sojuzgadas por blancos y mestizos, como pregona el Vice. Se dice marxista-comunista, propio de la lumpen inteligencia populista. Así alentó resentimientos de clase, raciales e ideológicos. La escasa representación política indígena, fue manipulada sin la menor ética política y, sin embargo, sigue siendo un lastre, pues hoy tampoco existe inclusión real. Aquí siguen ausentes las tres “r” de Nancy Fraser: reconocimiento, redistribución, representación.  Bien podrían definirse esas falencias como lo que Eliane Brum llama “la venganza de los resentidos”, sobre la victoria de Jair Bolsonaro en Brasil.

A título de reivindicación indígena, el odio lo invadió todo. Empezó contra la “Media Luna”, así llamada por la forma geográfica que adoptó la lucha de los departamentos que exigían autonomías regionales, como forma de administración política y de distribución de recursos frente al rigor centralista: Pando, Beni, Santa Cruz, Tarija y parte de Chuquisaca.

Ese odio político regional produjo los 13 muertos de la masacre de Porvenir, orquestada desde el poder central, septiembre 2008, y el exprefecto de Pando, con 10 años de juicio, preso y sin sentencia.  También la ejecución extrajudicial de tres europeos en un hotel de esta capital -abril 2009- con 39 bolivianos imputados de ‘sedición armada y terrorismo’. “El juicio del siglo”, lo llama el periodista Harold Olmos, o “El indebido proceso”, el abogado Gary Prado Araúz, es una mascarada judicial, con presos, detenciones domiciliarias, perseguidos y exiliados, sin prueba alguna.

Destinatarios del resentimiento oficialista son los más de 1000 exiliados políticos, entre ellos, exministros del gobierno de Gonzalo Sánchez de Losada, electo democráticamente y derrocado por un alzamiento popular que se oponía a la venta de gas a Chile, país ante el que perdimos el Litoral, en la Guerra del Pacífico, en 1879.  Lo volvimos a perder en la Corte Internacional de Justicia de La Haya, octubre 2018, por planteamiento deficiente y porque el régimen confundió información con opinión.

Christian Urresti, José María Bakovic, Edson Ruíz, Rodolfo Illanes son parte de 100 crímenes de odio. Ese odio que olvida que en 1982 fueron derrotados 18 años de dictaduras militares por partidos políticos, como instituciones de la democracia, sobre los que el oficialismo hoy destila resentimiento y aplica con ahínco ‘guillotinas judiciales’ a los opositores. Morales quiere partido único.

A trancas y barrancas, los políticos de entonces plantaron los cimientos de un Estado de Derecho como garantía de libertades, institucionalidad democrática, respeto a los Derechos Humanos, libertad de prensa, entre otras conquistas, que el régimen de Morales ha desmantelado con fruición para cumplir con sus mandantes caribeños.

Su “proceso de cambio” fue “cambiar para que nada cambie”: capitalismo extractivo a rajatabla, cero diversificación económica, escaso trabajo productivo, informalidad avasallante, como estrategia de sobrevivencia de los excluidos, amén del corporativismo cocalero, que cultiva la materia prima de la cocaína, hoy convertida en burguesía productiva, con sus afines antisistémicos. Amén del asalto a la esfera pública, ineficiencia y corrupción convertida en cleptocracia, tras el ciclo de hiperprecios de materias primas, hoy en vertical caída.

Como sobreviviente de la derrota a las dictaduras me asiste el derecho a la rebelión en democracia. Y vuelvo a decir NO al binomio Morales-García, ya en tramposas primarias o en elecciones generales, con un Tribunal Electoral como árbitro, siendo cómplice del oficialismo.

De la rebelión nace la conciencia democrática contra la opresión. “Yo me rebelo, luego nosotros somos”, dijo Albert Camus, en “El hombre Rebelde”. Con ese rumbo, puedo desear felicidad colectiva para Bolivia en 2019, sin Morales ni aprendices de dictadores.

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