ArtículosH. C. F. MansillaUn siglo para juzgar

Las causas para la relativa facilidad de la conquista del poder por Stalin después de la Revolución de Octubre

H. C. F. Mansilla

Friedrich Engels afirmó en 1883 (en su Oración fúnebre consagrada a su amigo Karl Marx) que la doctrina marxista brindó al proletariado la percepción “científica” de su propia situación y la consciencia de las condiciones de su emancipación. Pero en un lapso de pocos años, el marxismo se transformó en un dogma impermeable al cambio y en un instrumento de dominación y disciplinamiento. Esta evolución, que comenzó en el seno de los partidos socialdemocráticos, fue consolidada y reforzada considerablemente por Vladimir I. Lenin y por la victoriosa Revolución de Octubre en Rusia. Ha sido una historia deprimente desde sus inicios.

La tesis principal que quiero exponer es la siguiente. La toma del poder por I. V. Stalin y la edificación de un régimen abiertamente totalitario en la Santa Rusia muy poco tiempo después de la Revolución de Octubre (1917) fueron posibles porque casi todos los dirigentes bolcheviques y hasta los grupos opositores a Lenin y Stalin dentro del partido comunista compartían un idéntico desprecio por el pluralismo democrático y el Estado de derecho. Todos ellos se habían formado en el seno de una cultura política autoritaria de vieja data, de la cual ellos no eran conscientes y menos críticos. Esta relativa ceguera con respecto a valores culturales y normas colectivas de orientación era asimismo un signo distintivo de numerosos intelectuales progresistas en Europa occidental, como Rosa Luxemburg, y resultaba muy evidente en las grandes personalidades del partido comunista que se opusieron a Stalin en un principio.

Desde un comienzo

Rosa Luxemburg (1871-1919) fue una de las exponentes más notables de un marxismo independiente y por ello un caso muy interesante para observar la tesis de un amplio rechazo a la democracia pluralista y de un aprecio concomitante al dogmatismo marxista.

Ya en 1904 ella censuró el “ultracentralismo brutal” contenido en la nueva concepción del partido de Lenin: esta sería el intento de introducir la disciplina del cuartel, la fábrica y de los estamentos burocráticos al interior del partido socialdemocrático, dando como resultado una élite dirigente privilegiada y una masa de seguidores sometidos a la obediencia más estricta y separados para siempre de la cúpula decisoria. Como se sabe, Luxemburg mantuvo esta posición crítica con respecto al partido bolchevique después de la Revolución de Octubre de 1917.[1] Pero al mismo tiempo ella sostuvo como verdades indubitables algunos teoremas importantes del marxismo que ya entonces eran altamente controvertidos: la validez intangible de todos los pronósticos de Marx en torno al desarrollo de la economía capitalista, la polarización incesante de clases, la pauperización creciente del proletariado, la necesidad de subordinar las labores sindicales a las políticas, la inutilidad de toda labor parlamentaria (el sistema parlamentario como “cretinismo”), el carácter meramente “formal” de la burocracia “burguesa” (contrapuesto a la verdadera democracia socialista) y la obligación de impedir todo “reformismo pequeno-burgués”[2]. Por otra parte, Rosa Luxemburg reiteró el tópico marxista de rechazar y combatir la organización federal de un Estado, los particularismos regionales y las peculiaridades históricas preburguesas y pre-industriales en cuanto reliquias singularmente odiosas del régimen “feudal”; el centralismo estatal de corte unitario constituiría uno de los grandes logros del capitalismo, que la revolución socialista debería profundizar a toda costa y que sería especialmente adecuado para países con varias nacionalidades como Rusia. Rosa Luxemburg se opuso tenazmente a la independencia de su patria, Polonia.

También Lëv D. Trotzki (1879-1940) criticó en 1904 acremente la concepción leninista del partido, posición de la cual Trotzki abjuró definitivamente en 1917, cuando se plegó a la doctrina leninista en cuestiones de organización y cuando Lenin se adhirió, en lo esencial, a su teoría de la revolución permanente[3]. De modo clarividente Trotzki previó que el modelo leninista produciría dos efectos fatales: la élite de revolucionarios profesionales tomaría a su cargo la labor de “dirigir y educar” al proletariado y este la de obedecer. El partido sustituiría la voluntad del proletariado, el comité central la del partido y el “dictador” la del comité central[4].

Después de renunciar a este enfoque crítico, Trotzki se convirtió –o volvió a ser– un apologista de los tópicos más reaccionarios y de los métodos más duros del régimen soviético: con toda razón se lo ha llamado un precursor del estalinismo[5].

Los opositores a Stalin

Trotzki, el creador del Ejército Rojo, fue un genio de la organización y las estrategias militares; pero, en su calidad de Comisario del Pueblo para el Ejército y la Marina y Presidente del Soviet Supremo Militar, ordenó el 8 de agosto de 1918 la erección de “campos de concentración” no sólo para “saboteadores y oficiales contrarrevolucionarios”, sino para los “parásitos sociales” y todo aquel opositor que saliese con vida de un juicio militar sumario[6].

Esta actitud se inscribe en su vehemente rechazo a toda manifestación de rebeldía e insubordinación contra sus ideas y órdenes, aunque sea sólo en el campo intelectual. La historia posterior del trotskismo y de la IV Internacional –una historia de mezquindades ridículas y escisiones pintorescas, que no aportó nada al flo- recimiento de un marxismo crítico– tiene que ver probablemente con ese espíritu de intolerancia y sectarismo, por demás cercano a las tradiciones rusas y asiáticas más habituales de su tiempo.

En este sentido no es de extranar que Trotzki haya defendido la utilización de cualesquiera medios para alcanzar determinados fines, con el argumento de que ello ha sido lo corriente a lo largo de la historia universal[7]. Aparte de celebrar el rol progresista de la violencia política, Trotzki compartió la difundida opinión de que los derechos humanos, la democracia representativa y el pluralismo ideológico constituirían meras formalidades con utilidad instrumental[8]. Contra las fracciones de izquierda dentro del partido bolchevique y basado en la idea muy convencional de que el Hombre es perezoso por naturaleza, Trotzki propuso (con cierto éxito) en 1920 la militarización de las relaciones laborales y de los sindicatos para conseguir la disciplina, el sacrificio y el sentido de jerarquías que sólo se da en el ejército, apoyado en este punto por su famoso adversario Nikolai I. Bujarin (1888-1938), después de Lenin el teórico más destacado del partido[9].

En el exilio y tras experimentar en carne propia los rigores de pertenecer a la oposición, numerosos líderes comunistas, entre ellos Trotzki, descubrieron y reconocieron tibiamente las bondades de la legalidad y la democracia burguesas, pero sin jamás admitir la propia responsabilidad en la edificación de un orden totalitario. En su análisis del estalinismo de 1936 Trotzki afirmó que la Unión Soviética se había convertido en una sociedad dual: socialista con respecto a la propiedad de los medios de producción, pero “burguesa” en relación a los odiosos mecanismos de control y coerción. Lo “burgués” seguía encarnando lo negativo, mientras que lo “socialista” –contra toda la experiencia fáctica– continuaba representando únicamente factores positivos. La concepción de que la Unión Soviética era un Estado socialista con “degeneraciones burocráticas”, pero socialista al fin y al cabo, no ayudó ni a iluminar el pasado ni a construir un marxismo genuinamente crítico, y más bien contribuyó a seguir arrastrando y exaltando un legado pleno de errores y monstruosidades[10].

Por lo demás, Trotzki y su adversario Bujarin impidieron el surgimiento de un pensamiento genuinamente crítico al repetir hasta el cansancio los lugares comunes de su entorno: para superar el periodo de transición al comunismo pleno hay que restablecer las jerarquías y los castigos e instaurar una especie de dictadura pedagógica[11], donde la disciplina laboral resultaba indispensable.

Las libertades laborales de los obreros en Occidente serían la manifestación de una crisis incurable. El mercado libe reflejaría la irremediable anarquía del orden burgués, y la polarización de clases en los países capitalistas avanzaría sin cesar. La dictadura pedagógica se aviene con la visión tecnocrática que tenía la cúpula bolchevique en torno al funcionamiento de la sociedad: una élite de militares, políticos y gerentes es imprescindible porque la masa de los simples trabajadores no se percata de los complejos problemas asociados a los procesos productivos y administrativos de un Estado moderno.

La diferencia decisiva entre capitalismo y socialismo era vista por Trotzki mediante el “lenguaje de las cifras”; éxitos en producción y productividad y otros factores cuantitativos determinarían cuál es el orden superior. En una de sus últimas obras (La revolución traicionada), que denota un cierto espíritu escéptico, Trotzki aseveró que el socialismo no ganó su “derecho al triunfo” en las páginas de El capital de Marx, sino en un enorme territorio geográfico y por medio del “idioma del hierro, del cemento y de la electricidad”[12].

De esta manera las metas normativas establecidas por la modernidad capitalista permanecieron vigentes en el imaginario comunista de todas las corrientes. Bujarin y el destacado economista Evgeni A. Preobrazhenski (1886-1937) –ambos pertenecían entonces a la fracción de izquierda– pensaban en 1919 que el mundo y las sociedades humanas no ofrecerían resistencia seria a un cambio revolucionario inducido por aquellos que conocen el rumbo de la historia y sus necesidades. Lo razonable sería un desarrollo basado esencialmente en el despliegue impetuoso de la técnica y en enormes proyectos de industrialización e infraestructura. Esta “alianza entre la ciencia[13] y la industria” estaría inextricablemente ligada a la pronta desaparición del dinero, del Estado, la burocracia y de la administración de justicia: una utopía, en la cual también creyeron Marx y Engels.

Lenin, Stalin, Trotzki y Bujarin –como casi todos los marxistas rusos– sostuvieron durante largo tiempo que las decisiones del partido comunista eran la encarnación de la verdad. Esta no se conocía a través del análisis teórico o el debate libre de puntos controvertidos, sino mediante las determinaciones del comité central.

En mayo de 1924, cuando los acontecimientos y su soberbia ya lo habían colocado en la oposición, Trotzki afirmó que “no se puede tener razón contra el partido” y que el partido siempre la tiene porque es “el único instrumento que la historia concedió al proletariado para resolver sus problemas”[14]. De acuerdo a casi todos los líderes comunistas, no se podía tener razón fuera del partido. El éxito posterior del estalinismo estuvo garantizado desde un primer momento porque hasta sus adversarios más lúcidos creían que el partido personificaba una verdad histórica superior y una forma de organización política más perfecta que todas las inútiles construcciones de la democracia formal y burguesa. No hay duda de que la cultura política del autoritarismo de la Rusia presocialista y la idea de la verdad histórica incorporada en la rígida estructura del partido favorecieron el surgimiento y la consolidación de la dictadura estalinista[15]. No es superfluo recordar que Lenin mismo coadyuvó a este resultado mediante su estricto control sobre toda actividad del partido bolchevique y su rechazo explícito a toda libertad de expresión y crítica en el seno del mismo, libertad que Lenin calificó tempranamente como oportunismo, eclecticismo y oscurantismo[16].

La universalidad de la modernización totalitaria

Es interesante mencionar, así sea de forma muy breve, que mucho antes de la asunción de Stalin al poder supremo las diferentes corrientes de oposición con respecto a la ortodoxia leninista –la “Oposición Obrera”, los “Centralistas Democráticos”, la “Verdad Obrera”, las agrupaciones anarco-sindicalistas, los rebeldes de Kronstadt, el “Grupo de los 46”–, no aportaron ningún elemento que posteriormente fructificara un marxismo crítico o promoviese una cultura política genuinamente democrática. Estas tendencias personificaron ciertamente “la consciencia de la revolución”[17], puesto que ellas intentaron con todo candor transformar los ideales de 1917 en realidad: solidaridad inmediata entre todos los proletarios y revolucionarios, extinción paulatina del Estado y de sus instancias represivas, terminación de medidas coercitivas en lo relativo a la libertad de expresión y asociación, autonomía para las fracciones en el seno del partido, autonomía sindical y rechazo tanto de las degeneraciones burocráticas del gobierno como de la militarización en la esfera laboral. Pero se trataba de una oposición profundamente dividida, incapaz de actuar en la esfera político- institucional, interesada sobre todo en restaurar la libertad de acción del movimiento sindical y la validez de algunos derechos humanos masivamente pisoteados por el gobierno bolchevique.

Eran grupos políticos inmersos completamente en la tradición histórico-cultural del autoritarismo[18]. Igual que sus oponentes; rehusaban con la misma vehemencia el pluralismo ideológico, la democracia “formal”, las prácticas liberales y la economía de mercado. Su interés por la esfera teórica fue simplemente nula, aunque hay que reconocer que reavivaron un impulso loable por la conexión entre política y ética, que fructificó sin duda la fuerte dimensión moral de la oposición soviética después de la Segunda Guerra Mundial.

Las principales demandas de la oposición rusa alrededor de 1920-1924 consistían en (1) la industrialización masiva, (2) la colectivización de la agricultura y (3) la planificación exhaustiva, lo que conllevaba necesariamente la abolición del mercado y de los productores independientes. Posteriormente la ortodoxia estalinista hizo suyas estas demandas. En el plano de la teoría esto significó la carencia de una consciencia crítica frente a los intentos de la modernización totalitaria estatista, que, después de todo, fue la constante en Rusia a partir del zar Pedro I el Grande: a nadie le sorprendió la mixtura de la tecnología occidental y el legado de la cultura política del autoritarismo. La adopción de elementos centrales del capitalismo alemán de guerra se combinó inextricablemente con el viejo mesianismo ruso y con formas secularizadas del milenarismo popular de aquellas tierras: la europeización de Rusia en el campo técnico-económico se conjugó con un retorno a modelos asiáticos de despotismo tradicional[19]. El gran logro de la Rusia comunista fue la creación de un modelo relativamente estable (durante setenta anos) que aunaba una modernización burocrática, decretada desde arriba y copiada de modelos foráneos, con una herencia socio-cultural signada por la carencia de elementos racionales, humanistas, liberales y democráticos. Precisamente el hecho de que nadie analizó teóricamente esta constelación y extrajo las consecuencias ético-políticas de la misma es uno de los factores para aseverar que nunca hubo un marxismo genuinamente crítico en la antigua Unión Soviética.

A partir de 1917 en Rusia y después de 1945 en Europa Oriental y en el Tercer Mundo ortodoxos y disidentes del marxismo aceptaron como obvio e inevitable un modelo de desarrollo que era, en el fondo, un sistema autoritario –cuando no totalitario– de modernización, que mediante los conocidos procesos de la industrialización acelerada, la acumulación forzada de capital, la explotación inhumana de los productores independientes y los campesinos, la educación especializada y hasta las manipulaciones poblacionales (traslados coercitivos de enormes segmentos de varias etnias de una zona a otra), trató de alcanzar y superar la evolución de las naciones occidentales en un espacio muy breve de tiempo. En 1924 Evgeni A. Preobrazhenski, quien siempre perteneció a la oposición izquierdista dentro del Partido Comunista de Rusia (B), manifestó en el marco de su teorema de la “acumulación primaria socialista” cínica pero correctamente que los campesinos conformarían “las colonias” del proletariado industrial en explícita alusión al rol que jugaron las colonias de ultramar en el proceso de la acumulación capitalista primaria[20]. Ya en 1920 Grigorij E. Zinov’ev (1883-1936), el gran dirigente de la fracción de izquierda, íntimo colaborador de Lenin y presidente de la Internacional

Comunista, había sostenido que las partes asiáticas de la Unión Soviética constituirían una especie de colonias para la Rusia europea[21].

Lo que faltó a la teoría de los opositores marxistas antistalinistas fue una reflexión crítica en torno a una problemática central. La transferencia de recursos del sector presocialista (campesino y artesanal) al socialista (industrial y burocrático), es decir la “acumulación primaria socialista”, representa una contradictio in adiecto según la doctrina primigenia de Karl Marx. La contaminación del “reino de la libertad” con los elementos alienantes y despóticos de regímenes presocialistas hace imposible la crítica y el distanciamiento con respecto a estos instrumentos y procesos, los disimula como algo ineludible (y relativamente inocuo) y los perpetúa así como fenómenos obvios y “naturales” inherentes a todo orden socialista. El disciplinamiento de toda la población mediante el uso generoso de procedimientos represivos revigoriza las tradiciones más autoritarias del pasado. El capitalismo alemán de guerra representó para Vladimir I. Lenin, como se sabe, un dechado de virtudes digno de ser imitado en la Rusia soviética. Todos los trabajadores deberían ser congregados en un solo organismo económico que trabajase con la precisión de un reloj, organismo que tendría que obedecer la voluntad unitaria de un único dirigente.

Todos los obreros deberían ser empleados del Estado; el socialismo no sería otra cosa que un monopolio del capitalismo de Estado utilizado para el provecho de todo el pueblo[22]. Lenin propugnó la utilización de los medios más represivos para alcanzar sus fines:aconsejó no arredrarse ante los “procedimientos bárbaros” de Pedro el Grande para luchar contra la “barbarie”[23], que era, en realidad, lo premoderno. Esta posición, que privilegia la centralización, los métodos militares y la burocracia en cuanto los mecanismos más eficientes de organización social, ha sido inmensamente popular en todos los partidos comunistas y en círculos de marxistas de toda laya. Su inconveniente estriba en que se halla contrapuesta a las presuposiciones que Marx atribuyó a un régimen socialista: el acercamiento efectivo al “reino de la libertad”, la terminación de los fenómenos de alienación y enajenación, la paulatina extinción del Estado, el libre desenvolvimiento del individuo eximido de las coerciones sociales.

Todos estos elementos facilitaron indudablemente el advenimiento del estalinismo, máxime si este régimen conllevó el renacimiento de prácticas y valores asociados a lo que se ha llamado el asiatismo. La construcción del socialismo en el seno de una sociedad que no estaba preparada para ello[24] ha tenido asimismo una relevancia considerable en la esfera de la teoría: no sólo no se promovió ningún impulso realmente crítico, sino que el Estado usó todos los medios a su alcance para transformar el marxismo en un instrumento legitimatorio del poder. Uno de los resultados de este proceso fue el continuado descenso del nivel teórico: en la obra de Lenin el ímpetu crítico y los elementos heurísticos son

ya muy limitados si se los compara con aquellos de los padres fundadores del marxismo, y bajaron aún más hasta tocar fondo con Iosif V. Stalin (1879-1953), sus secuaces y cortesanos[25]. De todas maneras los escritos de Stalin son muy interesantes para comprender las motivaciones, las metas y los intereses profanos de una buena parte de los marxistas hasta etrada la década de 1960[26]. En ellos aparecen algunos tópicos del marxismo institucional con toda claridad: el ensalzamiento del colectivismo y el vituperio del individualismo; la creación téorica como fabricación de contestaciones simples y fácilmente comprensibles a cuestiones predefinidas de tal modo que es posible una sola respuesta; exégesis de citas clásicas en un tedioso estilo de catecismo como principal trabajo intelectual; concepción maniqueísta del universo y del Hombre (lo “correcto” frente a lo “equivocado”); la investigación científica como recuperación y aplicación de verdades ya manifestadas ex cathedra por los clásicos y sus intérpretes autorizados; teorema y postulados de los padres fundadores considerados como hechos empíricos comprobados; la dialéctica como una doctrina armonicista donde finalmente se diluyen todas las contradicciones.

La transformación del marxismo en un saber legitimatorio ocurrió en una sociedad necesitada urgentemente de todo tipo de justificaciones. Se requería, por ejemplo, de una ideología que confirmara la validez de “leyes de hierro” de la evolución histórica para exculpar o encubrir los actos voluntaristas de los grandes dirigentes (que fueron decisivos para la Revolución de Octubre y la construcción de un orden técnicamente moderno bajo Stalin). Se precisaba de una ideología compensatoria para velar la diferencia entre la realidad prosaica de cada día, plena de los más terribles sacrificios, y los postulados emancipatorios del marxismo original.

Conclusiones provisionales

Una de las principales insuficiencias de casi todas las variantes del marxismo ha sido su capacidad relativamente limitada de comprender la complejidad del mundo moderno de manera realista.

Su posición fundamentalmente simplista le impidió percibir las múltiples funciones que cumplen los medios generales y generalizables de la modernidad: el dinero y el poder. La identificación de estos con las fuentes centrales de la alienación deja de lado los variados, razonables e imprescindibles roles que estos medios cumplen para hacer caminar las complicadas sociedades actuales.

De ahí la ilusión de que la eliminación de la propiedad privada sobre los medios de producción terminaría pronta y definitivamente con la fuente principal de la enajenación, lo que resultó ser falso.

En la misma línea Marx y casi sus discípulos sobrevaloraron las tareas que el Estado debía cumplir en la etapa socialista, una vez superado el modo capitalista de producción. No se imaginaron, sobre todo, que el aparato estatal podría reproducir y hasta magnificar el legado autoritario de muchas tradiciones culturales, creando una administración pública hipertrofiada y burocratizada, junto con una élite política que se apoderó de las prerrogativas más odiosas. Marx y hasta los marxistas críticos no concibieron la posibilidad de un estrato altamente privilegiado a causa de su acceso al poder y de su control sobre la enorme burocracia (sin poseer los medios de producción en sentido legal), y, por lo tanto, no se preocuparon de medidas e instituciones que regulen y refrenen sus dilatadas potestades. Marx, Lenin y hasta los marxistas críticos del presente creyeron que el socialismo y la estatización de los medios de producción traerían consigo “la administración de cosas” en lugar del “gobierno de las personas” (Friedrich Engels), pero no advirtieron que las cosas se administran siempre junto a hombres de carne y hueso y que cualquier administración (y con más razón una inmersa en un mundo complejo) significa el establecimiento de competencias, la creación de jerarquías, la especialización de roles y el surgimiento de privilegios. Esta necesaria diferenciación de grupos y estratos no concuerda con el esquema estático y relativamente simple que Marx propuso y que sus discípulos conservaron en lo fundamental: en los países altamente desarrollados no llegó a constituirse un proletariado revolucionario, consciente de su situación de clase inmensamente mayoritaria y de su misión histórica y revolucionaria, que tomara a su cargo la emancipación de la sociedad como totalidad. La consciencia de clase de los obreros en el capitalismo occidental resultó ser afín al reformismo socialdemocrático, puesto que sus ilusiones y esperanzas cotidianas no tenían como punto de referencia las nostalgias utópicas y milenaristas de los intelectuales marxistas.

La postulada redención del mundo histórico-político se quedó así sin una clase socialmente mayoritaria que le sirva de sustrato material.

Finalmente, ni las variantes más críticas del marxismo realizaron aportes significativos a los debates de las últimas décadas. La discusión ecológica y demográfica, la investigación de la cultura de masas, las aporías de la civilización industrial, las diferencias entre trabajo, praxis e interacción, las contribuciones del psicoanálisis socio-político y los aspectos negativos asociados (1) a toda modernidad, (2) al igualitarismo excesivo y (3) al progreso material incesante, quedaron fuera del horizonte teórico del marxismo, que por ello no ha logrado aprehender la complejidad del mundo contemporáneo.


[1] Rosa Luxemburg, Organisationsfragen der russischen Sozialdemokratie (Cuestiones organizativas de la socialdemocracia rusa) [1904], en: Rosa Luxemburg, Schriften zur Theorie der Spontaneität (Escritos sobre la teoría de la espontaneidad), compilación de Susanne Hillmann, Reinbek: Rowohlt 1971, pp. 71, 74-80.- Cf. sus observaciones ejemplarmente críticas acerca de la dictadura del partido bolchevique (heredero de las estrategias conspirativas de los jacobinos) en su obra póstuma: Die russiche Revolution (La Revolución rusa), en: ibid., p. 171, 188.

[2] Rosa Luxemburg, Die russische…, ibid., p. 191.- Sobre la obra de Rosa Luxemburg cf. F. L. Carsten, Freiheit und Revolution: Rosa Luxemburg (Libertad y revolución: Rosa Luxemburg), en: Leopold Labedz (comp.), Der Revisionismus (El revisionismo), Colonia / Berlin: Kiepenheuer & Witsch 1966, pp. 68-95, especialmente pp. 78-81.

[3] L. D. Trotzki, Die permanente Revolution (La revolución permanente), Frankfurt: EVA 1971, pp. 24-25, 62-63, 112, 123.- En esta obra Trotzki sistematizó su concepción que sería particularmente popular en las periferias europeas, en tierras del Tercer Mundo y entre revolucionarios profesionales: la revolución socialista brotaría de modo más probable en aquellas sociedades subdesarrolladas que denotaran una mayor madurez político-ideológica que en las naciones económicamente más avanzadas. La “revolución democrático-burguesa” tendría lugar conjuntamente con la socialista y en un lapso temporal extremadamente breve. Aunque el triunfo definitivo de una revolución socialista estuviera ligado, según Trotzki, a la expansión de la misma a las sociedades altamente industrializadas, el lugar para el estallido revolucionario se trasladó a comunidades históricamente menos evolucionadas y se potenció el rol del factor subjetivo, es decir la función central y dirigente de la élite de revolucionarios-intelectuales.

[4] L. D. Trotzki, Unsere politischen Aufgaben (Nuestras tareas políticas) [1904], en: Trotzki, Schriften zur revolutionären Organisation (Escritos sobre la organización revolucionaria), compilación de Hartmut Mehringer, Reinbek: Rowohlt 1970, p. 68, 73 (teorema de la sustitución de voluntades políticas).

[5] El título de un libro de Willy Huhn es tan preciso como lacónico: Trotzki –der gescheiterte Stalin (Trotzki –el Stalin fracasado), Berlín/W: Kramer 1973. Cf. Otras críticas a Trotzki: N. Osinski [Valerian V. Obolenski], Zur Frage der “Militarisierung der Wirtschaft” (Sobre la cuestión de la “militarización de la economía”) [1920], en: Frits Kool / Erwin Oberländer (comps.), Arbeiterdemokratie oder Parteidiktatur (Democracia de los trabajadores o dictadura del partido), Olten/Freiburg: Walter 1967, pp. 141-157 (vol. 2 de la excelente serie: Dokumente der Weltrevolution [Documentos de la revolución mundial], compilación de Herbert Lüthy); Robert Vincent Daniels, The Conscience of the Revolution. Communist Opposition in Soviet Russia, Cambridge: Harvard U. P. 1965, pp. 104, 108-109, 121-124, 194, 224, 231, 240 (la obra más destacada y mejor documentada sobre esta temática).

[6] Willy Huhn, Trotzki und die proletarische Revolution (Trotzki y la revolución proletaria), en: Huhn, op. cit. (nota 5), pp. 38-39.- Es una de las primeras menciones explícitas en toda la historia al concepto de “campo de concentración”.

[7] L. D. Trotzki, Terrorisme et communisme. L’Anti-Kautsky [1920], París: Union Générale d’Editions 1963, p. 28 y caps. II & III; en 1935 mantuvo esta posición, afirmando que la violencia es la ley histórica del progreso: Trotzki, Préface à la deuxième édition anglaise, en: ibid., pp. 314-315.

[8] Trotzki, Terrorisme, ibid., pp. 57-83, 99-107, 315.

[9] Trotzki, ibid., pp. 204-205, 208-226.- En igual sentido: Nikolai I. Bujarin, Ökonomik der Transformationsperiode (Economía del periodo de transformación) [1920], Reinbek: Rowohlt 1970, pp. 110, 116-117, 127, 155-156.- Bujarin, que entonces era uno de los dirigentes de la fracción de izquierda, afirmó que la nueva disciplina militar hubiera sido bajo circunstancias capitalistas una especie de esclavismo, pero bajo un régimen socialista se convertía casi automáticamente en la “auto-organización de la clase proletaria”; la libertad de elegir sin coerciones el puesto laboral conformaría una reliquia del individualismo, la insolidaridad y la desorganización del capitalismo, y su supresión sería una conquista socialista (ibid., p. 156).- Sobre Bujarin cf. la bibliografía en: ibid., pp. 192-195; Sydney Heitman, Zwischen Lenin und Stalin: Nikolai I. Bujarin (Entre Lenin y Stalin: Bujarin), en: Leopold Labedz (comp.), op. cit. (nota 2), pp. 96-114.

[10] L. D. Trotzki, Verratene Revolution (Revolución traicionada) [1936], Frankfurt: Neue Kritik 1968, p. 56-58.

[11] Trotzki, Terrorisme, op. cit. (nota 13), pp. 290-291; Bujarin, op. cit. (nota 9), p. 9, 30-55, 114, 130; interesantes testimonios en: A. G. Löwy, Die Weltgeschichte ist das Weltgericht. Bujarin: Vision des Kommunismus (La historia universal es el Juicio Final. Bujarin: visión del comunismo), Viena etc.: Europa 1969, p. 154.

[12] L. D. Trotzki, Verratene Revolution, op. cit. (nota 10), p. 12. El mismo tenor posee una obra anterior de Trotzki, cuando aun tenía plena plena confianza en el modelo soviético y no se había percatado de sus “degeneraciones burocráticas” [1924]: Kapitalismus oder Sozialismus? Eine Betrachtung der Sowjetwirtschaft und ihrer Entwicklungstendenzen (.Capitalismo o socialismo? Observaciones sobre la economía soviética y sus tendencias de desarrollo), Berlín: Neuer Deutscher Verlag 1925, p. 20, 58.

[13] Bujarin afirmó que la “ciencia proletaria” es per se superior a toda ciencia burguesa y que por eso los marxistas tendrían el derecho de exigir acatamiento a sus “verdades”: N. I. Bujarin, El materialismo histórico, Madrid: Cenit 1933, p. 12.

[14] L. D. Trotzki, Discurso ante el XIII Congreso del PCR (B), en: Kostas Papaioannou, Marx et les marxistes, París: Flammarion 1972, p. 374. Testimonios similares (y escalofriantes) referidos a Bujarin en: ibid., p. 380; A. G. Löwy, op. cit. (nota 11), p. 281.

[15] Cf. la obra clásica de Robert Vincent Daniels, op. cit. (nota 5), pp. 169, 179, 179, 221, 240, 304-311, 318.

[16] 16 Vlamidir I. Lenin, Was tun? (.Qué hacer?) [1902], en: Lenin, Werke (Obras), Berlin / RDA: Dietz 1960, t. V, p. 361 y siguientes; cf. el excelente estudio de Kostas Papaioannou, L’idéologie froide. Essai sur le dépérissement du marxisme, París: Pauvert 1967, pp. 43-44, 61-62.

[17] Así las denominó Roberto Vincent Daniels en su exhaustiva y dramática obra: op. cit. (nota 5), passim. Sobre estos grupos y su trágico destino cf. la excelentes compilación: Gottfried Mergner (comp.), Die russische Arbeiteropposition. Die Gewerkschaften in der Revolution (La oposición rusa de los trabajadores. Los sindicatos en la revolución), Reinbek: Rowohlt 1972.

[18] Por ello fue extraordinariamente fácil establecer un aparato altamente burocratizado y bastante eficiente, la policía secreta, encargada de combatir a enemigos políticos reales e imaginarios. En torno a este objetivo se puede constatar una sintomática unanimidad entre Lenin y Stalin, Bujarin y Trotzki, la oposición de izquierda y las fracciones de derecha. Sólo hubo alguna controversia en torno a la aplicación de métodos y a la intensidad de las medidas represivas. Cf. Borys Lewytzkyj, Die rote Inquisition. Die Geschichte der sowjetischen Sicherheitsdienste (La inquisición roja. La historia de los servicios soviéticos de seguridad), Frankfurt: Societät 1967.

[19] Cf. sobre esta temática: Emanuel Sarkysianz, Russland und der Messianismus des Orients (Rusia y el mesianismo oriental), Tübingen: Mohr-Siebeck 1955, p. 7, 138, 168; Richard Pipes, Russland vor der Revolution. Staat und Gesellschaft im Zarenreich (Rusia antes de la revolución. Estado y sociedad bajo el imperio zarista), Munich: dtv 1984, passim; Umberto Melotti, Marx y el Tercer Mundo, Buenos Aires: Amorrortu 1974.- En todas las variantes del marxismo crítico faltó una obra como estas, que interpretan hasta cuál grado el socialismo realmente existente preservó necesaria y conscientemente las tradiciones autoritarias y totalitarias de la época presocialista.

[20] E. A. Preobrazhenski, Die neue Ökonomik (La nueva economía) [1924/1926], Berlín/W: s.e. 1971, passim. Sobre esta discusión cf. Alexander Erlich, The Soviet Industrialization Debate 1924-1928, Cambridge: Harvard U. P. 1967.

[21] G. E. Zinov’ev, Discours au Soviet de Petrograd du 17. IX. 1920, en: Kostas Papaioannou, Marx…, op. cit. (nota 14), p. 345. (Otros testimonios de los más prominentes líderes bolcheviques sobre esta temática y con el mismo tenor en: ibid., pp. 342-349.) Lo mismo puede aplicarse a los países satélites de la Unión Soviética después de 1945: cf. Marc Paillet, Marx contre Marx. La société technobureaucratique, París: Denoël / Gonthier 1971, p. 151.

[22] V. I. Lenin, Ursprünglicher Entwurf des Aufsatzes “Die nächsten Aufgaben der Sowjetmacht” (Esbozo original del ensayo “Las próximas tareas del poder soviético”) [1918], en: Lenin, Für und wider die Bürokratie. Schriften und Briefe 1917-1923 (En favor y en contra de la burocracia. Escritos y cartas 1917-1923), compilación de Günther Hillmann, Reinbek:

Rowohlt 1970, p. 24, 49. – Críticas a esta posición: R. V. Daniels, op. cit. (nota 5), pp. 83-86, 108, 460; Kostas Papaioannou, L’idéologie…, op. cit. (nota 16), p. 52; Ulf Wolter, Grundlagen des Stalinismus. Die Entwicklung des Marxismus von einer Wissenchaft zur Ideologie (Fundamentos del estalinismo. El desarrollo del marxismo de una ciencia a una ideología), Berlín/W: Rotbuch 1975, pp. 83-94, 126.

[23] V. I. Lenin, Werke, op. cit. (nota 16), t. 27, p. 333; otros testimonios similares de Lenin en: Kostas Papaioannou, Marx …, op. cit. (nota 14), p. 314.

[24] Testimonios de Marx y Engels sobre lo que sucedería si tiene lugar un intento prematuro de construir el socialismo en un medio que económica y culturalmente no está preparado para ello: Karl Marx / Friedrich Engels, Die russische Kommune. Kritik eines Mythos (La comuna rusa. Crítica de un mito), compilación de Maximilien Rubel, Munich: Hanser 1972, pp. 278-281, 319-325.

[25] Andrej A. Zdanov (1896-1948), alto funcionario del partido y papa de la cultura soviética hasta su muerte, tuvo el mérito de haber aventajado holgadamente a Stalin en la producción de necedades. Por otra parte, no faltaron preclaros espíritus de Occidente que cantaron loas a Stalin de la manera más indigna, como Henri Barbusse, Pablo Neruda y Paul Éluard. Cf. los testimonios similares de Louis Aragon y otros representantes de la cultura francesa en: Kostas Papaioannou, Marx…, op. cit. (nota 14), pp. 414-417.

[26] Cf. dos buenas selecciones de las obras de Stalin, con interesantes prólogos de los compiladores: Iosif V. Stalin, Zu den Fragen des Leninismus (Sobre las cuestiones del leninismo), compilación de Hans-Peter Gente, Frankfurt: Fischer 1970; Stalin, Schriften zur Ideologie der Bürokratisierung (Escritos sobre la ideología de la burocratización), compilación de Günther Hillmann, Reinbek: Rowohlt 1970.

Ver más

Artículos relacionados

Deja un comentario

Botón volver arriba