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La ONU y los Derechos Humanos

Marcelo Ostria Trigo

La Declaración Universal de los Derechos Humanos adoptada en la Tercera Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, fue apoyada por una abrumadora mayoría de sus miembros; solo se abstuvieron la Unión Soviética, Sudáfrica y Arabia Saudita.

Ciertamente la experiencia de la más terrible conflagración en la historia de la humanidad en una lucha a favor de la libertad y la democracia fue la que inspiró el notable texto que, por mucho tiempo, será reconocido como la guía para respetar la vida, la integridad, la propiedad, el honor y los derechos de las personas, cualquiera sea su raza, nacionalidad, creencias religiosas o políticas. Fue el gran compromiso –violado con mucha frecuencia– para garantizar la vida en democracia, libertad y seguridad.

Ese acuerdo fue asumido en ese entonces por todos los países latinoamericanos. Sin embargo, muy pronto fue abandonado por satrapías. Aunque eso sucedió en todo el mundo, no debe ser consuelo para quienes somos ciudadanos del llamado “Continente de la Esperanza”.

En el grado de avance de desarrollo del Derecho Internacional, los organismos internacionales tienen capacidad limitada para imponer respeto a las obligaciones internacionales de sus miembros. Las misiones militares de la ONU solo se conforman para preservar la paz en conflictos menores, no los de las potencias con capacidad de alterar la paz universal, que es el objetivo esencial de la organización mundial.

Por otra parte, aún se arguye que no es legítima la acción colectiva frente a las tiranas que violan los derechos de sus ciudadanos. Esto lo sostienen los que defienden sesgadamente el principio de no injerencia en los asuntos internos de los Estados, y con cinismo salen en defensa de las tiranías.

¿Cuántos muertos, presos y perseguidos políticos y asilados son requeridos para actuar en defensa de la dignidad de ciudadanos oprimidos? En Venezuela y Nicaragua, la ferocidad de los oficialistas ha causado la muerte de centenares de ciudadanos, solamente porque estos exigieron democracia y libertad. Se recurre a la fuerza y al fraude para justificar elecciones espurias. Se amordaza a la prensa y el Estado, poderoso e hipertrofiado, interviene abusiva e ilegalmente en la vida de los ciudadanos.

Un pasaje en el Quijote de Cervantes, dice: “La libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”. Pero hoy, en pleno siglo XXI, nadie debería encontrarse ante la situación de perder la vida o la libertad por defender sus derechos.

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