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La independencia fue y será con guerra

Quien escribe la historia seguramente lo hace desde su visión del mundo, desde su ideología y quizás también desde sus complejos y sesgos.

Por Daniel Lara Farías | Panam Post | 07.09.2019

La historia no les sirve a los políticos. Por eso, la reinterpretan en función de sus necesidades coyunturales. El que es comunista plantea que Cristo fue comunista, que Colón un enemigo de la clase obrera y que Bolívar fue el primer soviet de la historia. El socialdemócrata pone a Cristo como sindicalista, a Colón como reformista y a Bolívar como conciliador de clases. Los liberales dirán que Cristo es libertario, Colón un monarquista y Bolívar un Hayek con sable.

Quien escribe la historia seguramente lo hace desde su visión del mundo, desde su ideología y quizás también desde sus complejos y sesgos.

Pero cuando un político intenta reescribir la historia, busca justificar sus acciones o su inacción. Y cuando se intenta desde el poder reinterpretar la historia, estamos una cota más arriba, pues la reinterpretación de la historia desde el poder no es otra cosa que la imposición de una verdad, de un dogma. Y eso normalmente es señal inequívoca de la construcción de un sistema político hegemónico. Sea para imponer la historia del origen racial, del origen nacional o del destino político de una Nación, la imposición de dogmas históricos desde el poder es una práctica repetida en los regímenes dictatoriales, totalitarios y populistas: desde  Hitler y la raza hasta Pérez Jiménez y su nacionalismo estatista, pasando por Chávez y su bolivarianismo, los adecos con su «revolución del 45», los comunistas con su «insurgencia popular», etcétera.

De la interpretación de nuestra historia, asunto pendiente en estas fechas de celebración o conmemoración nacional, se escapa un detalle importante a estas alturas: se celebra la Independencia por la firma de un acta o por una «declaración». Y la independencia se logró por una guerra, no por una firma ni por un grito. Empecemos por allí.

Con una guerra nació la República

Es imposible dar por nacida a una persona solo por el acta de nacimiento. Primero tiene que nacer, después se registra su nacimiento. Eso es lo normal en los ciudadanos. Y en realidad, así también lo es en el nacimiento de los países y sobre todo cuando de las repúblicas independientes latinoamericanas se trata. Aunque por mera pose se hagan «declaraciones» o se «firmen actas», no pasan estos de ser eventos simbólicos que ocultan lo evidente: las repúblicas nacieron a la independencia en un parto con dolor. En el caso de Venezuela, en una sangrienta guerra de cuyos ribetes violentos se ha escrito mucho, quizás no lo suficiente. Pero cuando John Lynch habla de «la guerra violenta» o cuando otros historiadores hablan de «guerra civil» (Vallenilla Lanz) o de guerra racial, de colores y demás, se deja claro que fue la guerra quien dio origen a una situación de facto: el nacimiento de Venezuela como república independiente de  España.

Una guerra espantosa. De ribetes tan violentos, que la mayoría de los historiadores, para proteger el mito de los próceres, prefieren ocultar. Para no manchar el bello rostro de mártir de Antonio José de Sucre, se oculta su rol en el horror de la incursión en Pasto (Colombia, 1823) conocida como la «Navidad negra», con la matanza de al menos ochocientas personas, ejecución de rendidos, violación de mujeres y asesinato de ancianos dentro de iglesias. Para no manchar a Bolívar y su mito, se obvia su orden de ejecutar a los heridos realistas en La Guaira, en medio de su «Guerra a muerte». Se idealiza al Páez que se adecentó con el paso de los años sin reparar en el hombre que se fue a asesinar a quien se le atravesara, atravesándolo a su vez con una lanza.

«Guerra civil» decía Vallenilla Lanz al tener conciencia de los números que el historiador Alfaro Pareja indica sobre la guerra: más del 50 % de los soldados del bando «realista» en más de una batalla, eran venezolanos, no españoles. Venezolanos blancos, pardos, negros, matándose con venezolanos blancos, pardos y negros del bando contrario, los «patriotas».

«Guerra violenta» dice Lynch al revisar el número de combates, de soldados utilizados, de bajas registradas y de consecuencias a lo largo de los años.

Consecuencias que, como parte de la imposición de dogmas históricos para «crear nación», se matizan cambiándoles el nombre. Revoluciones, revueltas, «guerra federal» y demás. Todo eso, junto, podría mostrarse en algún momento como parte de un solo conflicto. En algún momento, se historiará Venezuela diciendo que la guerra arrancó en algún momento del siglo XIX y que nunca paró. Que se detuvo de vez en cuando en treguas, grandes o pequeñas, a los cuales los hegemones políticos llamaron «paz» para cubrirse de gloria. Porque pacificador se llamó a Pablo Morillo, pero también a Guzmán, a Gómez y hasta a Caldera. Caldera quizás es el pacificador reincidente: indulta dos veces y las dos veces fracasa, junto al país empeñado en disfrazar la impunidad pactada en perdón de los pecados.

Se disfraza esa guerra. La guerra que nunca se ha detenido. Y por eso, hoy, la clase política usa toda clase de eufemismos en público y en privado para evadir la palabra guerra. Intervención militar, coalición internacional, intervención humanitaria, «responsabilidad de proteger», «cooperación internacional», etcétera.

Se afanan en evitar los caminos necesarios advirtiendo que hacer esto o lo otro «podría causar una guerra civil». Parten así, de una premisa falsa: no es que va a haber una guerra civil, es que ya la hay. Siendo de esta manera las cosas, de lo que hablamos es de detener la guerra, no de iniciarla.

Y las lecciones están en la historia. No hay más que revisarla.

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