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LOS MILITARES JUBILADOS, DEBERÍAMOS…

Ismael Schabib Montero

Un día de diciembre de 1970, después de inscribirnos, fuimos convocados para dar exámenes de ingreso al Colegio Militar del Ejército “Coronel Gualberto Villarroel” con asiento en La Paz. Exámenes intelectuales, físicos y médicos. Ese fue nuestro primer “cernidor”. Los que fuimos aprobados  nos convertimos en “Postulantes”. En el mes de enero de 1971 nos incorporamos al instituto; realizado el examen vestibular pasamos a ser “Caballeros Cadetes de primer año”, los que no aprobaron fueron separados. Dábamos exámenes bimestrales y finales cada año. Los que se aplazaban en más de 3 materias sobre 12 que se llevaban  anualmente, fueron dados de baja. Cada dos meses eran las bajas por estudio.

Éramos becados, pagamos una vez  la matrícula al ingresar que no era cara. Vivimos  austeramente, aprendimos a planchar nuestro uniforme de faena metiéndolo entre el colchón y el somier de nuestras camas durante la noche, la piscina tenía agua fría, igual que las duchas. En nuestra alimentación abundaba el fideo, la Lenteja, el pan y la Sultana. En mi promoción en la Armada Boliviana ingresamos más de treinta entre los que llegaron y se fueron intermitentemente en los tres primeros meses; con el pasar de los años al final nos graduamos ocho; lo mismo ocurrió en la FAB, egresaron ocho. Mis compañeros del Ejército ingresaron por lo menos 300 a primer año y terminaron alrededor de cuarenta.

En la formación Ética, nos enseñaron a morir  por la patria, no a matar. Recuerdo que nuestra canción preferida era “Tricolor”  que en algunas estrofas dice: “Esa madre cariñosa que llorando se quedó por el hijo más querido que a la patria lo entregó”,  “Desde lejos yo recuerdo ese llanto de dolor, hijo mío le decía: vence o muere con valor…”

Una vez egresados, como profesionales, cada cuatro o cinco años rendíamos exámenes de ascenso. Los post grados, fueron requisitos indispensables para continuar la carrera: “Escuela de Aplicación”, “Escuela de Comando y Estado Mayor” y “Altos Estudios Nacionales”.

Este el caso muy resumido de la promoción 1974, la mía,  es sólo una muestra. Así ocurrió con casi todas.

Nuestra vida, durante más de treinta años fue una continua  competencia, en una carrera que exige mucha vocación, que inculca valores y principios como lo reconoce Samuel Huntington en su obra “El Soldado y el Estado”.

Entonces, todos los militares jubilados, deberíamos habernos convertido en una importante reserva moral del país, en centinelas anónimos de nuestra patria. No se entiende por qué estamos permitiendo que este gobierno haga lo que le da la gana con la institucionalidad de  Bolivia. ¿Cómo es que cuando el TSE aprobó la candidatura de Morales y García golpeando la Constitución Política del Estado no reaccionamos?

La Constitución Política del Estado es el alma de la patria. Esta herida. El crimen organizado se mantiene en el poder administrando la corrupción y el temor.

Nosotros, los militares jubilados, deberíamos temer solamente  fallarle a Bolivia y le estamos fallando.

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