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Las encuestas no autorizadas

Manfredo Kempff Suárez

Las encuestas nos van a volver locos a todos. Algunos deben querer hasta pegarse un tiro. Es que no es justo que solo se conozcan las encuestas que favorecen a S.E. y sin embargo, se prohíban las que no lo favorecen, porque dizque no se adecúan a las normas impuestas por el Tribunal Supremo Electoral (TSE). Ya fuimos testigos de lo que sucedió hace unos años en el Beni, cuando comentar una de las muestras no bendecidas por el TSE, significó que se eliminara de las listas, inconcebiblemente, a un candidato opositor. Hace unos días cundió el temor porque un dirigente de Comunidad Ciudadana (CC) comentó una de las encuestas no autorizadas, lo que está prohibidísimo.

¿Cómo vamos a saber con alguna certeza sobre  la marcha de las candidaturas si solo se puede acceder a lo que tiene el visto bueno del oficialismo? Sabemos que el elector no desea que su voto se vaya al tacho de la basura; quiere que sirva de algo. Si, de golpe, S.E. que estaba en 30% sobrepasa largamente los 40% y sus adulones afirman que ya está asegurado más del 50% en primera vuelta, entonces muchos ciudadanos desinformados lo creen. Y no es que por eso el pueblo vaya a votar por la candidatura inconstitucional de S.E., sino lo peligroso es que dejen de acudir a las urnas o voten en blanco o nulo, seguros de que sufragar por cualquiera de los opositores es perder miserablemente el tiempo.

El fraude electoral empezó hace meses con las publicitadas entregas de obras, con lo que el MAS dice que se trata de “gestión de gobierno”. Seguidamente, el fraude electoral viene por vía de las encuestas. Porque es una forma de estafa descarada que las encuestas de unos sirvan y aparezcan espectacularmente en todos los canales de televisión y las de otros – como la elaborada sobre 14 mil muestras por parte del sistema universitario y Jubileo de la Iglesia Católica – tengan que cumplir una serie de condiciones atrabiliarias. Por último, surge la sospecha que las encuestas oficialistas guarden el  propósito agrandar las diferencias entre el primero y el segundo, a tal extremo que no sea sorpresa un triunfo de S.E. al momento de contar los votos.

En años anteriores había encuestas de instituciones del rubro, sin ninguna traba. Además, los partidos tenían sus empresas encuestadoras para consumo interno. Si un partido abultaba sus propias cifras, se estaba engañando a sí mismo, y eso resultaba un bumerán. Por lo tanto sabían cómo iba en la campaña y a quiénes se les mordía la cola o quiénes les pisaban los talones. Y las encuestas de todas las empresas especializadas, que además no eran pagadas por el gobierno de turno, tenían plena libertad de publicar sus estadísticas, unas veces acertadas y otras lejos del tiesto, como suele suceder.

En suma: no nos importa cómo le va a S.E. Ya sabemos que S.E. está bien, que goza de buena salud, pero que no nos vengan con que ya ganó las elecciones en primera vuelta. ¡Pamplinas de conocidos adulones! Nos interesa saber, con algún viso de certeza, sin pasar por la aduana coimera del TSE, como les va a los candidatos opositores. Fundamentalmente, a Mesa y Ortiz.

Es muy saludable, aquí como en todas partes del mundo, que las encuestas no deban responder a los reglamentos de un gobierno. Las encuestas son la temperatura del proceso electoral y cada quien verá si tiene fiebre o no con el termómetro que desee. Y los medios no pueden acobardarse al extremo de temblar ante las amenazas del TSE. Mucho se reclama por las libertades ciudadanas y por la imparcialidad en un proceso electoral. ¿Dónde están esas libertades de expresión? ¿No están demostrando demasiado miedo?

Porque resulta que una de las matufias del oficialismo es afirmar que S.E. ya ganó, que votar está por demás. Y eso se transmite bajo cuerdas  a la población. Pero, en el fondo, quieren dejar la duda palpitante, mantener la incertidumbre sobre si Ortiz alcanza a Mesa. O tanto peor, si Mesa y Ortiz, juntos, no le pueden ganar al candidato burlador.

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